VICTORIA NANOWRIMO 2013 y más capítulos

¿Sabéis quién acaba de superar el reto del NaNoWriMo? YOP 😀

O MAI GAD! AIMA GÜINAH!! 8D
O MAI GAD! AIMA GÜINAH!! 8D

En realidad llegué a las 50.000 palabras la semana pasada (y acabé la novela =P), pero hasta hoy no he podido validar. Para celebrarlo voy a subir un par de capítulos más, aunque serán los últimos (de momento). Espero que los disfrutéis 🙂

 

Los Reinos Solares

La Mujer Serpiente

Al levantarse de nuevo, se adentraron por una zona con una vegetación aún más abundante. Los destellos de las paredes comenzaron a transformarse en grandes cristales, como los que había en las grutas cuando vivía con los Ancianos, lo que le trajo algunos dolorosos recuerdos.

‹‹¿Todo lo que ha existido está aquí? ¿Pueden estar los Ancianos aún en algún lugar? ¿Podría regresar con mi familia?›› se preguntaba al mirar a su alrededor.

El el Entremundo hacía más calor del que esperaba. Había guardado su gorro en la bolsa, se había abierto la pelliza y hasta ésta estaba considerando quitarse, aunque no quería llevarla en brazos y temía dejarla y que pudiera serle de utilidad en adelante.

Poco después de ponerse a caminar de nuevo, llegaron a una enorme sala abierta, tan grande que podía sentir viento y humedad en el techo. Había plantas creciendo en todas direcciones, algunas eran de un verde increíblemente intenso, pero muchas tenían colores disparatados, hojas violetas, azules y magenta. Los cristales que salían de las paredes irradiaban luz casi como si fuera de día. Era un lugar extraño, pero muy hermoso.

Emperatriz empezó a correr en todas direcciones, buscando insectos para comer.

Ella también investigó cosas que pudieran ser comestibles. Había unas curiosas criaturas de pelaje azul que le recordaban a monos, pero no tenían los ojos inteligentes de los macacos que subían en verano a las montañas a comer fruta, le recordaban más a los ojos opacos de los peces. Parecían animales muy estúpidos, se movían con lentitud y uno de ellos se había quedado colgando cabeza debajo de una rama, como un murciélago, y no hacía nada por volverse a incorporar. Erëyre lo tocó y el animal no reaccionó.

Se preguntó si serían comestibles. Nadie le había enseñado a cazar, ni a preparar animales para comer, aunque la caza no era un problema con bichos tan bobos. En el Refugio vivía de las ofrendas que llevaban a los Ancianos, éstos no comían apenas y, antes que ella llegara, a menudo repartían la comida con animales. Como consecuencia, rara vez había visto preparar carne cruda, siempre la traían reseca, ahumada y, en menores ocasiones, en salazón.

Quizá debería contentarse con comer fruta, por el momento. La que mascaban aquellos casimonos tenía buen aspecto, era un fruto redondo como una baya grande, pero de color amarillo. Si ellos la comían, probablemente no fuera venenosa.

Cogió algunas para probar después, entonces, uno de los casimonos soltó un extraño sonido, que le recordó a un hipo ahogado ‹‹¡Ñik!››, y todos los animales desaparecieron de las ramas como si nunca hubieran estado ahí.

Erëyre miró a su alrededor, sorprendida, ¿había hecho algo mal? ¿Qué les había asustado?

Entre algunas plantas de la pared, vio una gran forma sinuosa moviéndose. No estaba segura de qué podía ser, la forma desaparecía entre el ramaje, al intentar seguir su movimiento, sus ojos vieron a Emperatriz, concentrada en cazar un gran insecto posado sobre una hoja, detrás de la distraída aris, había otro par de ojos, mirándola con atención.

―¡Emperatriz!—gritó, corriendo hacia allí.

La zorrita alzó las orejas y la criatura tras ella saltó hacia delante, mostrando dos largos y afilados colmillos. Emperatriz consiguió esquivarla por muy poco y echó a correr, pero la criatura la seguía y era muy rápida.

Erëyre extendió los brazos y el animalito saltó a ellos, la criatura se detuvo en seco, a pocos centímetros de su cara. De la recta línea de su boca salió una lengua con dos puntas, que agitó un par de veces al aire antes de devolverla a su boca.

―Tú eres demasiado grande para que te pueda comer―dijo, mirándola con unos fríos ojos verdi-amarillos, con una simple rendija vertical como pupila.

―Grrrr… grrrr―protestó Emperatriz, revolviéndose entre sus brazos―. Intenta comerme ahora, vas a ver.

La criatura se alejó un poco, inclinando la cabeza y sonriendo.

Erëyre guiñaba los ojos, intentando entender qué era.

―Eso no sirve conmigo, tus ojos solo ven aris y avhar, yo no lo soy…

―¿Qué eres?

―Soy igui, una serpiente igui, una criatura del Reino de la Tierra.

La criatura se alzó, pero solo para enganchar parte de su largo cuerpo a una rama y quedarse cómodamente apoyada allí. Una parte de ella era casi humana, tenía cabeza y tenía brazos, pero sus formas eran extrañas, estaba cubierta por unas brillantes escamas verdes y púrpuras, y tenía un largo pelo lacio sobre la cabeza de los mismos colores.

―Tú… Tú igual puedes ayudarnos.

La serpiente rió, sonaba como un silbido.

―¿Ah, sí? ¿Me lo estás pidiendo? ¿Crees que estás en una posición de pedir nada aquí?

Erëyre notó entonces que algo rozaba sus piernas, al volverse, vio parte de la larga cola de la criatura bloqueando la salida a su espalda, todo a su alrededor se movía, agitado por el sinuoso movimiento de la serpiente.

―Pues si tú no quieres ayudarnos, dinos donde buscar…

―No, eso sigue siendo una exigencia. Criaturilla arrogante, ¿sigues sin entender dónde estás? Siéntate.

La cola le golpeó las piernas y cayó al suelo de culo.

―Ay… ¿Qué haces?

―Mejor. Ahora, si quieres que te ayude, tienes que darme algo a cambio.

―¿Cómo qué?

―Tu amiguita, por ejemplo.

Emperatriz gruñó.

―No―respondió Erëyre, poniéndose en pie de nuevo―, de eso nada, si no vas a ayudarnos, nos vamos.

Otra parte de la cola de la serpiente se interpuso en su camino.

―Espera, hace tiempo que no veo a nadie del exterior por aquí. Entretenme, ¿cuéntame a qué habéis bajado?

―Quiero enviar un mensaje a un tiempo pasado.

―Ah, qué curioso. ¿Sabes que eso no está permitido?

―Sí, me lo dijo una Mujer del Rayo.

La serpiente inclinó la cabeza y se la rascó.

―¿Una Mujer del Rayo habló contigo? ¿Y aún así intentas hacer algo que pueda enfurecerla? Qué criaturita tan enrevesada. ¿Sabes quiénes son las Mujeres del Rayo?

Erëyre levantó la barbilla con algo de arrogancia, ¿qué preguntas eran esas?, le rocordaban a sus profesores.

―Sí, sí lo sé, mantienen el equilibrio entre los Reinos y protegen al Rey Sol Cálido.

Las pupilas de la igui serpiente se hicieron aún más finas al oírla.

―Ooh, sabía que ibas a ser entretenida, qué graciosa. ¿Eso te han contado? ¿Quién te ha dicho que es así?

―Ah… Los… Ancianos…

―¿Qué son ‹‹Los Ancianos››?

―Gente muy mayor y muy sabia.

―No lo son tantos, si de verdad creen esa historia. Las Mujeres del Rayo no son protectoras del Rey Amarillo, son sus carceleras, si por Él fuera, hace tiempo que hubiera destruido el equilibrio del mundo, invadido el Reino del Cielo Rojo y achicharrado cualquier cosa sobre la que cayera Su ojo. Ja, ja, ja. Probablemente hasta le gustaría quitarse de en medio a la Tierra y tener el mundo entero a su disposición, pero la Reina es inmune a su poder, aquí estamos a salvo de los desequilibrios de fuera… la mayoría de nosotras, al menos. Cuéntame, ¿qué decís ahí arriba del Rey Gris?

Erëyre se sintió muy confundida, pero no tenía ganas de discutir el orden del mundo como una criatura como aquella.

―¿El Rey Gris es el Rey Sol Hueco?

―Sí…

―Bueno, decimos que está hueco… y frío, y que el cielo de Su reino es rojo.

―¿Nada más?

―No.

―Qué aburrido. En realidad el Sol Hueco no está tan frío… diría que ‹‹destemplado›› es la expresión más adecuada. Ja, ja… ¿Y sabes por qué dicen que está hueco? Si lo miras desde la distancia, parece que es gris, ilumina, pero sin brillo; sin embargo, cuando te acercas más a Él y lo ves de frente, se vuelve negro como el cielo de la noche, y si te acercas aún más, dicen que puedes ver las estrellas más allá del mundo. Hay algunos que dicen que, en realidad, el ‹‹Sol›› es todo el cielo rojo, y lo que llamamos ‹‹Rey Sol›› una simple puerta que ha dejado para poder contemplar las estrellas de día. Pero yo no estoy segura de ello. He visto el Reino, pero no me quedé mucho tiempo, no hay buena comida, me hubiera gustado que tú me informaras más.

―Vengo del Reino del Cielo Azul, no sé nada del otro lado.

―Bah… Me aburres ya… ―la serpiente hizo un gesto despectivo con su mano, sin embargo, poco después sus ojos brillaron―. Pero te diré esto: si seguís por aquella dirección que os señalo, en cuanto salgáis de mi territorio, elegid todas las galerías que os lleven a lo alto. Llegaréis a una región muy… interesante, en la misma hay un gran Oráculo. Te dirá mejor que nadie lo que necesitas.

―Pero… me dijeron que aquí abajo…

―Sí, hay criaturas que podrían ayudarte, pero trabajar las líneas del tiempo demanda un poder descomunal, y los poderosos son muy caprichosos, tardarías una vida en encontrar a alguien que quisiera escucharte, tan solo. Lárgate, me aburres ya, a la vuelta quiero que vengas con alguna historia interesante, o con algo de sangre caliente para comer…

La cola que había estado rodeándola hasta entonces se elevó, enganchándose en varios troncos y ramas del techo. Erëyre miró con desconfianza a la serpiente, preguntándose si tenía que molestarse en ser amable con ella.

―Gracias por la información.

No tenía intención alguna de volverla a ver, probablemente Emperatriz se encargaría de no volverse a cruzar en su camino, ahora que conocía el peligro.

Se alejaron por donde la serpiente había indicado, con la zorrita subida a su hombro, vigilando que nadie les siguiera. Ocasionalmente agitaba con nerviosismo su cola, aún asustada por lo que había ocurrido.

Discutieron brevemente si de verdad sería buena idea seguir sus indicaciones, Emperatriz protestaba que, a la menor señal de peligro, ella elegiría otra ruta. Sin embargo, no encontraron nada llamativo en el resto del recorrido, incluso había agua y comida para las dos, por lo que el viaje fue fácil.

El Oasis

Tardaron dos días hasta ver luz al final del túnel, no la luz verde y, a veces, azulona de las piedras luminiscentes, si no la luz clara del Rey Sol Cálido.

Erëyre recorrió los últimos metros a la carrera, feliz de poder regresar a su lado del mundo, aunque aún no había cumplido ninguno de sus objetivos.

―¡Menos mal! ¡No sabía que me gustase tanto respirar aire fresco! Oh…

En cuanto el Sol dio en su cara retrocedió, hacia bastante calor allí. A su alrededor crecía muchísima vegetación, tanta como en el hogar de la igui serpiente, las únicas diferencias eran que la mayoría de las plantas allí solo crecían del suelo hacia arriba, y sus colores eran más razonables.

―¡Bichos!—fue lo único que pareció ver Emperatriz.

―¿Qué sitio es este?

―Ah, se parece un poco a mi territorio de nacimiento al sur, aunque aquí hay mucha más humedad―levantó el hocico al aire―. No, no huele como mi territorio natal.

Dicho eso, la zorra continuó investigando los insectos locales.

Erëyre también observó a su alrededor, fascinada. La pelliza le pesaba, así que la dejó colgando de uno de los árboles mientras inspeccionaba los alrededores, tenía cuidado únicamente de no alejarse mucho de Emperatriz, por si descubría algún peligro.

Los árboles eran increíblemente altos, muchas de sus ramas eran tan gruesas que probablemente podría subirse en ellas. Pese a que había una espesa cortina de hojas y ramas sobre su cabeza, no entendía cómo podía hacer tanto calor.

―Agua…―dijo Empertatriz, desde un terreno descendiente.

Fue a seguirla, mientras miraba distraída a su alrededor, la oía murmurar, aunque no la entendía. Había estado siguiendo su voz, pero se dio cuenta que sonaba extraña y, para cuando quiso entender por qué, se encontró con que no era la voz de Emperatriz.

Miró un momento con la boca abierta a la critura que había estado hablando. Parecía un humano, un humano extremadamente extraño, sin labios, con ojos amarillentos y saltones, y piel verdosa y moteada de marrón. A su alrededor, había un aura verde. Un aris.

―Oh, caramba…―dijo el extraño aris al verla―. Esto es algo que no esperaba encontrarme hoy… ni hoy ni el resto de los días que me quedan en este mundo, sinceramente.

―¿Qué eres?—Erëyre se dio cuenta lo mucho que repetía esta frase en aquellos días.

La criatura la ignoró, su aura le decía que era un aris, pero no podía identificar ninguna especie, a simple vista, no parecía un animal…

―¡Pardal! ¡Ven aquí! ¡He encontrado algo que te puede interesar!

―¡Voy!—oyó otra voz viniendo a su derecha.

Poco después, salió de entre la espesura otra criatura aún más extraña que la anterior si cabía, porque aquella casi podía decir que era humana: ojos normales, piel normal, número de brazos habitual… Solo que tenía una extraña aureola alrededor su cabeza, de color blanco, no recordaba si el blanco era el color de reino alguno, pero tenía que pertenecer a uno de los dos soles, o no podría verlo. Sin embargo, al pestañear, era capaz de ver la aureola con los dos ojos. Esta estaba puesta alrededor de su cabeza, una línea simple, blanca, que formaba una lágrima alargada justo en el centro de su frente. Maldijo de nuevo no haber aprendido más sobre aquellas señales, aunque sabía que las marcas en la frente tenían que ver con bendiciones… o maldiciones.

¿Era un humano de verdad? ¿No le habían dicho que no quedaban?

El humano parecía aún más perplejo que ella.

―¿Es un truco, Sapo?

El asir con la piel moteada suspiró.

―¿Suelo hacer yo trucos, Pardal?

―¿Es de verdad, entonces? ―señalaba hacia ella―. No se parece mucho a mí, ¿qué tiene en el pecho?, ¿es un bulto?

Erëyre parpadeó, ofendida por la descortesía, y sin palabras, por la sorpresa.

―Sois mamíferos, Pardal, y ella es hembra, y estás siendo un mal educado.

Vio al ‹‹humano›› abrir mucho los ojos y acercarse lateralmente a su compañero, manteniendo la vista fija en ella, como si fuera un animal peligroso.

―¿Y qué tengo que hacer?—le susurró, como si no le hubiera oído ya hablar en voz alta.

―Dile, ‹‹hola››, luego da tu nombre y pregunta por el suyo. Es cortesía básica.

―Hola―repitió el humano, dirigiéndose por primera vez a ella―, me llamo Pardal, ¿cuál es tu nombre?

Se preguntó si contestar correctamente o mandarles de paseo, no le gustaba cómo la habían estado ignorando mientras hablaban entre ellos.

―Erëyre, me llamo Erëyre.

El chico sonrió, pero luego se volvió a su compañero.

―¿Qué más digo?―susurró de nuevo.

―Si yo estaría en tu situación―respondió el otro―, le preguntaría si tiene novio.

―Vale, se acabó, ¿qué pasa aquí?

―¿Pasa?—preguntó Pardal, que seguía mirándola como si fuera un depredador.

―Bueno, eso podríamos preguntarte nosotros―observó el asir―, hasta hace unos instantes yo hubiera jurado que mi pupilo era el único humano que quedaba en este reino, y ahora apareces tú.

Se movió incómoda.

―Una criatura avhar me trajo aquí desde otro tiempo, no sé qué criatura era, ni para qué.

―Eres una ahë―continuó hablando el asir moteado.

―Sí.

―¿Y qué llevas en tus bolsillos?

Erëyre no entendió la pregunta, pero al meter la mano en el bolsillo descubrió que había algo caliente, al sacarlo, se dio cuenta que era la piedra que la Mujer del Rayo le había dado, en aquel momento tenía un suave resplandor.

―Vaya, no me había dado cuenta antes de que hacía esto…

El asir moteado lanzó un largo suspiro.

―Pardal, llévate a tu amiga a dar un paseo, enséñale dónde vives y dale algo de comer, puede que también de vestir…

―¿Te vas a algún sitio?—dijo el chico a su compañero, casi con pánico.

―No, estaré por aquí cerca, pero es de tu especie, no de la mía, encárgate tú de atenderla.

―¿Puedes decirme qué tienes en la cabeza?—preguntó Erëyre, que aún no estaba segura de que Pardal fuera del todo humano.

―¿Que tengo qué?

El chico movió las manos sobre su cabeza, la tenía cubierta por dos pañuelos anudados entre sí que llegaban a taparle el cuello y los hombros.

―Tienes una aureola blanca, ¿qué es?

El chico la miraba como si no entendiera de qué estaba hablando.

―Él no lo ve―explicó, de nuevo, el aris―, y es un asunto personal, es de mala educación preguntar.

―¿Pero es humano?

―Sí, no es ninguna criatura disfrazada como yo, es tan humano como se puede ser.

Al decir esto, vio cómo se iluminaba suavemente en un reflejo verde, y se convertía en un sapo de gran tamaño.

―¡Anda!—exclamó Emperatriz, que había estado observando desde unos arbustos―. Enséñame a hacer eso.

―¿El qué? ¿Convertirte en humano?

―No, convertirme en sapo, podría cazar moscas con la lengua.

―Te confundes de especie.

Mientras hablaban, Pardal se acercó a ella, moviendo nervioso los brazos.

―Eeh… ¿Te gustaría acompañarme… a mi casa o a algún sitio? Si estás cansada, o quieres comer, o… no sé, lo que quieras, probablemente tenga algo.

Erëyre le miró. Era algunos dedos más alto que ella, pero no parecía mayor, no era muy diferente a lo que creía que podía esperar de un humano de aquella edad (aunque no había visto nunca uno), pero tenía algunos rasgos que encontraba peculiares: sus ojos eran parecidos al ámbar, Sal tenía unos bonitos ojos parecidos a la miel clara, pero aquellos tenían un color amarillo más intenso que no sabía que podía existir, se preguntó si se corresponderían con algún poder, como sus propios ojos; el tono de su piel se semejaba más al ocre de las montañas del Refugio que al de la arena, como ella y su familia; y si su cejas y pestañas eran una pista, su pelo era completamente negro, que no era tan raro, pero sí le parecía muy oscuro.

‹‹Igual porque estoy acostumbrada a ver ancianos canosos››.

―De acuerdo, si tienes un sitio donde podamos descansar…

El chico asintió y le hizo un gesto para que le siguiera.

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