Pequeño relato 13: Silencio

[Entre la lista de tareas pendiente (¿sabéis lo que hace que no friego el baño? los pececillos de plata han evolucionado y me saludan con mi nombre de pila al entrar) me he sacado un poquito de tiempo para hacer este relato, como ya había terminado toda la lista empiezo del principio con una descripción, espero que resulte interesante :)]

El edificio era grande, pesado y viejo. Gruesas piezas de madera oscura sujetaban su tejado, muchos troncos tenían visibles nudos retorcidos, pocas líneas de las vigas eran rectas.

El entrecruzado de maderas de la cubierta se abría directamente a las habitaciones inferiores, donde paredes de madera ligera y moderna separan las habitaciones donde los niños de las acampadas venían a dormir.

No había niños aquella noche, allí, ni juegos, ni gritos, ni los susurros que ocurrían al apagarse las luces. Todo era silencio, un silencio tan profundo que parecía reverberar entre los vacíos de las maderas del techo, como la respiración de grandes murciélagos durmiendo, colgando de las vigas.

De las pequeñas ventanas de los laterales apenas entraba luz, incluso en el día más soleado, menos aún en la noche. Las ventanas habían sido mal adaptadas a cristales modernos, las antiguas y retorcidas maderas de los marcos parecían devorar las más finas y rectas de su interior, los huecos que no encajaban bien se rellenaron torpemente con cemento.

De noche no se veía apenas el exterior, la casa se levantaba en el centro de un bosque espeso, desocupada excepto cuando los niños subían en los meses de verano. A su alrededor, aparte de la maleza solo había unas pequeñas farolas a la entrada a la enorme casa, bordeando un camino de piedra suelta que chasqueaba al caminar sobre ella.

A través de cualquier otra ventana que no diera a las farolas, la oscuridad del bosque era absoluta. Un ejército podría esconderse en el bosque, lo suficientemente cerca para tocar la pared, y no distinguirse soldado alguno desde las ventanas superiores.

En medio de todas las adaptaciones para hacer el edificio más moderno y acomodado, el viejo techo de maderas desiguales parecía aislado, como un viejo náufrago del tiempo, solo los nudos retorcidos recordaban cuando aún estaban fuera con sus compañeros del bosque.

Pequeño relato 12: Cortar

[Hacía mucho que no subía un relato corto de estos y de hecho es el último que me quedaba de la lista. No sé si empezar la lista desde el principio otra vez o hacer un listado nuevo. Como expliqué en la primera entrada, mi intención es hacer textos cortos, apenas una escena, para practicar diferentes aspectos de la escritura, pero este texto se me ha ido un pelíiin de las manos, espero que os guste igual 🙂 ]

Pequeños relatos: Cortar

Vero seguía sujetando aún la taza de café con una mano cuando Natalia salió la cafetería, volviendo un momento la vista atrás, fue la última imagen que tuvo de ella: encogida, vestida con su chaqueta de lana amarilla, porque siempre tenía frío, y la taza en su mano apenas tocando el plato.

Caminando por una concurrida calle por el centro, Natalia suspiró y agitó los hombros, intentando quitarse la imagen de la cabeza. Le daba pena. Cortar con alguien nunca es fácil, y no es que se llevara realmente mal con Vero, era solo que… bueno, podía ser muy agobiante con sus mensajes y sus citas todos los días. Ella tenía la cabeza en otras ideas y proyectos, quería viajar este verano fuera, ir a conferencias e intentar avanzar un poco en su doctorado. No necesitaba la docena de mensajes diarios de Vero en su vida. No necesitaba pelear con su agenda para tener un hueco.

Espacio. Tiempo. Aire. Eso necesitaba.

Aún así, le daba pena. Vero era buena y agradable, cuando no se ponía pesada.

«No me puedo creer que me dejes así», le había dicho. Natalia recordaba su mirada, su cuerpo encogido en la chaqueta amarilla y la taza de café a medio levantar.

Bueno, qué esperaba. Apenas tenía tiempo libre para llevarla a otro sitio, solo para cortar después, y aún sería peor romper por teléfono, ¿verdad? Una cafetería estaba bien, ¿se refería a eso?

Natalia había insistido que era definitivo. Vero no respondió nada, así que le pidió disculpas, cogió sus cosas y se marchó.

¿Quizá esperaba discutir algo más? No estaba segura de qué más podían decirse, habían estado juntas tres meses, había sido divertido al principio, pero era mejor dejarlo cuando no tenía ninguna intención de hacer de aquella relación algo más serio.

«No me puedo creer que me dejes así».

Natalio oyó el sonido de un mensaje en el móvil, lo sacó del bolso y miró la pantalla. No había mensaje.

Se tenía que haber confundido y había sonado el móvil de otra persona al pasar cerca.

Siguió caminando en dirección a su casa, intentando quitarse la imagen de Vero y su chaqueta amarilla de la cabeza. Cocinar una buena cena y trabajar un poco en su tesis le ayudaría a quitarse de encima el desasosiego.

Vivía en un enorme bloque de edificios gris de quince plantas, era muy feo, pero el alquiler era aceptable. El portal estaba vacío, le agradaba el silencio de allí dentro, dejar atrás el ruido de la calle.

El sonido de un nuevo mensaje salió de su bolso. Natalia sacó el móvil pero, de nuevo, ningún mensaje apareció en la pantalla. Miró a su alrededor, no había nadie, tenía que haber sido su teléfono, igual estaba estropeado.

Suspiró.

Estupendo, lo que necesitaba ese día, que su móvil empezara a fallar. No tenía dinero para otro aquel mes, a lo justo había conseguido pagar los billetes para los viajes que tenía planeados.

«No me puedo creer que me dejes así».

Lanzó un gruñido de frustración y agitó la mano frente a su cara, como si así pudiera quitarse las palabras de su cabeza. Luego apretó el botón del ascensor con tanta fuerza que se hizo daño en el dedo.

La puerta se abrió con un pitido, apretó el botón a su planta con un dedo sano y volvió a sacar el móvil del bolso, comprobando que, aparte de los mensajes fantasma, no veía nada mal. Oh, la batería estaba al 6%, pero eso era normal. Los mensajes de aviso de batería sonaban de otra forma.

Por el rabillo del ojo le pareció ver un movimiento, algo amarillo.

Levantó la vista con un sobresalto. En el espejo del ascensor solo estaba ella. Llevaba un abrigo azul y un bolso negro. Nada amarillo.

La puerta se abrió en su planta, un noveno con un pasillo mal iluminado. No parecía que hubiera nadie en todo el edificio, pese a que a última hora de la tarde solía moverse mucha gente por allí.

Caminó con paso rápido a la puerta de su apartamento.

«No me puedo creer que me dejes así».

Sacó las llaves del bolso, tintinearon mientras intentaba encontrar la cerradura, finalmente consiguió abrir. Giró la cabeza solo un momento para ver la puerta del ascensor cerrándose, en el espejo, creyó distinguir una manga amarilla. No vio más. Entró y cerró de un portazo tras ella.

En su móvil sonó un mensaje.

—Cállate —le gritó.

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Pequeño relato 11: Y este es mi malvado plan

—Verá, señorita Candy, el secuestro del hijo del presidente era solo una tapadera para desviar la atención de los espías hacia otro lugar del país. El niño se escondió en un túnel de ferrocarril abandonado, lejos de la vista de los satélites, pero dejando miguitas de pan para que los imbéciles lo siguieran hacia la trampa. Mientras yo, y mi más fieles seguidores, montábamos el láser de difusión de partículas en lo alto del edificio frente al Congreso y…

—¿Sabe que hay una oferta de segunda unidad a mitad de precio en detergente?

—¿Eh? sí, sí, pero no me hace falta, gracias. Ajem. Como iba diciendo, tenía mi láser preparado y las cámaras listas para enviar un mensaje a todos los políticos del país exigiéndoles que me entrega… espere, espere, señorita Candy, tengo un descuento para el chocolate, sí, mire…

—Ah, gracias.

—Sí, bien, las cámaras… ah… sí, el cretino del hijo de mi hermano se supone que tenía que encargarse de las cámaras, lo único que tenía que hacer, bien pues trajo un conector que no era compatible con la toma de corriente de edificio. ¿Se lo puede creer? Es lo que pasa por trabajar con la familia, cuando tome el poder me iba a encargar de acabar con el nepotismo, pero ahí estaba yo, dando trabajo al inútil de mi sobrino porque mi pobre hermano ya no sabía qué hacer con él, en fin… Culpa mía.

—¿Va a querer bolsa?

—Sí, por favor. Un par de bolsas grandes. Eh… ¿por dónde iba? Ah, sí, el tonto de mi sobrino, tardó dos horas en encontrar un adaptador, para entonces los guardas frente al Congreso ya empezaban a sospechar de todo el movimiento que había sobre el edificio. Así que cuando por fin pude ponerme frente a las cámaras y amenazar al país para que me otorgaran poderes absolutos, apareció de la nada un helicóptero y empezaron a llover geos como si fueran confetis en fin de año…

—Son 35’5, señor.

—Ah, en fin. Tome, aquí tiene, señorita Candy. Lo bueno que tiene la cárcel es que he podido meditar sobre mis errores y, esta vez, mi plan será perfecto y me alzaré con el poder supremo del país.

—Claro que sí, doctor Crueldad. Qué disfrute de la compra y vuelva pronto.

—Gracias, señorita Candy. Ya le diré como me van con mis nuevos planes, he optado por rayos mentales, esta vez. Deséeme suerte.

—Suerte con sus planes, doctor Crueldad.

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Pequeño relato 10: El Monstruo

La criatura movió sus largas patas lentamente a través de la pantalla, mientras el aterrorizado joven la observaba, atento a cada uno de sus movimientos, en caso de que necesitara huir.

La araña continuó su camino con la seguridad de quien se sabe invulnerable, indiferente a las miradas que miedo que despertaba a su paso. Sin embargo, en una breve vibración, la criatura sintió sintió el impulso de echar a correr, llegando veloz al mismo espacio que la mano del joven ocupaba.

El joven chilló:

—Iiiiiiiiiiih…

Saltó hacia atrás en su silla, cogió un trozo de papel que dobló en un burdo palo y se abalanzó sobre la criatura.

—Muere, bicho, muere.

Golpeó a la araña con su arma varias veces, se detuvo un momento para verificar su muerte, pero no vio el cadáver por ninguna parte. Confundido, miró a su alrededor, preguntándose si en el impetuoso ataque la criatura no habría salido volando y estaba aún por allí, esperando que se relajara para volver a saltar sobre él.

Un tenue cosquilleo le hizo mirar hacia su mano, aún cerrada en un puño alrededor del papel doblado.

Allí estaba la araña. Con sus largas patas extendidas hacia él desde el papel, tocando su piel, moviéndose con parsimonia, con la seguridad de quien se cree invulnerable.

El joven chilló de nuevo, soltó el papel y sacudió su mano hasta que la araña salió despedida. Corrió fuera de su habitación intentando buscar un arma más destructiva para acabar con la terrorífica criatura. Regresó con un matamoscas, pero, cuando intentó localizar de nuevo a su enemiga, esta no estaba por ninguna parte. Rebuscó entre los libros, entre los muebles y bajo ellos, sobre su ropa y dentro de sus zapatos.

La araña había desaparecido, pero el joven no pudo sentarse en paz porque sabía, de forma instintiva, que la criatura aún estaba por allí, acechando entre las sombras, preparándose para un nuevo ataque en cuanto su mente volviera a caer en una falsa sensación de seguridad.

 

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Pequeño relato 09: Santa Impaciencia

[Un nuevo relato corto para practicar. Hoy me tocha hacer la descripción de una persona :D]

Santa Impaciencia

Impaciencia llevaba el pelo gris tan corto como le era posible sin que asomara el cuero cabelludo; más largo y necesitaría demasiado tiempo para secarlo cuando lo lavaba, más corto y llamaría demasiado la atención. Y nada hacía perder más el tiempo a la gente que la atención a detalles irrelevantes.

Su ropa era siempre una colección de negros, grises y azules oscuros; ocasionalmente lucía algún magenta cuando se sentía de buen humor. Era fácil encontrar ropa de esos colores y no era difícil combinarla, si podía levantarse por las mañanas y vestirse sin ver realmente lo que se ponía, mejor. Tenía demasiadas cosas que hacer como para preocuparse por los trapos que la cubrían.

En verano iría desnuda por la calle. Si no llamaría demasiado la atención.

Su nariz era larga y afilada, y lanzaba hacia delante la cara al andar para favorecer la aerodinámica de su paso. Las arrugas que empezaban a formarse a su avanzada edad se acumulaban en el nacimiento del pelo y las orejas, arrastradas por las velocidades de muchos años corriendo de aquí para allá.

Ya cuando de niña encontró placer en no perder el tiempo, aquí que pese a su escaso tamaño y patas cortas, aprendió a dar zancadas casi tan largas como ella era alta, y a mover las piernas tan rápido como un colibrí bate sus alas.

Y, aunque desde un punto de vista práctico calzar deportivas y calzado cómodo sería lo más comprensible en su estilo de vida, a Impaciencia le gustaba llevar pesados tacones que martilleaban en el suelo como un taladro cuando ella se acercaba. Una manera de avisar a todo el mundo de su proximidad. Y ya podían prepararse para atenderla. A Impaciencia no le gustaba esperar.

Pequeño relato 08

[Un nuevo relato corto para practicar. Siguiendo con la serie, toca una escena.]

 

Alguien ha levantado los muertos esa noche en el pueblo

La Noche de los Muertos

Relato: La Noche de los Muertos

Hasta en las horas más oscuras tras el crepúsculo, el cementerio del pueblo parecía un lugar agradable. De hierba lo suficientemente salvaje para que aparecieran pequeñas y tímidas flores, y lo bastante cuidado como para que la gente paseara por allí con comodidad. Los árboles eran esbeltos y antiguos, con ramas altas que permitían ver a lo lejos.

Sin embargo, en aquella noche, algo iba mal. Como hundido tras una niebla opaca, detrás de cada árbol, apenas se podía ver más allá de la distancia de un brazo, había un aura que no pertenecía al lugar, como si un cementerio extraño, fugado de un lugar tenebroso, hubiera reemplazado al antiguo.

Nadie podía explicarse que ocurría y menos aún cuando, de entre aquella niebla oscura, comenzaron a levantarse formas grises, formas muertas, formas que deberían estar quietas, enterradas…

Pero allí estaban, moviéndose, saliendo de detrás de los troncos, sus brazos apenas podían alzarse, sus piernas arrastraban los pies por la tierra, sus cabezas se sacudían, con ojos que miraban a ninguna parte, mientras las bocas de los muertos se abrían con gruñidos que ya no eran humanos.

La gente había percibido lo extraño y desapacible de la noche y pocos permanecían fuera de sus hogares tras la puesta de sol, pero los pocos que aún atendían a sus quehaceres a altas horas, corrieron por las calles del pueblo, desesperados en su búsqueda de refugio de los que habían sido habitantes del cementerio.

Los movimientos de los seres eran torpes, lentos, pesados… pero solo mirarlos evocaba suficiente terror como para que la persona más valiente sintiera la urgencia de huir lejos, más allá incluso de los límites del pueblo, más allá de cualquier refugio cercano. Sentían el impulso de huir de aquel lugar que ya no pertenecía a los seres que poseían un corazón que latía y pulmones que inspiraban aire.

Aquella noche de niebla, los muertos se alzaron, caminaron entre las calles de pueblo, como si el mundo de los vivos les perteneciera ahora. O quizá fuera el mundo de los vivos el que, de alguna forma, había caído en el mundo de la muerte.

Pequeño relato 07

[Un nuevo relato corto para practicar. Siguiendo con la serie, toca diálogos.]

Un comerciante intentando vender

Cuentista

El tono de llamada sonó tres veces en los auriculares.

—¿Sí? —dijo una voz grave.

Néstor cogió aire durante dos segundos y comenzó su pitch.

—Buenos días, señor. ¿Ha sentido cómo la rutina diaria y el aire de la ciudad estropean sus poros? ¿Nota cómo su piel está tensa y áspera y no está seguro de qué hacer para devolverle la tersura de su juventud? No se preocupe, los Laboratorios Efebín han creado mediante una tecnología de última generación una milagrosa crema con base de baba de langosta llamada Langosfi…

—Vete a la mierda, gilipollas.

Oyó el chasquido de un teléfono al colgar en sus auriculares. Sin un parpadeo, en la pantalla del ordenador de su empresa, Néstor marcó «Comunicación con éxito» y, a continuación, la primera casilla debajo de «Razón por la que no se pudo realizar la venta», que solía ser «Precio del artículo demasiado caro», pero Néstor ni siquiera leyó la casilla antes de pinchar a la siguiente llamada.

El tono de llamada sonó seis veces y, automáticamente, el programa saltó a una llamada nueva.

—¿Diga? —dijo una voz femenina y cascada.

—Buenos días, señora. ¿Ha sentido cómo la rutina diaria y el aire de la ciudad estropean sus poros? ¿Nota cómo su piel está tensa y áspera y no está segura de qué hacer para devolverle la tersura de su juventud? No se preocupe, los Laboratorios Efebín han creado mediante una tecnología de última generación una milagrosa crema con base de baba de langosta llamada Langosfina que devolverá a su piel el brillo de la juventud. Es una fórmula exclusiva que no podrá encontrar en ningún otro producto y que le ofrecemos por apenas 30€ dos tarros de 50 ml. Pones esta oferta tan escandalosa porque en Laboratorios Efebín estamos convencidos de su efectividad y que volverá a nosotros a por más.

—Ay, ay, joven… ¿Qué has dicho que es? ¿Una langosta?

—Una crema de rejuvenecimiento, señora, con la última tecnología…

—Ay, no, no, yo ya estoy más allá de la salvación para ser joven… ¿cómo has dicho que se llama? Igual le digo a mi nieta que la busque en la tienda…

—Es una oferta exclusiva, señora, solo puede conseguirla a través de nosotros. Deme su número de tarjeta de crédito y mañana mismo tendrá el producto para usted y su nieta sin coste adicional alguno.

—¿Tarjeta? No, no, no, no puedo darte mi tarjeta, mi nieta ha dicho que no le de la tarjeta a nadie.

—Señora, puedo asegurarle que es una transacción segura, con el envío le llegará un recibo…

—No, no, no, mi nieta ha dicho que me roban.

—Entiendo su preocupación señora, yo también le digo a mi abuela que no abra a desconocidos, pero Laboratorios Efebín garantiza la seguridad de la transacción y, entre nosotros, señora, si tiene sospechas puede llamar a su banco y comprobar que la compra es correcta.

—Ay, ay, chiquillo, ay no sé…

—Es una oferta exclusiva, no se encuentra en ninguna otra parte. Piense lo caras que son otras cremas, nosotros le entregamos dos botes por solo 30…

—Ay, no, no, no… que me lías… que me lías…

Y la anciana colgó.

Néstor bufó. Miró la hora en la esquina del ordenador y se masajeó las sienes. A continuación volvió a marcar las casillas «Comunicación con éxito» y «Precio del artículo demasiado caro» y pasó a la siguiente llamada.

—¿Sí? —otra voz masculina.

—Buenos días, señor. ¿Ha sentido cómo la rutina diaria y el aire de la ciudad estropean sus poros? ¿Nota cómo su piel está tensa y ásp…

—Ay que joderse… Estoy hasta los huevos de llamadas, ¿de dónde habéis sacado este número? Sois una panda de sinvergüenzas, no sé cómo deciros ya que me dejéis en paz, ¡iros a tomar por culo! Tengo una niña pequeña y no puede descansar tranquila por vuestras puñeteras llamadas… Quiero que me desapuntéis inmediatamente de esta lista, o mierda que tengáis…

—¿Entonces no le interesan dos tarros de nueva crema para la piel por 30 euros?

Néstor oyó un largo silencio al otro lado.

—¿Treinta euros…?

—Sí, señor, una crema con una fórmula novedosa desarrollada en exclusiva por el prestigioso Laboratorio Efebín. Dos tarros de 50 ml por solo 30 euros podrían estar mañana a la puerta de su casa sin ningún otro tipo de gasto.

Otro silencio.

—¿Y… qué tengo que hacer?

—Darme un número de tarjeta.

—Mmm, bien, apunta.

Néstor se frotó las manos y sonrió. La esperanza no se perdía hasta que el teléfono no se colgaba.

 

[Basado en hechos reales]