Pequeño relato 11: Y este es mi malvado plan

—Verá, señorita Candy, el secuestro del hijo del presidente era solo una tapadera para desviar la atención de los espías hacia otro lugar del país. El niño se escondió en un túnel de ferrocarril abandonado, lejos de la vista de los satélites, pero dejando miguitas de pan para que los imbéciles lo siguieran hacia la trampa. Mientras yo, y mi más fieles seguidores, montábamos el láser de difusión de partículas en lo alto del edificio frente al Congreso y…

—¿Sabe que hay una oferta de segunda unidad a mitad de precio en detergente?

—¿Eh? sí, sí, pero no me hace falta, gracias. Ajem. Como iba diciendo, tenía mi láser preparado y las cámaras listas para enviar un mensaje a todos los políticos del país exigiéndoles que me entrega… espere, espere, señorita Candy, tengo un descuento para el chocolate, sí, mire…

—Ah, gracias.

—Sí, bien, las cámaras… ah… sí, el cretino del hijo de mi hermano se supone que tenía que encargarse de las cámaras, lo único que tenía que hacer, bien pues trajo un conector que no era compatible con la toma de corriente de edificio. ¿Se lo puede creer? Es lo que pasa por trabajar con la familia, cuando tome el poder me iba a encargar de acabar con el nepotismo, pero ahí estaba yo, dando trabajo al inútil de mi sobrino porque mi pobre hermano ya no sabía qué hacer con él, en fin… Culpa mía.

—¿Va a querer bolsa?

—Sí, por favor. Un par de bolsas grandes. Eh… ¿por dónde iba? Ah, sí, el tonto de mi sobrino, tardó dos horas en encontrar un adaptador, para entonces los guardas frente al Congreso ya empezaban a sospechar de todo el movimiento que había sobre el edificio. Así que cuando por fin pude ponerme frente a las cámaras y amenazar al país para que me otorgaran poderes absolutos, apareció de la nada un helicóptero y empezaron a llover geos como si fueran confetis en fin de año…

—Son 35’5, señor.

—Ah, en fin. Tome, aquí tiene, señorita Candy. Lo bueno que tiene la cárcel es que he podido meditar sobre mis errores y, esta vez, mi plan será perfecto y me alzaré con el poder supremo del país.

—Claro que sí, doctor Crueldad. Qué disfrute de la compra y vuelva pronto.

—Gracias, señorita Candy. Ya le diré como me van con mis nuevos planes, he optado por rayos mentales, esta vez. Deséeme suerte.

—Suerte con sus planes, doctor Crueldad.

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Pequeño relato 10: El Monstruo

La criatura movió sus largas patas lentamente a través de la pantalla, mientras el aterrorizado joven la observaba, atento a cada uno de sus movimientos, en caso de que necesitara huir.

La araña continuó su camino con la seguridad de quien se sabe invulnerable, indiferente a las miradas que miedo que despertaba a su paso. Sin embargo, en una breve vibración, la criatura sintió sintió el impulso de echar a correr, llegando veloz al mismo espacio que la mano del joven ocupaba.

El joven chilló:

—Iiiiiiiiiiih…

Saltó hacia atrás en su silla, cogió un trozo de papel que dobló en un burdo palo y se abalanzó sobre la criatura.

—Muere, bicho, muere.

Golpeó a la araña con su arma varias veces, se detuvo un momento para verificar su muerte, pero no vio el cadáver por ninguna parte. Confundido, miró a su alrededor, preguntándose si en el impetuoso ataque la criatura no habría salido volando y estaba aún por allí, esperando que se relajara para volver a saltar sobre él.

Un tenue cosquilleo le hizo mirar hacia su mano, aún cerrada en un puño alrededor del papel doblado.

Allí estaba la araña. Con sus largas patas extendidas hacia él desde el papel, tocando su piel, moviéndose con parsimonia, con la seguridad de quien se cree invulnerable.

El joven chilló de nuevo, soltó el papel y sacudió su mano hasta que la araña salió despedida. Corrió fuera de su habitación intentando buscar un arma más destructiva para acabar con la terrorífica criatura. Regresó con un matamoscas, pero, cuando intentó localizar de nuevo a su enemiga, esta no estaba por ninguna parte. Rebuscó entre los libros, entre los muebles y bajo ellos, sobre su ropa y dentro de sus zapatos.

La araña había desaparecido, pero el joven no pudo sentarse en paz porque sabía, de forma instintiva, que la criatura aún estaba por allí, acechando entre las sombras, preparándose para un nuevo ataque en cuanto su mente volviera a caer en una falsa sensación de seguridad.

 

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Pequeño relato 09: Santa Impaciencia

[Un nuevo relato corto para practicar. Hoy me tocha hacer la descripción de una persona :D]

Santa Impaciencia

Impaciencia llevaba el pelo gris tan corto como le era posible sin que asomara el cuero cabelludo; más largo y necesitaría demasiado tiempo para secarlo cuando lo lavaba, más corto y llamaría demasiado la atención. Y nada hacía perder más el tiempo a la gente que la atención a detalles irrelevantes.

Su ropa era siempre una colección de negros, grises y azules oscuros; ocasionalmente lucía algún magenta cuando se sentía de buen humor. Era fácil encontrar ropa de esos colores y no era difícil combinarla, si podía levantarse por las mañanas y vestirse sin ver realmente lo que se ponía, mejor. Tenía demasiadas cosas que hacer como para preocuparse por los trapos que la cubrían.

En verano iría desnuda por la calle. Si no llamaría demasiado la atención.

Su nariz era larga y afilada, y lanzaba hacia delante la cara al andar para favorecer la aerodinámica de su paso. Las arrugas que empezaban a formarse a su avanzada edad se acumulaban en el nacimiento del pelo y las orejas, arrastradas por las velocidades de muchos años corriendo de aquí para allá.

Ya cuando de niña encontró placer en no perder el tiempo, aquí que pese a su escaso tamaño y patas cortas, aprendió a dar zancadas casi tan largas como ella era alta, y a mover las piernas tan rápido como un colibrí bate sus alas.

Y, aunque desde un punto de vista práctico calzar deportivas y calzado cómodo sería lo más comprensible en su estilo de vida, a Impaciencia le gustaba llevar pesados tacones que martilleaban en el suelo como un taladro cuando ella se acercaba. Una manera de avisar a todo el mundo de su proximidad. Y ya podían prepararse para atenderla. A Impaciencia no le gustaba esperar.

Pequeño relato 08

[Un nuevo relato corto para practicar. Siguiendo con la serie, toca una escena.]

 

Alguien ha levantado los muertos esa noche en el pueblo

La Noche de los Muertos

Relato: La Noche de los Muertos

Hasta en las horas más oscuras tras el crepúsculo, el cementerio del pueblo parecía un lugar agradable. De hierba lo suficientemente salvaje para que aparecieran pequeñas y tímidas flores, y lo bastante cuidado como para que la gente paseara por allí con comodidad. Los árboles eran esbeltos y antiguos, con ramas altas que permitían ver a lo lejos.

Sin embargo, en aquella noche, algo iba mal. Como hundido tras una niebla opaca, detrás de cada árbol, apenas se podía ver más allá de la distancia de un brazo, había un aura que no pertenecía al lugar, como si un cementerio extraño, fugado de un lugar tenebroso, hubiera reemplazado al antiguo.

Nadie podía explicarse que ocurría y menos aún cuando, de entre aquella niebla oscura, comenzaron a levantarse formas grises, formas muertas, formas que deberían estar quietas, enterradas…

Pero allí estaban, moviéndose, saliendo de detrás de los troncos, sus brazos apenas podían alzarse, sus piernas arrastraban los pies por la tierra, sus cabezas se sacudían, con ojos que miraban a ninguna parte, mientras las bocas de los muertos se abrían con gruñidos que ya no eran humanos.

La gente había percibido lo extraño y desapacible de la noche y pocos permanecían fuera de sus hogares tras la puesta de sol, pero los pocos que aún atendían a sus quehaceres a altas horas, corrieron por las calles del pueblo, desesperados en su búsqueda de refugio de los que habían sido habitantes del cementerio.

Los movimientos de los seres eran torpes, lentos, pesados… pero solo mirarlos evocaba suficiente terror como para que la persona más valiente sintiera la urgencia de huir lejos, más allá incluso de los límites del pueblo, más allá de cualquier refugio cercano. Sentían el impulso de huir de aquel lugar que ya no pertenecía a los seres que poseían un corazón que latía y pulmones que inspiraban aire.

Aquella noche de niebla, los muertos se alzaron, caminaron entre las calles de pueblo, como si el mundo de los vivos les perteneciera ahora. O quizá fuera el mundo de los vivos el que, de alguna forma, había caído en el mundo de la muerte.

Pequeño relato 07

[Un nuevo relato corto para practicar. Siguiendo con la serie, toca diálogos.]

Un comerciante intentando vender

Cuentista

El tono de llamada sonó tres veces en los auriculares.

—¿Sí? —dijo una voz grave.

Néstor cogió aire durante dos segundos y comenzó su pitch.

—Buenos días, señor. ¿Ha sentido cómo la rutina diaria y el aire de la ciudad estropean sus poros? ¿Nota cómo su piel está tensa y áspera y no está seguro de qué hacer para devolverle la tersura de su juventud? No se preocupe, los Laboratorios Efebín han creado mediante una tecnología de última generación una milagrosa crema con base de baba de langosta llamada Langosfi…

—Vete a la mierda, gilipollas.

Oyó el chasquido de un teléfono al colgar en sus auriculares. Sin un parpadeo, en la pantalla del ordenador de su empresa, Néstor marcó «Comunicación con éxito» y, a continuación, la primera casilla debajo de «Razón por la que no se pudo realizar la venta», que solía ser «Precio del artículo demasiado caro», pero Néstor ni siquiera leyó la casilla antes de pinchar a la siguiente llamada.

El tono de llamada sonó seis veces y, automáticamente, el programa saltó a una llamada nueva.

—¿Diga? —dijo una voz femenina y cascada.

—Buenos días, señora. ¿Ha sentido cómo la rutina diaria y el aire de la ciudad estropean sus poros? ¿Nota cómo su piel está tensa y áspera y no está segura de qué hacer para devolverle la tersura de su juventud? No se preocupe, los Laboratorios Efebín han creado mediante una tecnología de última generación una milagrosa crema con base de baba de langosta llamada Langosfina que devolverá a su piel el brillo de la juventud. Es una fórmula exclusiva que no podrá encontrar en ningún otro producto y que le ofrecemos por apenas 30€ dos tarros de 50 ml. Pones esta oferta tan escandalosa porque en Laboratorios Efebín estamos convencidos de su efectividad y que volverá a nosotros a por más.

—Ay, ay, joven… ¿Qué has dicho que es? ¿Una langosta?

—Una crema de rejuvenecimiento, señora, con la última tecnología…

—Ay, no, no, yo ya estoy más allá de la salvación para ser joven… ¿cómo has dicho que se llama? Igual le digo a mi nieta que la busque en la tienda…

—Es una oferta exclusiva, señora, solo puede conseguirla a través de nosotros. Deme su número de tarjeta de crédito y mañana mismo tendrá el producto para usted y su nieta sin coste adicional alguno.

—¿Tarjeta? No, no, no, no puedo darte mi tarjeta, mi nieta ha dicho que no le de la tarjeta a nadie.

—Señora, puedo asegurarle que es una transacción segura, con el envío le llegará un recibo…

—No, no, no, mi nieta ha dicho que me roban.

—Entiendo su preocupación señora, yo también le digo a mi abuela que no abra a desconocidos, pero Laboratorios Efebín garantiza la seguridad de la transacción y, entre nosotros, señora, si tiene sospechas puede llamar a su banco y comprobar que la compra es correcta.

—Ay, ay, chiquillo, ay no sé…

—Es una oferta exclusiva, no se encuentra en ninguna otra parte. Piense lo caras que son otras cremas, nosotros le entregamos dos botes por solo 30…

—Ay, no, no, no… que me lías… que me lías…

Y la anciana colgó.

Néstor bufó. Miró la hora en la esquina del ordenador y se masajeó las sienes. A continuación volvió a marcar las casillas «Comunicación con éxito» y «Precio del artículo demasiado caro» y pasó a la siguiente llamada.

—¿Sí? —otra voz masculina.

—Buenos días, señor. ¿Ha sentido cómo la rutina diaria y el aire de la ciudad estropean sus poros? ¿Nota cómo su piel está tensa y ásp…

—Ay que joderse… Estoy hasta los huevos de llamadas, ¿de dónde habéis sacado este número? Sois una panda de sinvergüenzas, no sé cómo deciros ya que me dejéis en paz, ¡iros a tomar por culo! Tengo una niña pequeña y no puede descansar tranquila por vuestras puñeteras llamadas… Quiero que me desapuntéis inmediatamente de esta lista, o mierda que tengáis…

—¿Entonces no le interesan dos tarros de nueva crema para la piel por 30 euros?

Néstor oyó un largo silencio al otro lado.

—¿Treinta euros…?

—Sí, señor, una crema con una fórmula novedosa desarrollada en exclusiva por el prestigioso Laboratorio Efebín. Dos tarros de 50 ml por solo 30 euros podrían estar mañana a la puerta de su casa sin ningún otro tipo de gasto.

Otro silencio.

—¿Y… qué tengo que hacer?

—Darme un número de tarjeta.

—Mmm, bien, apunta.

Néstor se frotó las manos y sonrió. La esperanza no se perdía hasta que el teléfono no se colgaba.

 

[Basado en hechos reales]

Pequeño relato 06

[Estos relatos pertenecen a una pequeña serie que estoy haciendo para practicar]

 

Desactivar una bomba

Metracrilato 7

El objeto era apenas una pelota envuelta en plástico negro, que podía haber pertenecido a una bolsa de basura, y descansaba en apariencia inofensiva contra el pilar principal del Hospital Infantil para Huerfanitos Pobres de las Hermanas Coristas.

Segismunda se arrodilló rápidamente al verlo.

Tal como su contacto le había dicho. Allí estaba. Aquella inofensiva bolsa contenía Metracrilato 7, el explosivo más poderoso que existía. Rasgó el plástico con cuidado y vio el Metracrilato, una masa naranja brillante, y los cables que la conectaban con el detonador.

Sacó una pequeña linterna del bolso y se la puso entre los dientes. En la oscuridad del parking del hospital, comenzó a mover los cables del artefacto con el cuidado y precisión de un cirujano, mientras Segismunda sentía todo su cuerpo tenso y frío, con gotas de sudor formándose por su cara. Sin embargo, sus dedos se movían con facilidad, años de práctica tocando el arpa en Siberia la había preparado para mover sus dedos con precisión en las más extremas circunstancias.

Su contacto le había dicho hacía veinte minutos, que apenas tenía media hora, pero aquella bomba no venía con un cómo reloj digital que le diera la hora. Tendría que darse prisa, podían quedarle en total cinco minutos más, o solo tres.

Después de estudiar los cables, Segismunda se dio cuenta que aquel artefacto tenía doble circuito, los dos circuitos que estaban unidos al detonador estaban unidos entre sí, si cortaba uno, el otro podía estallar inmediatamente. Se quitó parte del sudor de la frente con el dorso de la mano, nuevas gotas se formaron sobre su piel en el momento.

Muy bien, si los mafiosos iban a ponerse difíciles, ella también sabía jugar a aquel juego.

Sacó unos alicates de aluminio para las uñas del bolso y un pintauñas, con el pincel, puso el esmalte entre la unión de los dos circuitos. A continuación, sintiendo que no era capaz de llevar la cuenta de los minutos, cortó con los alicates uno de los cables. No ocurrió nada.

Sintiendo la boca seca por mantener la linterna, intento tragar algo de saliva. Ahora quedaba el otro.

Sujetó el cable con cuidado y acercó el alicate, lo colocó entre los filos y, con suavidad, apretó. El cable se separó en dos partes sin un chasquido, ningún sonido se oyó en el parking. Todo estaba sumido en un profundo silencio, pero, para Segismunda, aquel silencio aullaba con los gritos de una victoria.

Se quitó la linterna de la boca y lanzó un largo suspiro, sintiendo la tensión huir de sus músculos. Cogió el móvil del bolso y llamó a su contacto. Su boca estaba pastosa, tendría que comprar una botella de agua después de enviar el Metracrilato 7 a un lugar seguro.

–Agente 7. Los huerfanitos pobres ya están seguros.

No oyó nada al otro lado de la línea, solo un click de que el mensaje había sido recibido, pero así eran las cosas en su organización.

Pequeño relato 05

[Sigo esta serie de relatos, según el orden, toca describir un objeto]

Descripción de un objeto

El Tarro de Galletas

El bote de galletas se alzaba sobre la balda superior, entre tarros de las legumbres, como camuflada.

Lo que no podía camuflar era su superficie de cristal, que brillaba de forma alegre, entre sus reflejos podía vislumbrarse su contenido, lo suficiente como para llamar al hambre a cualquiera que echara tan solo una breve mirada; las dulces galletas contenidas dentro del cristal parecían exigir atención al pasar junto a ellas.

El bote era alto y grueso, con formas voluminosas bajo una tapa que apenas permitía el paso de un puño. Una trampa cruel que dejaba que las galletas pudieran almacenarse en grandes cantidades, pero obligaba a los hambrientos a cogerlas de una en una.

La tapa, de corcho y cristal, tenía una anilla metálica que soltaba un ruidoso chasquido cuando alguien se atrevía a abrirla. Una trampa que daba la alerta cuando alguien intentaba hacerse con ellas sin permiso.

Sobre la balda superior, entre tarros de alimentos más sanos, el bote parecía a salvo de los brazos más cortos… pero no por mucho tiempo.

 

[He hecho una descripción dramática de un tarro de galletas, yo tampoco entiendo nada =P]