Pequeño relato 08

[Un nuevo relato corto para practicar. Siguiendo con la serie, toca una escena.]

 

Alguien ha levantado los muertos esa noche en el pueblo

La Noche de los Muertos

Relato: La Noche de los Muertos

Hasta en las horas más oscuras tras el crepúsculo, el cementerio del pueblo parecía un lugar agradable. De hierba lo suficientemente salvaje para que aparecieran pequeñas y tímidas flores, y lo bastante cuidado como para que la gente paseara por allí con comodidad. Los árboles eran esbeltos y antiguos, con ramas altas que permitían ver a lo lejos.

Sin embargo, en aquella noche, algo iba mal. Como hundido tras una niebla opaca, detrás de cada árbol, apenas se podía ver más allá de la distancia de un brazo, había un aura que no pertenecía al lugar, como si un cementerio extraño, fugado de un lugar tenebroso, hubiera reemplazado al antiguo.

Nadie podía explicarse que ocurría y menos aún cuando, de entre aquella niebla oscura, comenzaron a levantarse formas grises, formas muertas, formas que deberían estar quietas, enterradas…

Pero allí estaban, moviéndose, saliendo de detrás de los troncos, sus brazos apenas podían alzarse, sus piernas arrastraban los pies por la tierra, sus cabezas se sacudían, con ojos que miraban a ninguna parte, mientras las bocas de los muertos se abrían con gruñidos que ya no eran humanos.

La gente había percibido lo extraño y desapacible de la noche y pocos permanecían fuera de sus hogares tras la puesta de sol, pero los pocos que aún atendían a sus quehaceres a altas horas, corrieron por las calles del pueblo, desesperados en su búsqueda de refugio de los que habían sido habitantes del cementerio.

Los movimientos de los seres eran torpes, lentos, pesados… pero solo mirarlos evocaba suficiente terror como para que la persona más valiente sintiera la urgencia de huir lejos, más allá incluso de los límites del pueblo, más allá de cualquier refugio cercano. Sentían el impulso de huir de aquel lugar que ya no pertenecía a los seres que poseían un corazón que latía y pulmones que inspiraban aire.

Aquella noche de niebla, los muertos se alzaron, caminaron entre las calles de pueblo, como si el mundo de los vivos les perteneciera ahora. O quizá fuera el mundo de los vivos el que, de alguna forma, había caído en el mundo de la muerte.

Pequeño relato 07

[Un nuevo relato corto para practicar. Siguiendo con la serie, toca diálogos.]

Un comerciante intentando vender

Cuentista

El tono de llamada sonó tres veces en los auriculares.

—¿Sí? —dijo una voz grave.

Néstor cogió aire durante dos segundos y comenzó su pitch.

—Buenos días, señor. ¿Ha sentido cómo la rutina diaria y el aire de la ciudad estropean sus poros? ¿Nota cómo su piel está tensa y áspera y no está seguro de qué hacer para devolverle la tersura de su juventud? No se preocupe, los Laboratorios Efebín han creado mediante una tecnología de última generación una milagrosa crema con base de baba de langosta llamada Langosfi…

—Vete a la mierda, gilipollas.

Oyó el chasquido de un teléfono al colgar en sus auriculares. Sin un parpadeo, en la pantalla del ordenador de su empresa, Néstor marcó «Comunicación con éxito» y, a continuación, la primera casilla debajo de «Razón por la que no se pudo realizar la venta», que solía ser «Precio del artículo demasiado caro», pero Néstor ni siquiera leyó la casilla antes de pinchar a la siguiente llamada.

El tono de llamada sonó seis veces y, automáticamente, el programa saltó a una llamada nueva.

—¿Diga? —dijo una voz femenina y cascada.

—Buenos días, señora. ¿Ha sentido cómo la rutina diaria y el aire de la ciudad estropean sus poros? ¿Nota cómo su piel está tensa y áspera y no está segura de qué hacer para devolverle la tersura de su juventud? No se preocupe, los Laboratorios Efebín han creado mediante una tecnología de última generación una milagrosa crema con base de baba de langosta llamada Langosfina que devolverá a su piel el brillo de la juventud. Es una fórmula exclusiva que no podrá encontrar en ningún otro producto y que le ofrecemos por apenas 30€ dos tarros de 50 ml. Pones esta oferta tan escandalosa porque en Laboratorios Efebín estamos convencidos de su efectividad y que volverá a nosotros a por más.

—Ay, ay, joven… ¿Qué has dicho que es? ¿Una langosta?

—Una crema de rejuvenecimiento, señora, con la última tecnología…

—Ay, no, no, yo ya estoy más allá de la salvación para ser joven… ¿cómo has dicho que se llama? Igual le digo a mi nieta que la busque en la tienda…

—Es una oferta exclusiva, señora, solo puede conseguirla a través de nosotros. Deme su número de tarjeta de crédito y mañana mismo tendrá el producto para usted y su nieta sin coste adicional alguno.

—¿Tarjeta? No, no, no, no puedo darte mi tarjeta, mi nieta ha dicho que no le de la tarjeta a nadie.

—Señora, puedo asegurarle que es una transacción segura, con el envío le llegará un recibo…

—No, no, no, mi nieta ha dicho que me roban.

—Entiendo su preocupación señora, yo también le digo a mi abuela que no abra a desconocidos, pero Laboratorios Efebín garantiza la seguridad de la transacción y, entre nosotros, señora, si tiene sospechas puede llamar a su banco y comprobar que la compra es correcta.

—Ay, ay, chiquillo, ay no sé…

—Es una oferta exclusiva, no se encuentra en ninguna otra parte. Piense lo caras que son otras cremas, nosotros le entregamos dos botes por solo 30…

—Ay, no, no, no… que me lías… que me lías…

Y la anciana colgó.

Néstor bufó. Miró la hora en la esquina del ordenador y se masajeó las sienes. A continuación volvió a marcar las casillas «Comunicación con éxito» y «Precio del artículo demasiado caro» y pasó a la siguiente llamada.

—¿Sí? —otra voz masculina.

—Buenos días, señor. ¿Ha sentido cómo la rutina diaria y el aire de la ciudad estropean sus poros? ¿Nota cómo su piel está tensa y ásp…

—Ay que joderse… Estoy hasta los huevos de llamadas, ¿de dónde habéis sacado este número? Sois una panda de sinvergüenzas, no sé cómo deciros ya que me dejéis en paz, ¡iros a tomar por culo! Tengo una niña pequeña y no puede descansar tranquila por vuestras puñeteras llamadas… Quiero que me desapuntéis inmediatamente de esta lista, o mierda que tengáis…

—¿Entonces no le interesan dos tarros de nueva crema para la piel por 30 euros?

Néstor oyó un largo silencio al otro lado.

—¿Treinta euros…?

—Sí, señor, una crema con una fórmula novedosa desarrollada en exclusiva por el prestigioso Laboratorio Efebín. Dos tarros de 50 ml por solo 30 euros podrían estar mañana a la puerta de su casa sin ningún otro tipo de gasto.

Otro silencio.

—¿Y… qué tengo que hacer?

—Darme un número de tarjeta.

—Mmm, bien, apunta.

Néstor se frotó las manos y sonrió. La esperanza no se perdía hasta que el teléfono no se colgaba.

 

[Basado en hechos reales]

Pequeño relato 06

[Estos relatos pertenecen a una pequeña serie que estoy haciendo para practicar]

 

Desactivar una bomba

Metracrilato 7

El objeto era apenas una pelota envuelta en plástico negro, que podía haber pertenecido a una bolsa de basura, y descansaba en apariencia inofensiva contra el pilar principal del Hospital Infantil para Huerfanitos Pobres de las Hermanas Coristas.

Segismunda se arrodilló rápidamente al verlo.

Tal como su contacto le había dicho. Allí estaba. Aquella inofensiva bolsa contenía Metracrilato 7, el explosivo más poderoso que existía. Rasgó el plástico con cuidado y vio el Metracrilato, una masa naranja brillante, y los cables que la conectaban con el detonador.

Sacó una pequeña linterna del bolso y se la puso entre los dientes. En la oscuridad del parking del hospital, comenzó a mover los cables del artefacto con el cuidado y precisión de un cirujano, mientras Segismunda sentía todo su cuerpo tenso y frío, con gotas de sudor formándose por su cara. Sin embargo, sus dedos se movían con facilidad, años de práctica tocando el arpa en Siberia la había preparado para mover sus dedos con precisión en las más extremas circunstancias.

Su contacto le había dicho hacía veinte minutos, que apenas tenía media hora, pero aquella bomba no venía con un cómo reloj digital que le diera la hora. Tendría que darse prisa, podían quedarle en total cinco minutos más, o solo tres.

Después de estudiar los cables, Segismunda se dio cuenta que aquel artefacto tenía doble circuito, los dos circuitos que estaban unidos al detonador estaban unidos entre sí, si cortaba uno, el otro podía estallar inmediatamente. Se quitó parte del sudor de la frente con el dorso de la mano, nuevas gotas se formaron sobre su piel en el momento.

Muy bien, si los mafiosos iban a ponerse difíciles, ella también sabía jugar a aquel juego.

Sacó unos alicates de aluminio para las uñas del bolso y un pintauñas, con el pincel, puso el esmalte entre la unión de los dos circuitos. A continuación, sintiendo que no era capaz de llevar la cuenta de los minutos, cortó con los alicates uno de los cables. No ocurrió nada.

Sintiendo la boca seca por mantener la linterna, intento tragar algo de saliva. Ahora quedaba el otro.

Sujetó el cable con cuidado y acercó el alicate, lo colocó entre los filos y, con suavidad, apretó. El cable se separó en dos partes sin un chasquido, ningún sonido se oyó en el parking. Todo estaba sumido en un profundo silencio, pero, para Segismunda, aquel silencio aullaba con los gritos de una victoria.

Se quitó la linterna de la boca y lanzó un largo suspiro, sintiendo la tensión huir de sus músculos. Cogió el móvil del bolso y llamó a su contacto. Su boca estaba pastosa, tendría que comprar una botella de agua después de enviar el Metracrilato 7 a un lugar seguro.

–Agente 7. Los huerfanitos pobres ya están seguros.

No oyó nada al otro lado de la línea, solo un click de que el mensaje había sido recibido, pero así eran las cosas en su organización.

Pequeño relato 05

[Sigo esta serie de relatos, según el orden, toca describir un objeto]

Descripción de un objeto

El Tarro de Galletas

El bote de galletas se alzaba sobre la balda superior, entre tarros de las legumbres, como camuflada.

Lo que no podía camuflar era su superficie de cristal, que brillaba de forma alegre, entre sus reflejos podía vislumbrarse su contenido, lo suficiente como para llamar al hambre a cualquiera que echara tan solo una breve mirada; las dulces galletas contenidas dentro del cristal parecían exigir atención al pasar junto a ellas.

El bote era alto y grueso, con formas voluminosas bajo una tapa que apenas permitía el paso de un puño. Una trampa cruel que dejaba que las galletas pudieran almacenarse en grandes cantidades, pero obligaba a los hambrientos a cogerlas de una en una.

La tapa, de corcho y cristal, tenía una anilla metálica que soltaba un ruidoso chasquido cuando alguien se atrevía a abrirla. Una trampa que daba la alerta cuando alguien intentaba hacerse con ellas sin permiso.

Sobre la balda superior, entre tarros de alimentos más sanos, el bote parecía a salvo de los brazos más cortos… pero no por mucho tiempo.

 

[He hecho una descripción dramática de un tarro de galletas, yo tampoco entiendo nada =P]

Pequeño relato 04

Voy a continuar con esta serie de entradas, aunque ya no vale la pena llamarle reto, seguiré escribiendo cosillas de vez en cuando para ir practicando diferentes perspectivas y que no se me anquilose ningún músculo de los dedos por no escribir :D.]

 

Escena: alguien pierde un zapato en una noche de fiesta

La Inauguración

Eli había oído que se iba a abrir un nuevo bar por la zona de copas, en la inauguración iban a poner las bebidas a mitad de precio. Se había pasado la semana dando la brasa a sus amigos para ir, tan pesado se puso, que hasta los menos fiesteros se habían animado a salir solo por dejar de oírle hablar de cubatas a tres euros. Había conseguido convencido a toda la cuadrilla de acompañarle, pero nada más llegar al garito empezó a arrepentirse de haberse puesto tan inaguantable. Iban a correrle a ostias seguro.

El bar tenía muy buena pinta, con un gran letrero donde ponía «El Siete» en letra elegante y moderna, mientras detalles en neón rojo invitaban a la fiesta. El resto de la decoración estaba cubierto por pintura gris metálica que soltaba extrañas iridiscencias; púrpuras, azules y fucsias dependiendo de la luz de la calle y de la que se filtraba de las luces de baile del interior. El sitio no estaba mal, pero estaba petado de gente. No había cola, solo un apelotamiento humano, como el tumor de un alien, naciendo de la puerta.

Tragó saliva y decidió que no iba a echarse a atrás por eso.

—¡Venga vamos! —dijo a sus colegas, como un capitán animando a sus tropas—. ¡A desfasaaaarrr!

—Entra tú primero y luego me cuentas —le respondió Matías en tono de guasa, siempre tenía que ser el listo y eso le tocaba los huevos. El resto se rió también.

—Vale, vosotros id decidiendo qué queréis mientras yo voy a la barra.

Cogiendo aire y levantando la barbilla, Eli avanzó valientemente hacia la muchedumbre. A veces la gente se apelotonaba en la puerta, por alguna estúpida razón, y luego el interior del local estaba vacío. Sin embargo, a medida que iba entrando en el garito, metiendo codo con disimulo y culeando lateralmente, se dio cuenta que todos los metros cuadrados de bar estaban ocupados por más seres humanos de los que él creía podían entrar físicamente. La concentración de masa era tal que estaba seguro alguien, por fuerza, iba a tener que acaban viajando a un universo paralelo, porque en aquel universo sencillamente no había tanto puto sitio para toda aquella gente. Seguir leyendo “Pequeño relato 04”

Pequeño relato 03

Se me olvidó subir esta entrada en su momento, reto no superado, ¡op! De todas formas el reto es un ejercicio, así que voy a seguir a ello.

Entrada principal sobre el reto

Diálogo: discusión con un niño

Cromos

—Este ya lo tengo—dijo Nico señalando un cromo—, este también, y este…

El hombre mayor quería cambiar cromos con él, había un niño pequeño al lado suyo que miraba todo atentamente. Nico adoptó una postura de chico grande, espalda estirada como le decía su madre y cabeza alta, estaba haciendo negocios con un adulto, tendría que tener cuidado de que no le engañaran.

—Este no lo tengo…—dijo finalmente, señalando uno de los cromos.

El hombre lanzó un suspiro.

—¿Entonces me lo cambias por tu cromo del portero?

—No—Nico sacudió la cabeza—, el del portero es raro, os lo cambio por el del defensa.

—¿Qué quieres por el del portero?—el hombre parecía un poco incómodo, de vez en cuando se volvía a su hijo pequeño  y sonreía. Querían aquel cromo del portero, pero Nico no estaba seguro de aquel negocio.

—Todos los demás los tengo—dijo Nico, no le iban a convencer, el del portero era un cromo muy bueno, sabía que podía cambiarlo por tres cromos raros más.

A su alrededor, en la plaza, había gente de todas las edades cambiando cromos , algunos eran críos mayores como Nico, otros adultos, como coleccionistas, o padres y madres que discutían en nombre de sus niños.

—Mira—insistió el hombre—, qué te parece si te doy este otro, que es un poco raro, y dos más. Aunque los tengas repetidos los puedes intercambiar por otros.

Nico se cruzó de brazos, hinchó el pecho y se abrió de piernas.

—No estoy seguro que ese trato me convenga.

No iba a dejar que un adulto le estafara, no iba a cambiar su cromo del portero por tres cromos que ya tenía. El hombre parpadeó y puso cara de confusión, si creía que negociar con críos iba a ser fácil, se había equivocado un rato largo. Los cromos eran un asunto serio, había visto gente pagar tres euros en el patio de su escuela por un cromo raro como aquel, podía comprar un par de bollos de chocolate con tres euros, o seis paquetes de cromos más, eso eran dieciocho cromos.

—Y qué tal… qué tal dos cromos semi raros, mira, del otro portero y del mediocentro y tres cromos que no tengas repetidos ya, te los dejo elegir.

Nico se balanceó, miró su cromo del portero, encima de todo el taco y sujeto con una goma marrón, consideró la propuesta. ¿Era un buen trato o no? Había cromos que, aunque ya tenía, no tenía repetidos y no eran del todo fáciles de conseguir, si podía elegir él los adecuados podría intercambiarlos por cromos que sí quería, eso sería más importante que tener dieciohco cromos que ya le habían salido repetidos tres veces. Pero, ¿y si en otra parte por allí había alguien con un trato mejor? La plaza estaba llena de gente.

Levantó la vista del portero y miró al niño que acompañaba al hombre, el niño les miraba a los dos nerviosos, sus deditos se agitaban a los lados de su abrigo. Nico se balanceó susbre sus pies.

—Vale, de acuerdo—dijo finalmente—, esos dos del otro portero y el mediocentro y los otros cromos los elijo yo.

Vio al niño sonreír y al hombre soltar un largo suspiro.

—Bien.

El hombre soltó la goma de su taco de cromos y los fue pasando para que los viera otra vez mientras elegía. Había dos que podría cambiar bien y otro que no le convencía mucho, pero aceptó el trato. Nico soltó su propia goma con un chasquido y entregó el codiciado cromo del portero a su nuevo dueño, este le dio el taco a su hijo y los dos se marcharon de la plaza, con el niño dando saltitos.

Nico revisó las cromos nuevos que había conseguido, cinco cromos por uno, no era el trato que quería, pero era un buen trato, decidió finalmente. ¿A ver quién más había por allí para cambiar aquellos cromos?

Relato parcialmente basado en hecho reales, no os fiéis de niños negociando cromos, van a degüello.

Pequeño relato 02

Entrada principal

Acción de hacer la compra

Cebollas y pan

La lista era muy simple: cebollas, huevos y pan.

Ana cogió el la cestita roja de plástico del supermercado, no necesitaría un carro, no tenía mucho que comprar. Solo cebollas, huevos y pan.

Hubiera preferido no tener que comprar cebollas, odiaba las cebollas, le irritaban los ojos y la textura blanda al cocinarlas y el sabor que dejaba en su boca le daba repelús. Estaba segura que cualquier comida estaba mejor sin cebollas.

Caminó entre los pasillos del supermercado, buscando los objetos de su lista. Eran tan pocas cosas que ni las había apuntado. Cruzó el pasillo de los artículos de baño y el de las bebidas alcohólicas, se preguntó por qué la comida básica la escondían tan al fondo, no quería un desodorante, solo el pan. Llegó a una zona donde se levantaban las pequeñas cajitas de colores de las infusiones, estaba segura que la zona del pan era allí, ¿por qué había infusiones cerca del pan? Siguió avanzando y, por fin, encontró estanterías con bollería, el pan tenía que estar cerca. Avanzando unos pocos pasos más vio en una esquina las cestas inclinadas conteniendo cada una variados tipos de pan. Ahora tenía que decidir qué pan cogía, ¿pan normal?, ¿por qué lo llamaban baguette ahora?, ¿pan chapata?, ¿el que parecía una flauta?… Le gustaba la baguette un poco tostadita, pero todas tenían un color amarillento mustio, así que optó por el pan de pueblo.

Y ahora qué… oh, las cebollas, claro. Reprimió un gesto de asco al pensar en las cebollas, todo el mundo en su casa adoraba las cebollas, no lo entendía, había pocas cosas más repugnantes para comer que la cebolla, encima olían a rayos y le hacían llorar los ojos al prepararlas. Las cebollas eran horribles.

Por fortuna, en la lógica de supermercado, la fruta estaba muy cerca del pan y las verduras nunca estaban muy lejos de las frutas. Encontró las cajas de las cebollas y las miró un momento. Hasta las cebollas tenían diferentes tipos, cogió las más marrones, feas y con tierra sin limpiar; probablemente eran las más sanas porque eran orgánicas o ecológicas o alguna cosa así, le daba igual, las odiaría profundamente en cualquiera de sus formas. Las metió en su cestita de plástico y avanzó hacia las cajas registradoras.

¿Por qué no podían comer sin cebolla? Seguro que había platos muy ricos que se podían hacer sin ella, pero en su casa la miraban mal si insinuaba que hicieran una tortilla sin cebolla, o que no la echaran al arroz… Colocó sus compras en la cinta de la caja y, con movimientos rápidos y precisos, la cajera los pasó por el sensor.

—Tres con cero trece, por favor.

Ana rebuscó en su monedero los cero trece y se los entregó a la cajera junto con los tres. Luego metió las cebollas y el pan en su bolsa y salió del supermercado.

Cebollas y pan, ¿eso era todo?