Pequeño relato 12: Cortar

[Hacía mucho que no subía un relato corto de estos y de hecho es el último que me quedaba de la lista. No sé si empezar la lista desde el principio otra vez o hacer un listado nuevo. Como expliqué en la primera entrada, mi intención es hacer textos cortos, apenas una escena, para practicar diferentes aspectos de la escritura, pero este texto se me ha ido un pelíiin de las manos, espero que os guste igual 🙂 ]

Pequeños relatos: Cortar

Vero seguía sujetando aún la taza de café con una mano cuando Natalia salió la cafetería, volviendo un momento la vista atrás, fue la última imagen que tuvo de ella: encogida, vestida con su chaqueta de lana amarilla, porque siempre tenía frío, y la taza en su mano apenas tocando el plato.

Caminando por una concurrida calle por el centro, Natalia suspiró y agitó los hombros, intentando quitarse la imagen de la cabeza. Le daba pena. Cortar con alguien nunca es fácil, y no es que se llevara realmente mal con Vero, era solo que… bueno, podía ser muy agobiante con sus mensajes y sus citas todos los días. Ella tenía la cabeza en otras ideas y proyectos, quería viajar este verano fuera, ir a conferencias e intentar avanzar un poco en su doctorado. No necesitaba la docena de mensajes diarios de Vero en su vida. No necesitaba pelear con su agenda para tener un hueco.

Espacio. Tiempo. Aire. Eso necesitaba.

Aún así, le daba pena. Vero era buena y agradable, cuando no se ponía pesada.

«No me puedo creer que me dejes así», le había dicho. Natalia recordaba su mirada, su cuerpo encogido en la chaqueta amarilla y la taza de café a medio levantar.

Bueno, qué esperaba. Apenas tenía tiempo libre para llevarla a otro sitio, solo para cortar después, y aún sería peor romper por teléfono, ¿verdad? Una cafetería estaba bien, ¿se refería a eso?

Natalia había insistido que era definitivo. Vero no respondió nada, así que le pidió disculpas, cogió sus cosas y se marchó.

¿Quizá esperaba discutir algo más? No estaba segura de qué más podían decirse, habían estado juntas tres meses, había sido divertido al principio, pero era mejor dejarlo cuando no tenía ninguna intención de hacer de aquella relación algo más serio.

«No me puedo creer que me dejes así».

Natalio oyó el sonido de un mensaje en el móvil, lo sacó del bolso y miró la pantalla. No había mensaje.

Se tenía que haber confundido y había sonado el móvil de otra persona al pasar cerca.

Siguió caminando en dirección a su casa, intentando quitarse la imagen de Vero y su chaqueta amarilla de la cabeza. Cocinar una buena cena y trabajar un poco en su tesis le ayudaría a quitarse de encima el desasosiego.

Vivía en un enorme bloque de edificios gris de quince plantas, era muy feo, pero el alquiler era aceptable. El portal estaba vacío, le agradaba el silencio de allí dentro, dejar atrás el ruido de la calle.

El sonido de un nuevo mensaje salió de su bolso. Natalia sacó el móvil pero, de nuevo, ningún mensaje apareció en la pantalla. Miró a su alrededor, no había nadie, tenía que haber sido su teléfono, igual estaba estropeado.

Suspiró.

Estupendo, lo que necesitaba ese día, que su móvil empezara a fallar. No tenía dinero para otro aquel mes, a lo justo había conseguido pagar los billetes para los viajes que tenía planeados.

«No me puedo creer que me dejes así».

Lanzó un gruñido de frustración y agitó la mano frente a su cara, como si así pudiera quitarse las palabras de su cabeza. Luego apretó el botón del ascensor con tanta fuerza que se hizo daño en el dedo.

La puerta se abrió con un pitido, apretó el botón a su planta con un dedo sano y volvió a sacar el móvil del bolso, comprobando que, aparte de los mensajes fantasma, no veía nada mal. Oh, la batería estaba al 6%, pero eso era normal. Los mensajes de aviso de batería sonaban de otra forma.

Por el rabillo del ojo le pareció ver un movimiento, algo amarillo.

Levantó la vista con un sobresalto. En el espejo del ascensor solo estaba ella. Llevaba un abrigo azul y un bolso negro. Nada amarillo.

La puerta se abrió en su planta, un noveno con un pasillo mal iluminado. No parecía que hubiera nadie en todo el edificio, pese a que a última hora de la tarde solía moverse mucha gente por allí.

Caminó con paso rápido a la puerta de su apartamento.

«No me puedo creer que me dejes así».

Sacó las llaves del bolso, tintinearon mientras intentaba encontrar la cerradura, finalmente consiguió abrir. Giró la cabeza solo un momento para ver la puerta del ascensor cerrándose, en el espejo, creyó distinguir una manga amarilla. No vio más. Entró y cerró de un portazo tras ella.

En su móvil sonó un mensaje.

—Cállate —le gritó.

Suspiró y se llevó una mano a la frente. Igual la ruptura le había afectado más de lo que había creído. Miró el móvil, no había mensaje.

Frustrada, lo apagó por completo, esperaba que no ocurriera ninguna urgencia aquella noche.

Se cambió de ropa, algo más cómodo para estar en casa, fue a la cocina y sacó ingredientes para la cena. Algo de pasta, quizá con salsa carbonara… Según fue preparando los ingredientes, sintió que su mente se relajaba un poco, dejó las cosas cocinándose y se dirigió a su ordenador, repasando mentalmente su lista de tareas… cuando el móvil sonó de nuevo.

Sintió un escalofrío. Con cuidado, lo cogió y comprobó que estaba apagado, como lo había dejado. Era imposible que sonara.

Revisó su bolso, en caso de que hubiera algún otro aparato que se hubiera caído dentro por accidente, pero no encontró nada.

«No me puedo creer que me dejes así».

¿Se estaba volviendo loca?

Volvió a la cocina, comprobó que la comida estaba casi hecha y apagó el fuego. Entonces llamaron a la puerta.

Se giró de golpe, golpeando una de las cazuelas, que salió disparada contra la pared y derramó parte de su contenido sobre el fuego aún caliente, que comenzó a quemar la salsa.

—Mierda.

Cogió un trapo e hizo lo posible para quitar tanta salsa como era capaz de la placa caliente. La puerta volvió a llamar.

—Voy, voy —dijo, con voz nerviosa.

Cuando hubo retirado lo peor, corrió a la entrada y miró por la mirilla. No había nadie.

Por si acaso, abrió la puerta con cuidado. Ni un alma por el pasillo, pero el ascensor se estaba moviendo, sonó el aviso de llegada a planta y la puerta comenzó a abrirse. Natalia vio durante un segundo un reflejo amarillo y decidió que no quería ver más.

Cerró la puerta de golpe, corrió a su bolso, sacó las llaves y se cerró por dentro. Guardando las llaves en el bolso de nuevo.

«No me puedo creer que me dejes así».

El móvil sonó.

—Basta, ya basta —gruñó, sin saber a qué, sin saber a quién.

Se volvió a la mirilla. No había nadie en el pasillo, ni un ruido, como si nada hubiera salido del ascensor.

Suspiró, cogió el móvil y lo guardó en el frigorífico, esperando que las paredes taparan el ruido. Al día siguiente se compraría otro, así  tuviera que pedir un préstamo al banco.

Decidió ponerse a trabajar en su tesis, con los cascos y la música a todo volumen. Aquello le distraería y apartaría de su cabeza todas aquellas imágenes.

Apenas se hubo sentado, se fue la luz.

—Mierda.

«No me puedo creer que me dejes así».

Todo estaba a oscuras. A trompicones, llegó hasta una pequeña linterna que guardaba en la cocina y fue a alumbrar el cuadro de los diferenciales. Todos estaban levantados.

Fue a la mirilla, el pasillo estaba a oscuras, pero eso era normal, las luces tenían temporizador, si no las encendía nadie, se apagaban solas al de un tiempo.

Dudó si debería salir a comprobar que el apagón afectaba al resto del edificio también.

Toqueteó la linterna y, finalmente, volvió a coger las llaves, abrió la puerta y salió. En dos zancadas rápidas alcanzó un interruptor de la luz y lo pulsó. Las luces no se encendieron, así que afectaba a todo el edificio.

Sin embargo, en ese momento el ascensor comenzó a cambiar de piso también.

Lo miró un momento, preguntándose cómo era posible. Quizá era solo una batería, pero las baterías de emergencia solo servían para descender a la planta baja y abrir las puertas. O eso tenía entendido. No debería funcionar con normalidad.

El ascensor subía y sonó en su planta.

Natalia corrió a su apartamento. Frente a ella, la puerta se cerró de golpe, con un brutal estruendo.

Quedó pálida al momento al darse cuenta de que no solo no tenía las llaves, si no que además estaban dentro de la cerradura por el otro lado.

—Mierda…

La puerta de ascensor comenzó a abrirse, la miró con miedo, temiendo qué pudiera aparecer allí y, al mismo tiempo, preparada para enfrentarse a lo que fuera. Pero estaba vacío.

Sintiendo un ligero alivio, pero aún asustada y desconcertada, llamó a la puerta de un vecino, esperando que le dejaran usar un teléfono para llamar a un cerrajero.

En la primera puerta que lo intentó no abrió nadie. Movió la pequeña luz de la linterna pasillo arriba y abajo. Era raro que no se oyera nada a aquellas horas.

Llamó a otra puerta. Nadie.

Otra.

Nadie.

Casi la hora de cenar y no había un alma en todo el pasillo.

Durante todo aquel tiempo, el ascensor había permanecido en su planta, con la puerta abierta.

«No me puedo creer que me dejes así».

Natalia cogió aire y decidió asumir que era por el apagón, el ascensor no se movía por el apagón.

Bajaría por las escaleras a un piso inferior, alguien tenía que haber en ese edificio.

De alguna parte, le llegó el sonido de un móvil. Sabía que era el suyo.

—Basta, basta, basta… —musitó, sintiendo que su voz se quebraba.

De nuevo llamó uno por uno a todos los pisos de la planta. En ninguno respondieron. No se oía ni un murmullo.

«No me puedo creer que me dejes así».

La calle.

Bajaría a la calle. En la calle tenía que haber gente.

Miró con recelo el ascensor. Avanzó hacia él despacio, preferiría no usarlo, pero no iba a bajar ocho plantas en la oscuridad con su minúscula linterna. De eso nada. Si funcionaba, lo mejor sería coger el ascensor.

Llamó y el ascensor se movió. Dentro, no había nadie. Las luces de la iluminación del techo estaban apagadas, pero todo lo demás parecía funcionar con normalidad. Entró y pulsó el botón de la planta baja.

El ascensor cerró sus puertas y comenzó a moverse, descendiendo. Dejó que el aire escapara lentamente de sus pulmones, intentando tranquilizarse.

Por el rabillo del ojo volvió a ver algo amarillo. Se dio la vuelta, enfocando el espejo con la linterna, vio a Verónica, con su chaqueta amarilla.

«No me puedo creer que me dejes así».

El ascensor empezó a caer a toda velocidad.

Natalia chilló, sintiendo como si el suelo desapareciera bajo sus pies.

«¿No podrías haberme avisado de que las cosas no marchaban bien?».

Seguía cayendo, no tenía control sobre su cuerpo, chocó contra una de las paredes. La linterna se resbaló de su mano. En el espejo, la imagen amarilla apenas era un borrón.

«¿Por qué no me respetas? ¿Qué te hecho para que te parezca bien que me dejes tirada así?».

Y caía. Y caía. Sentía presión y dolor en todos sus órganos. Tenían que estar pasando más de los siete pisos que la separaban del suelo. Natalia ya solo esperaba que llegar abajo todo terminaría.

«No recuerdo haber hecho nada malo, creo que hay algo que no está bien contigo».

El ascensor no perdía velocidad, el golpe final no terminaba de llegar.

—Perdona… —gimió, su voz sonaba como si se estuviera asfixiando–. Lo siento… 

El ascensor frenó de pronto. Natalia gritó, sabiendo que aquel era su último segundo. Cayó de bruces contra el suelo enmoquetado, sintió un profundo dolor en el hombro, pero sentía dolor. Sentía cosas. Miró a su alrededor. El ascensor estaba bien, parado, todas las luces funcionando y el espejo solo reflejaba la puerta.

Ella estaba tirada en el suelo, luchando por respirar, sus pulmones parecían negarse a funcionar correctamente. Tocó su cara, aparte de húmeda por las lágrimas, parecía estar bien.

Se oyó un pitido y la puerta del ascensor se abrió.

Natalia se arrastró a un esquina, asustada. Pero en la puerta solo había una mujer de mediana edad, larga y delgada, llevando del brazo un niño con ropa de fútbol.

La mujer frunció el ceño al verla.

Natalia parpadeó, confundida. Con cuidado, consiguió que su boca emitiera palabras, entrecortadas por las lágrimas.

—No… creo… creo que me he dejado las llaves en mi pi… piso… ¿tendría un teléfono?

La mujer le ayudó a levantarse y llamó a un cerrajero. Tardaron un buen rato, prácticamente tuvieron que taladrar la cerradura porque no quería abrirse y tuvieron que regresar a por la máquina a su coche, y luego coger unos cables y otras operaciones, que Natalia no tenía ganas de entender.

El edificio bullía de gente otra vez, con algunos vecinos de su planta asomándose a ver qué ocurría al oír los ruidos.

La mujer que la había encontrado la invitó a cenar mientras los cerrajeros trabajaban.

—Yo me he dejado las llaves también un par de veces —le dijo la señora, intentando tranquilizarla—. Por suerte estaba mi marido en casa, pero a todo el mundo le pasa algo así, no te sientas tan mal.

Natalia solo pudo darle las gracias y asentir con la cabeza. No sabía cómo empezar a explicarle si quiera qué era lo que le estaba haciendo sentir realmente mal.

Los cerrajeros le ayudaron a poner una nueva cerradura, la que tenía la casa cuando la alquiló, la cambió porque había leído que era más seguro así, por si otros inquilinos tenían también aquella llave. Luego le tendieron la factura y Natalia solo pudo suspirar.

No era lo peor que le había ocurrido aquel día.

Entró en su casa y comprobó que su cena seguía en su sitio, algo fría, la guardaría para comer mañana.

Al abrir el frigorífico vio su móvil.

Tragó saliva, lo sacó y decidió encenderlo.

Todo parecía haber vuelto a la normalidad, lo que le había ocurrido antes debió haber sido una alucinación, mañana intentaría pedir cita con algún psiquiatra o con…

Sonó un mensaje nuevo nada más encenderse. Natalia estuvo a punto de dejarlo caer, pero se dio cuenta que aquella vez era un mensaje de verdad.

Suspiró, tocó el icono para abrirlo y sintió que se quedaba sin aire. Era un mensaje de Vero.

«Siento el susto de antes, creo que me pasé un poco. Aún podemos ser amigas, si quieres».

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