Pequeño relato 06

[Estos relatos pertenecen a una pequeña serie que estoy haciendo para practicar]

 

Desactivar una bomba

Metracrilato 7

El objeto era apenas una pelota envuelta en plástico negro, que podía haber pertenecido a una bolsa de basura, y descansaba en apariencia inofensiva contra el pilar principal del Hospital Infantil para Huerfanitos Pobres de las Hermanas Coristas.

Segismunda se arrodilló rápidamente al verlo.

Tal como su contacto le había dicho. Allí estaba. Aquella inofensiva bolsa contenía Metracrilato 7, el explosivo más poderoso que existía. Rasgó el plástico con cuidado y vio el Metracrilato, una masa naranja brillante, y los cables que la conectaban con el detonador.

Sacó una pequeña linterna del bolso y se la puso entre los dientes. En la oscuridad del parking del hospital, comenzó a mover los cables del artefacto con el cuidado y precisión de un cirujano, mientras Segismunda sentía todo su cuerpo tenso y frío, con gotas de sudor formándose por su cara. Sin embargo, sus dedos se movían con facilidad, años de práctica tocando el arpa en Siberia la había preparado para mover sus dedos con precisión en las más extremas circunstancias.

Su contacto le había dicho hacía veinte minutos, que apenas tenía media hora, pero aquella bomba no venía con un cómo reloj digital que le diera la hora. Tendría que darse prisa, podían quedarle en total cinco minutos más, o solo tres.

Después de estudiar los cables, Segismunda se dio cuenta que aquel artefacto tenía doble circuito, los dos circuitos que estaban unidos al detonador estaban unidos entre sí, si cortaba uno, el otro podía estallar inmediatamente. Se quitó parte del sudor de la frente con el dorso de la mano, nuevas gotas se formaron sobre su piel en el momento.

Muy bien, si los mafiosos iban a ponerse difíciles, ella también sabía jugar a aquel juego.

Sacó unos alicates de aluminio para las uñas del bolso y un pintauñas, con el pincel, puso el esmalte entre la unión de los dos circuitos. A continuación, sintiendo que no era capaz de llevar la cuenta de los minutos, cortó con los alicates uno de los cables. No ocurrió nada.

Sintiendo la boca seca por mantener la linterna, intento tragar algo de saliva. Ahora quedaba el otro.

Sujetó el cable con cuidado y acercó el alicate, lo colocó entre los filos y, con suavidad, apretó. El cable se separó en dos partes sin un chasquido, ningún sonido se oyó en el parking. Todo estaba sumido en un profundo silencio, pero, para Segismunda, aquel silencio aullaba con los gritos de una victoria.

Se quitó la linterna de la boca y lanzó un largo suspiro, sintiendo la tensión huir de sus músculos. Cogió el móvil del bolso y llamó a su contacto. Su boca estaba pastosa, tendría que comprar una botella de agua después de enviar el Metracrilato 7 a un lugar seguro.

–Agente 7. Los huerfanitos pobres ya están seguros.

No oyó nada al otro lado de la línea, solo un click de que el mensaje había sido recibido, pero así eran las cosas en su organización.

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