Pequeño relato 04

Voy a continuar con esta serie de entradas, aunque ya no vale la pena llamarle reto, seguiré escribiendo cosillas de vez en cuando para ir practicando diferentes perspectivas y que no se me anquilose ningún músculo de los dedos por no escribir :D.]

 

Escena: alguien pierde un zapato en una noche de fiesta

La Inauguración

Eli había oído que se iba a abrir un nuevo bar por la zona de copas, en la inauguración iban a poner las bebidas a mitad de precio. Se había pasado la semana dando la brasa a sus amigos para ir, tan pesado se puso, que hasta los menos fiesteros se habían animado a salir solo por dejar de oírle hablar de cubatas a tres euros. Había conseguido convencido a toda la cuadrilla de acompañarle, pero nada más llegar al garito empezó a arrepentirse de haberse puesto tan inaguantable. Iban a correrle a ostias seguro.

El bar tenía muy buena pinta, con un gran letrero donde ponía «El Siete» en letra elegante y moderna, mientras detalles en neón rojo invitaban a la fiesta. El resto de la decoración estaba cubierto por pintura gris metálica que soltaba extrañas iridiscencias; púrpuras, azules y fucsias dependiendo de la luz de la calle y de la que se filtraba de las luces de baile del interior. El sitio no estaba mal, pero estaba petado de gente. No había cola, solo un apelotamiento humano, como el tumor de un alien, naciendo de la puerta.

Tragó saliva y decidió que no iba a echarse a atrás por eso.

—¡Venga vamos! —dijo a sus colegas, como un capitán animando a sus tropas—. ¡A desfasaaaarrr!

—Entra tú primero y luego me cuentas —le respondió Matías en tono de guasa, siempre tenía que ser el listo y eso le tocaba los huevos. El resto se rió también.

—Vale, vosotros id decidiendo qué queréis mientras yo voy a la barra.

Cogiendo aire y levantando la barbilla, Eli avanzó valientemente hacia la muchedumbre. A veces la gente se apelotonaba en la puerta, por alguna estúpida razón, y luego el interior del local estaba vacío. Sin embargo, a medida que iba entrando en el garito, metiendo codo con disimulo y culeando lateralmente, se dio cuenta que todos los metros cuadrados de bar estaban ocupados por más seres humanos de los que él creía podían entrar físicamente. La concentración de masa era tal que estaba seguro alguien, por fuerza, iba a tener que acaban viajando a un universo paralelo, porque en aquel universo sencillamente no había tanto puto sitio para toda aquella gente.

La música dance estaba sonando a toda pastilla, normalmente le gustaba, pero en aquel momento, con toda la presión humana contra él, sentía que le agobiaba y empezaba a sudar como un poseso.

Cubatas a tres euros. Cubatas a tres euros… se repetía a sí mismo.

—¡Eh! ¡Eli! ¡Elíaaaaasss!

Alguien le gritaba, se volvió con cuidado para no darle un codazo en la cara a una rubia bajita y se puso de puntillas para ver quién llamaba. Matías le había seguido a tres cabezas de distancia y le hacía gestos.

—¡¿Qué?!

—¡Tres cubatas y dos gin-tonics! —gritó Matías por encima de la gente—. ¡Dos vodkas con lima! ¡Y Jaime quiere un chupito de no sé qué!

—¡¿Un qué?!

—¡Ni puta idea! ¡Es Jaime! ¡Pídele cualquier cosa y se la beberá!

Eli gruñó para sí. Estaba cerca de la barra, podía sentir ya el alcohol en el aire, junto con un montón de calor humano. Volvió a intentar girar de nuevo, la rubia bajita había sido sustituida por otra rubia que estaba bastante buena. Contorsionó la cara en una sonrisa mientras mantenía su lucha por respirar. Al lado contrario de la rubia había una especie de jugador de rugby, o wrestler, u orco, por las pintas, que estaba impidiéndole alcanzar la barra y no veía cómo iba a rodear toda aquella mole que se aplastaba contra su brazo y riñón izquierdos.

Volvió a meter codo e intentó avanzar cuando sintió que algo iba mal.

—¡Mierda!

Notaba el tacto pegajoso del suelo del bar en su calcetín. Su zapato. ¿Dónde estaba su zapato? Miró al suelo, vio una docena de pies, ninguno el suyo. Se hizo hueco un poco más violentamente, poniendo cara de aprensión a la rubia, esperando que no le odiara mucho por empujarla, y volvió a mirar…nada. Su pie derecho sufría una carencia de zapato, como había notado, el zapato en sí mismo no lo veía por ninguna parte. Hizo un intento de retroceder por donde había venido, no podía haberse ido tan lejos un zapato, no sin un pie dentro al menos. Matías notó que había un problema.

—¿¡Qué pasa?!

—¡He perdido un zapato, tío!

—¿¡Qué!?

—¡¡QUE HE PERDIDO UN PUTO ZAPATO!!

—¡¡AJAJAJAJAJAJAJAJA!! —Matías se volvió hacia los demás miembros de la cuadrilla—. ¡Eh, Eli ha perdido un zapato!

A Eli no le estaba haciendo ninguna gracia aquello, pero si le hubiera pasado a Matías se hubiera partido el culo igual, así que decidió no ser hipócrita.

—¡A ver! —continuó su compañero, girándose de nuevo hacia él—. ¡¿Dónde estaba el zapato cuando le has visto por última vez?!

—¡Qué chispa tienes, cabrón! ¡No sé! ¡Estaba por aquí! ¡Detrás del orr…!

Había estado a punto de decir orco.

—¡¿Or…?!

—¡Este caballero de mi lado!

El caballero se dio la vuelta lentamente, cada vez que sus hombros giraban diez grados se oía el rebufo de alguien a su alrededor, al perder aire de los pulmones por la presión humana. Finalmente, el orco se le quedó mirando con gesto serio.

—¿Ocurre algo? —preguntó, con una voz tan grave y cavernosa como esperaba, se le podía oír sin gritar.

—Nooo, noo, no mucho… —empezó Eli, algo acojonado al mirar al gigante aquel—. Verá, he perdido un zapato por esta zona y…

—¿Has perdido qué? —el orco se agachó hacia él.

—Zapato. ¡Un zapato!

—Oh, muy bien, ¡un zapato! Eso les pasa a los mejores, no te preocupes… ¡Eh, hacedme un poco de sitio por favor! ¡A este chico se le ha perdido un zapato!

El hombre movió uno de sus enormes brazos y, como por arte de magia, se abrió un hueco entre la muchedumbre a su alrededor y, allí, en el suelo pegajoso y lleno de mierda del bar, Eli pudo ver, por fin, su zapato.

—¡Dios! ¡Ahí está! ¡Gracias, tío! ¡Te debo una zopa!

—No importa, ya estoy servido. La próxima vez tráete unas playeras a estos sitios, o algo con cordones, son más difíciles de que se salgan.

—Joé, qué razón tienes —eso le pasaba a Elías por querer ir arreglado al salir de fiesta. Camisetas de rock y playeras para ir de juerga para el resto de sus días, las rubias tendrían que comprenderlo y aceptarlo tal y como era.

Gracias a su nuevo amigo el orco, no solo había conseguido recuperar su zapato, había un precioso espacio libre junto a la barra al que saltó en cuanto estuvo calzado al 100% de nuevo. Con una sonrisa gigante, llamó a una camarera que nunca miraba a la cara a la gente, mientras servía tan rápido que parecía tener siete pares de brazos, y le pidió, por fin, su cubata de tres euros.

 

 

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