#NaNoWriMo 2014 Brujas: Iniciación Capítulo 02

[Holaaaaa. Este fin de semana no he escrito ni leches, pero voy por las 28k palabras así que estoy sobrada. Os dejo el segundo capítulo por si alguien por casualidad tiene interés, lo dicho, podéis comentarme lo que queráis por que no tengo ni idea de qué estoy haciendo con esta historia. Ah, y mis propios comentarios en el texto van entre corchetes, por si no lo había mencionado este año 😀]

 

Brujas: Iniciación

Capítulo 02

El primer día de universidad se levantó dos horas antes de coger el autobús. Quería revistar que llevaba todo bien preparado: una capeta nueva, un bolso, suficiente batería en el móvil, agenda, diferentes tipos de bolígrafos y rotuladores de colores y un cuaderno para tomar notas.

¿Se olvidaba algo?

Había una hora de trayecto hasta la universidad, que estaba en las afueras de la ciudad. Elena la acompañaría, estudiaba biología y Mabel química, las ciencias se daban todas en la misma facultad así que irían juntas hasta allí. Aquello la alegraba, pero, por si acaso, decidió incluir una revista de moda entre sus cosas, para ir leyendo si se aburría, y otra de ciencias para disimular.

Comprobó que su aspecto era aceptable en un espejo. Su prima le había devuelto su castaño habitual al pelo, había experimentado también un corte moderno y bastante radical que al principio la asustó, pero al que ya se estaba acostumbrado, le dejaba flequillo y mechones largos hasta la mandíbula por delante y muy corto detrás. No estaba mal, se sentía madura y sofisticada. Verificó también que la línea de los ojos estaba bien definida, sus ojos eran de un tono miel que podían parecer claros y bonitos si los resaltaba con una buena línea, pero si se pasaba con el color, solo parecía un panda triste.

Toda su apariencia era una profunda fuente de frustración, la definición de un quiero y no puedo. No tenía nada que fuera feo en términos absolutos (excepto la forma de sus piernas, que estaba torcidas; su nariz, demasiado larga; sus orejas, grandes de soplillo; y alguna cosilla más), pero tampoco poseía ningún rasgo destacable. Podía perder y ganar peso con facilidad, especialmente si estaba nerviosa, pero delgada era una caja cuadrada con patas, solo cuando engordaba podía disfrutar de algo parecido a tetas y culo, y entonces le salía papada.

Era horrible, ¿por qué no podía tener al menos una cosa de la que sentirse orgullosa?

Le llegó un mensaje al móvil de Elena, acababa de levantarse de la cama y protestaba por el sueño que tenía.

Mabel suspiró, tenían que coger el autobús en media hora, ¿Cómo iba a darle tiempo?

Salió de su casa, era pronto aún, casi noche cerrada, y se dirigió a la estación. Ya había gente esperando y cuando llegó el autobús, sintió mariposas en el estómago. Iba a empezar la universidad, ¿no era emocionante? Toda su vida iba a empezar entonces. ¿Qué aprendería? ¿Qué logros conseguiría? Le gustaría dedicarse a la investigación, buscar una cura para el cáncer, sabía que era una tontería, pero quizá si encontraba alguna nueva proteína que protegía contra el avance de alguna célula maligna, se conformaría. Y un Nóbel, quizá, sí, un Nóbel estaría bien.

Subió y vio a Elena con el rostro enrojecido corriendo desesperadamente a la puerta.

―Por poco…―dijo, entrando de un salto, aunque aún había gente subiendo al autobús.

―¿Qué tal? ¿Ya te has enterado de las clases que tienes?

―No, pero me han dicho que el primer día nunca hace nadie nada. Deberíamos quedar en la cafetería si tienes tiempo libre.

―¿Cuál de ellas?

―¿Cuántas hay?—preguntó Elena con gesto confuso, por lo visto, tampoco había consultado ningún plano del campus.

―Creo que tres.

―La que esté más cerca de la facultad de ingeniería, quiero ver si hay ingenieros majetes por ahí… [AY, INFELIZ…]

―Vale. ¿Te ha costado mucho levantarte?

―Un horror, además ayer me tiré hasta las tantas viendo vídeos de accidentes de coches, no pienso coger un vehículo en la vida.

―¿Para qué miras esas cosas?

―No sé, ¿masoquismo?, luego tengo pesadillas, pero no puedo apartar la vista de los vídeos.

―Tienes que organizar tus prioridades.

―Sí, mañana igual.

El autobús se puso en marcha, como esperaba, Elena se quedó dormida y Mabel empezó a revisar su horario de clases para asegurarse que iba a la correcta. Luego sacó su revista de moda, se preguntó si debería depilarse las cejas más o intentar algo un poco radical y teñírselas de un tono más oscuro, para dar más carácter a su cara. La revista decía que lo segundo estaba de moda.

Al llegar a la universidad, Elena y ella se separaron para ir a sus respectivas clases. Llegó al tablón de anuncios a la entrada de su edificio y se encontró con una sorpresa: habían cambiado los horarios.

―No me jodas…

Sacó los que traía de casa y empezó a corregirlos de mala gana con un rotulador rojo.

Había un chico al lado de ella haciendo exactamente lo mismo.

―¿Tampoco te habías enterado del cambio?—le preguntó, era espigado y rubio, no del todo feo.

Mabel sonrió.

―Ah, no… cogí los horarios que dieron en junio.

―Sí, esos son provisionales, había una notita en alguna parte que lo decía. Los definitivos salieron en la web, pero la web es una catástrofe.

―Ayer estuve revisando la web de la facultad y no vi nada sobre horarios.

―Lo sé, le he preguntado a un amigo de tercero y me ha dicho que los horarios están escondidos en la sección de profesorado.

―Vaya, ahora tengo una hora libre, entonces.

―Yo también, ¿vas a la 1B de Químicas?

―Sí.

―Te apetece ir a la cafetería a tomar algo mientras esperamos.

―¿Uh?, ¡vale!

¿Qué había pasado? ¿Acababa de llegar a la universidad y ya había conocido un chico majo? Elena iba a rabiar a muerte cuando se lo contara, su cabreo por el cambio en sus planes se evaporó solo al imaginarse su cara.

La facultad de ciencias estaba en un pueblo apartado en los bordes de la ciudad, estaba compuesto por grandes edificios acristalados con aires modernos, pero el asfaltado y algunas infraestructuras habían vivido momentos mejores, haría unos cincuenta años. La cafetería más cercana no era más que un cuadrado de ladrillo con algunas puertas y ventanas, muchas cubiertas de varias generaciones de carteles estudiantiles. Se sentaron en una mesa de plástico a tomar un café y empezaron a hablar.

El chico majo se llamaba Nicolás y estaba interesado en la química porque de pequeño mezclaba cosas que encontraba por casa con sus amigos, buscando algo que pudiera explotar, lo único que consiguió fue destruir una alfombra de su madre, pero siempre se quedó con el gusanillo de trabajar en un laboratorio.

―¿Y tú? ¿Por qué has cogido esta carrera?

―Oh, quiero curar el cáncer.

―¿En serio?, más noble que explotar cosas, entonces. ¿Conoces a alguien más en este curso?

―No, pero tengo una amiga en biología. ¿Y tú?

―Bueno, aparte de mi amigo en tercero… tengo una ex en la facultad de matemáticas también… pero no nos llevamos bien, está un poco loca…

―Oh… ¿es ex desde hace mucho?, ¿tienes novia?

―Ja, ja… no.

Se produjo un momento de silencio y Mabel se preguntó si las palmadas que estaba dando dentro de su cabeza se estaban oyendo también fuera.

―Que pena que no saliera bien, los malos ex pueden ser horrorosos. Yo tengo uno. Llegaba como media quince minutos tarde siempre que quedábamos, si llegaba a la hora era porque no encontraba un tren más tarde, ja, ja…

―Ah, odio a la gente impuntual. No me gusta esperar y me parece una falta de respeto, siempre hay algún día que pasa algo… claro, pero llegar tarde por costumbre… es algo que no aguanto.

Mabel asintió, sonriendo. Su nueva vida como universitaria no podía haber empezado mejor, quitando los cambios horarios.

Cuando empezaron las horas de clase, Mabel comprobó que Elena tenía razón, ningún profesor parecía tener ganas de hacer mucho, hablaron de los materiales que hacían falta y del temario y abandonaron el aula media hora antes de que acabara la clase. Conoció a un par de chicas que habían repetido varias clases y le hablaron de algunas de las manías de los profesores. Mabel tomó nota, literalmente, sacó su cuaderno y comenzó a apuntar los nombres, las costumbres, el carácter y cualquier cotilleo que las repetidoras pudieran ofrecerle. Para preparar un examen no solo contaba la materia, las manías de los profesores podían filtrarse entre las preguntas y tenía que tenerlas en cuenta.

Aquel día solo había clases por la mañana y al terminar se despidió de Nico, que había quedado en otro sitio, y se fue a ver a Elena a la cafetería de ingeniería.

―Hola, ¿qué tal la mañana?—le preguntó mientras la veía mirar intensamente por la cristalera que daba al pasillo del edificio.

―Mal, la mitad de los profesores no se han presentado, la mayoría de mis compañeras son pájaras inaguantables y los chicos son feos. Tiene que existir un ingeniero fuertote aquí para mí, o me hundo… Oh, ¿has visto el mensaje de Desiré? La muy asquerosa…

―¿Qué?, ¿qué?

Mabel miró a su compañera, a veces era difícil averiguar cuando algún comentario iba en broma y cuándo no, sacó su móvil a ver de qué hablaba.

―Nos han invitado a ver el piso esta tarde, cuando salgamos de clase. Qué asco. Yo también quiero un novio con coche y piso.

―El piso es de alquiler y están ayudando a pagarlo sus padres también.

―Y un padre con dinero…

Sintió una opresión en el pecho, ir a ver a aquellos dos en su nidito de amor le iba a sentar como una patada en la cara. Intentó recordar lo ilusionada que había empezado el día, cómo tenía una nueva vida por delante, cómo había conocido a Nico y era un chico muy majo, cómo el mundo no era un lugar frío y gris…

Desiré y Diego iban a la facultad de periodismo, humanidades estaba en la punta contraria de la ciudad, también estaba cerca del centro de entrenamiento del equipo de Diego. Le alegraba en cierta manera que estuvieran a distancia, ya que ya no tendría por qué verlos acaramelados todos los días.

Diego vino a buscarlas a la parada del autobús en su coche, en su pueblo casi todos los chavales sabían conducir a los dieciocho, ya que era la única manera de moverse por un sitio que solo tenía un servicio de autobús, y cada hora y media. Él además había podido pagarse un coche majo de segunda mano, aún no podía permitirse un cochazo como las estrellas del equipo, pero el contrato que tenía era bastante bueno para un chico de su edad.

―¿Os llevo, señoritas?—dijo, saliendo del coche con una sonrisa enorme y haciendo una exagerada reverencia.

Se acercó a ellas y les abrió la puerta.

―Oye, si Desiré te deja, sabes mi teléfono, ¿verdad?—preguntó Elena―. Solo pregunto, por si acaso…

―Ja, ja, ja… Claro.

Mabel tenía una sonrisa congelada en la cara, porque no sabía que expresión poner sin parecer incómoda.

―¿Qué tal las clases?—preguntó, intentando cambiar de tema.

―Ah, aburridas, me han dado una lista más larga que mi brazo de libros para comprar, no leo más de dos libros en un año, no sé cómo me voy a apañar…

Vio que el chico suspiraba y se encogía de hombros mientras arrancaba el coche.

―Bueno, tómatelo con calma, esto es solo el plan b, ¿no?

―Sí―intervino Elena―, escucha a la que sufre ataques de ansiedad cuando saca un ocho, tómatelo con calma.

―Fue un siete, y no fue un ataque de ansiedad, solo me pareció injusto porque el profesor no había planteado aquel problema así cuando lo explicó y no tenía sentido el resultado que daba en la solución.

―Pasaste dos días siguiendo a la directora para que se repitiera el exámen.

Mabel sintió que se ruborizaba.

―Bueno… era injusto…

―Ni siquiera era un examen para nota, Mabel, el profesor te explicó lo que había que hacer al final, ¿no?

―Sí, pero a mí me gusta tener buenas notas, me gusta que las cosas salgan bien…

―Bueno, algunos somos un poco idiotas y nos alegramos si aprobamos por los pelos―dijo Diego―, tú siempre has sido muy lista, Mabel.

―No, no lo creo…―no se sentía lista en absoluto, solo cabezona, si insistía lo suficiente los problemas de clase terminaban saliendo. En la vida real las cosas no funcionaban de aquella forma, lamentablemente.

Llegaron a una zona ajardinada, con grandes árboles y tiendas nuevas y de aspecto limpio. Desiré les estaba esperando, siendo mona y adorable, como siempre. Hizo un comentario sobre lo bien que le sentaba su nuevo peinado y luego le cogió la mano y casi la arrastró hasta su piso.

Su amiga parecía irradiar felicidad según le mostraba las habitaciones. No era un piso grande, pero mayor de lo que Mabel esperaba permitirse en muchos años. Podía ilusionarse todo lo que le diera la gana con la nueva vida que podía tener por delante, pero su amiga llevaba una clara ventaja. En otras circunstancias se hubiera alegrado por ella, pero en aquel momento sentía suficiente rabia y envidia como para que empezara a dolerle el pecho. Si no hubiera sido tonta y se hubiera dado cuenta antes de lo mucho que Diego le gustaba, puede que ella fuera la que estuviera enseñando feliz un piso nuevo.

No es que quisiera que le ocurrieran cosas malas a Desiré, pero tampoco era tan buena persona como para que le hiciera feliz la alegría de su amiga, por lo visto.

―Lo mejor es que el campo de entrenamiento no está lejos, querían darme una habitación allí cerca, se lo dan a los de fuera, pero preferí venirme aquí con ella―dijo Diego, irradiaba tanta felicidad como Desiré.

Iba a vomitar.

―Uhh… creo que deberíamos irnos ya―dijo, sintiéndose que la excusa sonaba rara, pero incapaz de seguir por allí como si no ocurriera nada―, tengo que comprar libros y preparar un calendario nuevo, me han movido algunas clases.

―No te preocupes, os acercaré con el coche. Siempre estudiando, ¿eh?

―Sí, siempre…

Desiré se despidió de ellos con estrellas en los ojos y agitó sus preciosas ondas doradas mientras le suplicaba que tenían que quedar pronto, ya que no se había acostumbrado a que no se verían más todos los días en clase.

Mabel asintió con su sonrisa helada en la cara. Tenía que salir de allí inmediatamente.

Nada más pisar la calle tuvo una sensación extraña, como de estar siendo vigilados. Esperaba que no tuviera más alucinaciones como en el día de su cumpleaños, había decidido echarle la culpa a la bebida y quizá el pobre higiene de la sala de fiestas, puede que se colara algún químico en su copa que le sentó mal.

Miró a su alrededor y vio un tipo en la acera contraria que le llamó la atención sin estar segura de por qué. Tenía barba y le hizo pensar en el hombre que casi la atropella, pero inmediatamente se dio cuenta que no eran el mismo, aquel era un hombre grande y fuerte, podría dejar pequeño al propio Diego, el del día de su cumpleaños era más vulgar.

No sabía por qué le había llamado la atención, apartó la vista de él y siguió avanzando al coche. Al pasar junto a un escaparate se detuvo, sintiendo un escalofrío.

Antes de girarse sabía, con completa seguridad, que lo que iba a ver la asustaría.

Era una tienda de electrónica, había grandes televisores de pantalla plana y cámaras, las pantallas mostraban la calle desde diferentes ángulos, pero en el lugar donde ella debía estar, estaba la figura con la máscara de perro, con la capucha y la capa tan negra como la recordaba de noche.

―¿Qué…?

―Oh, ¿ya te has dado cuenta?

Detrás de ella había una mujer.

Al volverse el mundo se detuvo de nuevo, adquiriendo un tono grisáceo, como si todos los colores se hubieran apagado. Solo la mujer parecía normal y seguía moviéndose.

Era anciana, aunque no podría calcular cuánto, no muy alta, pero con un cuello alargado y una cabeza grande y angular sobre el mismo, sonreía de forma inquietante, enseñando algunos huecos entre sus dientes. Era muy morena, su pelo era negro como el carbón, excepto unas hebras paleteadas, y todo estaba recogido en su nuca. Vestía como muchas ancianas haciendo recados, con una falda y blusa sencillas, incluso llevaba zapatillas de andar por casa y… ¿eran huesos lo que llevaba en una bolsa de plástico?

―¿Qué? ¿Qué está pasando?

―Las primeras reacciones dicen cosas de la persona… tú eres un poco aburrida, la verdad…

―No entiendo.

―No importa, solo te advierto que esto no lo estoy haciendo yo, y tú tampoco esta vez. Deberías vigilar a tus amigos.

―¿Qué…?

Se volvió hacia Elena y Diego, la primera consultaba su teléfono a pocos pasos detrás de ella, quieta como todos a su alrededor. Diego se había adelantado hacia el coche, aparcado detrás de un gran árbol, también estaba paralizado… pero el árbol se estaba moviendo.

―¡Dios mío!

Mabel corrió y agarró al chico del brazo, apartándole de la trayectoria de caída del enorme tronco. Diego se movió, pero al soltarle volvió a quedar congelado.

Entonces, vio que alguien más tenía vida allí. El hombre de la barba la miraba desde la acera contraria, estaba sorprendido.

―¿Qué demonios?—le oyó exclamar― ¡Bruja!

Mabel reaccionó con confusión, no entendía qué estaba pasando, pero antes de que pudiera hablar, el hombre de la barba desapareció, como si nunca hubiera estado allí, y todo volvió a cobrar vida.

Oyó un chasquido y el golpe de las ramas en el suelo, varias hojas volaron y luego descendieron lentamente sobre ella.

Oyó gritos de sorpresa, la gente se acercaba a ver qué había ocurrido.

―Madre mía, ¿estáis bien?―Elena corrió hasta allí y les miró de arriba a abajo―. Vaya susto, estaba segura de que se le iba a caer a Diego encima.

―Ni siquiera me he dado cuenta de lo que pasaba hasta que he visto el árbol en los morros―dijo Diego, moviendo los brazos de forma errática―, ha faltado un pelo, creo que me ha despeinado y todo de lo cerca que ha caído… ja, ja…

Mabel no podía decir nada. Elena le dio un ligero empujón.

―Eh, he dicho que si estás bien…

―Sí… sí, me he asustado, nada más.

Había algunas personas mirando, comentando cómo las raíces parecían estar podridas y algo sobre fumigar y plagas de gusanos. Diego le puso una mano en el hombro.

―¿Seguro que estás bien? Estás muy pálida, vamos, te llevo a casa. Sube.

―Voy, gracias.

En el camino de regreso intentó racionalizar lo que había ocurrido, pero estaba siendo un esfuerzo descomunal. Aún si aceptaba que estaba volviéndose loca, el árbol había caído de verdad, había visto cómo se movía antes de llegar el suelo, había caminado varios metros hasta Diego y lo había apartado. Nunca había oído de una alucinación así. Las alucinaciones no tenían consecuencias en otras personas, en la vida real.

¿Qué pasaba? ¿Quién era el hombre de la barba? La había llamado bruja, qué cabrón. ¿Y la anciana con los huesos? ¿Quién iba por ahí con una bolsa de huesos?

Diego la dejó directamente en casa y luego fue a llevar a Elena, los dos parecían un poco preocupados por su aspecto, y Mabel tenía que reconocer que no se sentía muy bien.

Subió a su casa, su padre estaba en la cocina preparándose un bocadillo, le preguntó si quería uno y qué tal había ido en su primer día de clase. Mabel repitió lo que le había dicho a sus amigos: horario cambiado, gente agradable, profesores vagos…

Constantino vino a saludarla moviendo el rabo. Era un pequeño perro lanudo de pelo negro, sus ojos apenas eran visibles detrás de su abundante flequillo, pero siempre se podía ver asomar su lengua rosa cuando estaba contento.

Fue con ella a su habitación y se subió a una silla que había convertido en su sitio allí, se encogió en una pelota e hizo como que dormía.

Mabel cerró la puerta del cuarto y se sentó frente a su escritorio, como siempre que necesitaba pensar algo.

No estaba segura de cuánto tiempo permaneció mirando a la nada, intentando ordenar sus ideas, cuando oyó a Constantino soltar un pequeño ladrido.

Le miró extrañada, su perro solía ladrar poco.

―¿Qué pasa chi…? ¡Coño!

―Vaya boca.

La vieja de los huesos estaba sentada en su cama, mirándola con desaprobación.

―¿Qué hace aquí? ¿Quién es?

―Bueno, soy una compañera y vengo a traerte algunas respuestas, creo que te vendrán bien, llevas casi una hora mirando a la nada.

―¿Cómo ha entrado? No he oído la puerta.

―Oh, no he entrado. En realidad mi cuerpo está en mi propio piso, debajo de dos gatos que insisten que les rasque el nacimiento del rabo… no, tres, tres gatos, ahora tengo tras gatos tocándome las narices… ¡Fuera de aquí!

La figura de la anciana pareció borrarse durante un momento, antes de volver de nuevo.

―¿Estoy alucinando?

―No, o, al menos, yo no soy una alucinación tuya. No sé que otras cosas verás por ahí.

―¿Quién es…? ¿Y qué está pasando?

―Llámame Maura, soy una bruja desde hace más años que el idioma que hablamos existe, y tú también lo eres.

―No, lo siento, no creo en esas cosas.

―Claro que no, por eso llevas media hora mirando la pared, porque no entiendes nada. Hace unos años estarías santiguándote en alguna esquina, o alguna tontería similar. Esas reacciones eran más divertidas, a veces torturaba a las novatas diciéndoles que su alma estaba condenada eternamente a Lucifer, ah, buenos tiempos… Ahora es todo «miráme, me creo más lista que nadie, pero en cuanto me cruzo con cualquier tontería que no puedo resolver con el minúsculo entendimiento que llamo lógica me bloqueo como un disco rayado»… ¿seguís usando la expresión «disco rayado»?

―Eh… sí… pero, no… es que no entiendo…

―¿Lo ves?

―No entiendo qué tiene que ver lo que ha pasado esta tarde… y lo que pasó en mi cumpleaños… ¿quién es el de la barba?, ¿y la cosa esa con una máscara?

―Tsss, tranquila, poco a poco, algo que vas a tener que aprender rápido como bruja: hay muchos asuntos que las personas comprenden mejor cuando les das tiempo que cuando les das información. De momento, solo necesitas saber un par de cosillas: la figura de la máscara la solemos llamar «Espectro», y suele perseguir brujas novatas para quedarse con sus poderes cuando aún son débiles, no tendrás nada que temer cuando consigas iniciarte y ser aceptada en la congregación como una bruja más.

―Ajá… ¿y tengo que pagar algo en esa congregación?

―Sí, tiempo y algunos sacrificios, pero no serán nada en comparación con lo que el Espectro podría hacerte si no maduras rápido, tienes un año. Y sobre lo de esta tarde, sospecho que es parte de tu misión, aunque tendré que hablarlo con la Matriarca.

―¿Matriarca?

―Tsss… tiempo al tiempo. Para iniciarte tendrás que demostrar tu valía, generalmente se te encarga una misión, en este caso, parece que la misión ha venido a ti, suele pasar. El tipo de la barba es un mago y estaba intentando reclutar a tu amigo para un… asunto, es un poco complicado, pero tú se lo has impedido, y eso está muy bien, pero es un mago bastante peligroso y tú muy novata. Deberás andarte con mil ojos. De hecho, no te fíes de los magos en general, el que no es un inútil es una mala pieza, hay pocas excepciones.

―Qué bien.

―Oh, no te desanimes, no todo es malo. Yo te iré ayudando por el camino, y tendrás una instructora, una bruja jovencita que ha sido iniciada hace pocos años, unos cuarenta o así, nunca ha tenido pupila, así que le toca. Se llama Dima y la encontrarás mañana cuando salgas de clase en la librería «Gato Panzarriba», está en el centro, ella te dará más detalles y te empezará a ensañar tus poderes.

―Sigo sin enteder…

―¿Lo ves? Te digo lo que pasa, pero no estás comprendiendo la mitad.

―¿Cómo… cómo soy una bruja? ¿Es algo familiar?

―A veces, pero normalmente no, es aleatorio… o quizá hay un plan divino de por medio, pero hace tiempo que he abandonado la idea de entender las intenciones de los de arriba, así que… Nunca ha seguido una lógica que podamos comprender.

―¿Entonces puedo hacer magia? ¿Puedo detener el tiempo cómo antes…?

―Sí, puedes, pero estás confundiendo algunas cosas, lo de esta tarde no ha sido detener el tiempo exactamente, sencillamente alguien saltó al limbo y nosotras saltamos con él, el resultado es similar a parar el tiempo, pero no es literalmente parar el tiempo.

Constantino había bajado de su silla y había empezado a oler a Maura.

Si el perro era capaz de ver una alucinación, entonces no era una alucinación, ¿verdad?

La anciana tenía razón al menos en una cosa, su cerebro parecía incapaz de asimilar aquella información. Tenía que haber una explicación lógica en alguna parte.

«¿La explicación lógica es la que tú quieres oír? ¿La que te va a decir que todo está bien y en orden?»

Mabel apretó las mandíbulas.

―¡¿Es también normal oír voces?!

La anciana entrecerró los ojos.

―A veces… aunque no serías la única bruja que ha disfrutado al mismo tiempo los placeres de la esquizofrenia y de ser bruja, ¿qué clase de voces?

―Solo una, es como… si estuviera dentro y al mismo tiempo viniera de todas partes, suena un poco como yo, pero como si tuviera afonía y estuviera cabreada.

―Ah, sí, probablemente tu Espectro, escúchale con cuidado, te dará pistas sobre cómo mantenerle bajo control, pero también podría destruirte si le prestas demasiada atención.

―Ya…

―¿Sigues sin entender, verdad? Bueno, tengo que dar de comer a mis gatos, así que seré breve: no hay nada malo en ti, la incertidumbre no te hará daño y todo… bueno, muchas cosas saldrán bien. Ve a ver mañana a Dima. Y adiós.

―…adiós.

Maura desapareció frente a sus ojos, incluso Constantino soltó un pequeño ladrido de sorpresa.

―Si tú entiendes esto, por favor, háblame.

Constantino movió la cabeza y sacó la lengua.

―¿No? Si ahora te decides a hablar no me asustará, es tu oportunidad, hazlo.

Silencio.

Mabel se frotó el puente de la nariz. Si ser una bruja no era una locura, quizá era el camino hacia la misma.

Decidió que mejor se ponía a revistar sus horarios, programar nuevas horas de estudio y hacer una lista de los libros y material que tenía que comprar. Un profesor había pedido una bata de laboratorio, pero se había comprado una ya en abril, así que no tenía que preocuparse por eso… quizá tenía que buscar un bolso más grande para poder transportarlo todo…

Cuando ordenó todo el material para las clases del día siguiente, no había nada más que la distrajera de pensar en lo que estaba ocurriendo con su vida. Tan confusa como irritada por acontecimientos que amenazaban con alterar su normalmente ordenada vida, se sentó en la cama, frente al sitio que había ocupado Maura, y acarició distraída a Constantino.

Un árbol se había caído de verdad. Su perro había reaccionado a la presencia de la anciana. Había ocurrido algo que no entendía, pero tenía consecuencias en el mundo real, así que podía plantear la hipótesis de que: a) era «bruja» y b) que había otros como «magos» que también influían en el desarrollo del mundo de forma peculiar. Mientras no encontrarse una explicación mejor para aquellos fenómenos observados, aquella sería su hipótesis. Si se planteaba el problema así, le veía más sentido. Llevaría su vida de forma normal, y al día siguiente hablaría con aquella Dima e intentaría desarrollar mejor sus planteamientos con nuevos datos.

Sí, aquello era razonable.

Sintió que un peso se le quitaba de encima. Era la hora de cenar, decidió ir a la cocina, comer, lavarse los dientes, mirar su correo y meterse a la cama.

¡Deja un comentario!