Las Montañas de Sangre

Las Montañas de Sangre es una historia de fantasía épica y acción que comencé a escribir para el NaNoWriMo de 2012, a fecha de esta entrada, está inacabada, pero estos son los primeros capítulos.

Espero que os gusten 🙂     ( Playlist |Plano 1 Plano 2 )

Las Montañas de Sangre

El Barón de Samarca quiere una nueva esposa y ha elegido a la hija del Señor de las Lindes, ésta ya no es joven y nunca fue bonita, pero es única heredera de las tierras de su padre y del ejército más fuerte que queda del Nuevo Imperio: los 500 Jinetes. Sin embargo, al Señor de las Lindes no le entusiasma la decisión del Barón, y está desesperado por evitar que se lleven a su única hija de su lado…

La extensa y salvaje cordillera de las Montañas de Sangre es patria y refugio de hordas de ladrones que, a galope sobre sus fieros caballos potok, siembran el terror por todo el Nuevo Imperio. Estos ladrones se llaman a sí mismos Emaki Dun, el Pueblo sin Mujeres.

El Búho

Era ya bien entrada la noche, pero el pequeño pájaro cantor continuaba trinando con energía. Colgando en el marco de la ventana abierta, le llegaba toda la luz de una gran luna llena y una brisa cálida del sur.

El joven noble colocó en el alféizar de esa misma ventana un libro abierto y una taza con infusión de hierbas y un poco de licor, preparándose para la que esperaba fuera una agradable noche de lectura a la luz de la luna. Miró al pajarito un momento, pensando para sí, cuando su sirviente le distrajo.

―¿Necesita algo más, señor?

Àrser se volvió hacia él, el hombre era mayor y parecía tener sueño, el joven echó un vistazo rápido a su habitación y comprobó que estaba todo en orden.

―No, puedes retirarte a dormir, Buendar. Muchas gracias por tu trabajo hoy.

El sirviente inclinó un momento la cabeza, agradecido. A continuación cerró la puerta y se marchó, dejando a su señor solo con el pájaro.

El noble se sentó junto al alféizar de la ventana, satisfecho consigo mismo. Si hubiera sido su padre o sus hermanos, no hubieran despedido al sirviente de aquella forma, probablemente se habrían limitado en hacerle un gesto con la mano para que se largara. Àrser, sin embargo, había estudiado al gran intelectual Glàser, que defendía que la razón de la existencia de tanta lucha y violencia entre seres humanos era la falta de una correcta educación. Así que se esforzaba por ser amable con todo el mundo, incluidos los sirvientes, y había comprobado que mucha de la gente a su alrededor parecía más feliz.

Àrser centró su atención en el libro frente a él, un grueso tomo que describía todas las inscripciones encontradas hasta la fecha del lenguaje que se usaba en el Imperio Viejo: el saibadi, un idioma desaparecido y misterioso que lo fascinaba.

Mientras, el pajarito seguía cantando.

Volvió a mirarlo, con cierta irritación. El ave había sido un regalo de su novia, gran aficionada a los pájaros cantores. Él apreciaba un poco más el silencio, especialmente de noche, cuando intentaba centrarse en sus estudios.

―¿Es por la luna?—le preguntó a su parlanchín compañero―. ¿Hace demasiada luz?

El pájaro, una criatura minúscula, de brillantes plumas blancas como perlas, siguió con sus canciones.

―No eres muy educado…

Con un suspiro resignado, el joven se puso en pie y buscó un pañuelo, intentó colocarlo por encima de la jaula, para proteger al ave de la luz, pero la jaula se cayó, la puerta se abrió y el pajarito salió fuera.

Àrser retrocedió, sorprendido y asustado, si le pasaba algo al pájaro su novia se enfadaría. El animal se quedó un momento quieto en el alféizar, como riéndose de su nerviosismo, pero cuando el joven intentó acercarse para cogerlo de nuevo, el ave saltó al vacío.

El noble asomó medio cuerpo por la ventana, observando el vuelo del pájaro, que no fue muy lejos. Le vio planear hasta el bosque que había junto a las murallas del palacio principal. Molesto por su propia torpeza, pero dispuesto a hacer cualquier cosa antes que decepcionar a su novia, cogió una vela y se puso zapatos para salir al exterior.

El palacio de Castroalba era enorme, el edificio central tenía pisos de hasta siete alturas, los dos edificios adyacentes solo llegaban a cinco, pero los techos en Castroalba eran altos y sus pasillos principales extensos. Alrededor del palacio se alzaban otras mansiones, de nobles importantes o parte de  la familia del Ministro, que en cualquier otra región del Imperio aquellas mansiones serían grandes y lujosas, pero rozaban lo humilde a la vista del palacio principal.

Árser se movió en silencio por pasillos secundarios, más discretos discretos, bajando por las escaleras de servicio, evitando despertar curiosidades. Estaba seguro de que si alguien le descubría, los rumores no terminarían nunca, había intentado siempre mantener una imagen de honestidad y rectitud, si le descubrían correteando por los pasillos de noche, daría alas a la rumorología de la corte. Aunque lo que estaba haciendo fuera tan inocente como perseguir a un pajarito cantor.

Afortunadamente, al salir al exterior no llegó a cruzarse con ningún cortesano, la única persona con la que se encontró fue el guardia que vigilaba la puerta del murete del palacio.

―Bonita noche para pasear—dijo el hombre, con una sonrisa que era cualquier cosa menos inocente.

Àrser no se dejó intimidar.

―Estoy buscando un pajarito…

―Por supuesto, señor.

―… un pequeño pájaro cantor, del color de las perlas, se escapó de mi ventana y le vi volar al bosque.

En aquel momento, se oyeron los reconocibles trinos del ave en la espesura. El guarda parpadeó, sorprendido al descubrir que le estaban diciendo la verdad.

―Bueno, eso no se oye a menudo por el bosque. Qué tenga suerte, señor. Cuídese de los ladrones.

―Gracias, lo haré.

Àrser se despidió del guarda con la cabeza alta, sintiendo que había vuelto a ganar una batalla contra el cinismo, y se adentró en la vegetación.

El bosque junto al palacio no era realmente un lugar peligroso, el comentario sobre cuidarse de los ladrones del guardia había sido una broma. Era un parque con grandes árboles y arbustos, no se podaban, pero los jardineros ponían cuidado en que tampoco creciera tanta maleza como para que fuera difícil andar por allí. En verano era una zona muy agradable para que los cortesanos pasearan y jugaran a la sombra.

El joven siguió al pájaro por sus canciones, sintiendo que no podía estar lejos. Mirando a la luna y el cielo nocturno, casi azul por su brillo, pensó que el bosque también podía ser un lugar agradable para pasear por las noches…

En ese instante, descubrió por fin un movimiento de plumas blancas, entre un par de arbustos con flores medio secas, del que salían trinos. Àrser se acercó y estudió su posición, preguntándose cómo podría cazarlo sin hacerle daño o sin que volviera a escaparse.

Mientras cavilaba, notó un súbito golpe de viento en un lado de la cara y un borrón gris oscuro pasó a gran velocidad desde su lado hasta el pajarito, que cortó de golpe su canto cuando la gran sombra gris cayó sobre él.

Pasmado, el joven miró al frente sin comprender durante largos segundos. Las largas alas grises con manchas blancas de una rapaz estaban completamente extendidas frente a él, de lado a lado, tenían prácticamente el tamaño de un hombre adulto.

Tomándose todo el tiempo del mundo, como si la depredadora quisiera que Àrser apreciara su colosal tamaño y sus brillantes plumas, dejó las alas abiertas mientras remataba al pajarito y luego, con la misma calma, se volvió hacia él, revelando que era un búho de las nieves; su pechera era de un refulgente blanco y sus ojos amarillos le miraban con frialdad.

El joven noble creía que la rapaz saldría volando, pero se quedó allí. Agachó la cabeza y arrancó un trozo de su presa, hueso carne y plumas, que engulló con facilidad.

Àrser puso cara de asco.

―Eso tampoco es muy educado… Pero eres un búho, qué sabrás…

En poco tiempo, el búho de las nieves dio por terminada su comida, engulléndola con facilidad,  y se marchó, pasando de nuevo a su lado, riéndose de su inutilidad.

El joven se sintió trastocado, no solo por haber perdido el pájaro de su novia, también por lo súbito y dantesco del ataque. Aquel búho le había mirado como si no fuera nada, y había comido frente a él como si su presencia si quiera le incomodara.

Àrser era un intelectual, nada supersticioso, pero sintió un frío desagradable creciendo en su estómago, aquello que otros llamarían un mal augurio.

Cuando llegó de nuevo junto al guarda, seguía agitado.

―¿Está bien, señor? Tiene mala cara. ¿Ha encontrado al pájaro?

―…se lo ha comido un búho. ¿Son comunes los búhos de las nieves por aquí?

―¿Comunes? No, señor, pero aparecen a veces. En verano, cuando las nieves suben en las montañas, ellos pierden las plumas blancas y bajan. Y hay mucha rapaz cerca de las capitales, hay basura y abundantes ratas gordas, y eso les gusta.

Àrser asintió, la pragmática explicación consiguió tranquilizar un poco sus miedos.

―¿Sabe lo que mi abuela decía, señor?—continuo el guarda—. Que por estas colinas habitaba una vieja bruja que de noche se transformaba en una lechuza blanca, si te la encontrabas y le dabas algo de comer, en un año te casarías.

―Son cuentos de la gente llana…

―Ya lo sé, señor. Lo decía por animarle, igual se casa pronto…

El guarda rió y Àrser solo pudo devolverle una sonrisa retorcida. No era un secreto absolutamente para nadie, por lo visto, que vivía en un complicado noviazgo.

Se despidió, con educación, del guarda del murete y volvió al interior del palacio.

Caminó de nuevo entre los oscuros pasillos, cuando llegó a una de las plantas intermedias se detuvo un momento. Allí era donde muchos funcionarios medios, y sus familias, la gente a la que pertenecía su novia, vivía.

¿Cómo le iba a decir que había perdido el pájaro? Le diría la verdad, le enorgullecía ser un hombre honesto, solo omitiría la parte del búho, diría que sencillamente no pudo encontrar al ave. Era honesto, pero no veía cómo aquella parte de la historia serviría para otra cosa que para hacerla daño.

Y si la palabrería del guarda era cierta, por lo que a él respectaba, el búho podía comerse todos los pájaros cantores que le diera la gana, si eso le permitía casarse de una vez.

Su padre, el Ministro, no veía con demasiados buenos ojos a su novia, la creía debajo de su nivel, aunque Àrser era su cuarto hijo varón y el único de su tercera esposa, una mujer sin poder ni fortuna destacable. El Ministro quería primero un matrimonio político, y luego le prometió que podría casarse con su novia como segunda mujer. Lamentablemente, su padre no encontraba a una primera mujer adecuada en ninguna parte.

Acabaría siendo un viejo solterón y excéntrico. Como la mayoría de los estudiosos a los que admiraba.

Subió hasta sus habitaciones, desanimado. Al abrir la puerta vio la luz de la luna que seguía iluminando la ventana, el libro, la taza ya fría y la jaula caída.

Decidió dejar el estudio para otro día, no se encontraba de ánimos para seguir.

Fue a cambiarse a su ropa de cama, cuando oyó el ulular de un búho. Sintiendo de nuevo tensión en el estómago, fue hasta la ventana y la cerró. Parpadeó mientras sus ojos se adaptaban a la oscuridad, sintiéndose algo avergonzado por lo súbito de su propia reacción.

No eran más que cuentos, estúpidas supersticiones. Debilidades que florecían del miedo de los hombres.

Nada más.

El Cortejo Nupcial

La noche estaba despejada. La Luna brillaba con tanta fuerza que las estrellas palidecían y el cielo nocturno se veía más azul que negro. La comitiva nupcial atravesaba las despejadas colinas de Los Llanos de Samarca sin problemas, sin que nada pareciera ser capaz de perturbar la quietud del momento.

Entonces, la novia comenzó a tatarear una canción.

Los guardas volvieron la vista hacia ella, visiblemente molestos.

Aquel tipo de ceremonia nupcial era muy habitual entre el pueblo ogras, señores de gran parte de todo el Nuevo Imperio. Las novias de familias pudientes eran llevadas en palanquín, cargado con su dote, desde la casa de su familia hasta la casa de su futuro marido. Si la distancia entre uno y otro lugar era muy grande, como ocurría a menudo en los territorios despejados del sur, era inevitable que el viaje durara días, pero era raro que se movieran de noche.

Había, sin embargo, otros detalles en aquella comitiva que no eran habituales. La novia llevaba un velo que le tapaba la cara, según la tradición, pero su ropa y joyas no eran ogras, eran tosel. Los tosel eran un pueblo que había vivido desde tiempos inmemoriables a los pies de las Montañas de Sangre, y cuyo único líder de importancia en aquella edad era el Señor de las Lindes, lo que encajaba con la insignia del señorío que los sirvientes que portaban el palanquín lucían: la flor del lino y la fortaleza de Eyograma.

Los guardas armados tampoco eran comunes en las comitivas nupciales, dependiendo de lo fuerte que fuera la familia, podían acompañar a la comitiva un puñado de sirvientes armados con palos y un par de jinetes con espadas. Aquel grupo de guardias, en cambio, estaba compuesto de una veintena de jinetes completamente armados con el equipamiento militar del ejército del Barón de Samarca.

Tanta protección para una sola novia, no solo evidenciaba su rango, también el miedo a los ladrones del Emaki Dun, los jinetes salvajes que galopaban a lo largo y ancho de las Montañas, no tenían escrúpulo alguno en asaltar comitivas nupciales y en los últimos años se habían vuelto especialmente audaces y agresivos.

Las bandas de jinetes emaki raramente superaban la media docena, sin embargo, y estaban ya a apenas unas horas del territorio del Barón, los caballeros podían pensar ya en sus hogares.

La novia seguía musitando la canción para sí, sonaba como una nana. Los guardas se movían nerviosos en sus caballos.

Se consideraba de muy mal agüero que la novia se levantara el velo antes de ver a su novio, y que volviera la cabeza atrás. Nada decían sus tradiciones sobre novias que cantasen, pero era algo que, sencillamente, no ocurría.

El jefe de la guardia terminó por irritarse tanto que se giró hacia la novia.

―¿Puedes callarte? Vas a espantar a los caballos con ese ruido que estás haciendo.

Debajo del velo, la novia enmudeció.

Más satisfecho, el jefe galopó de nuevo de vuelta al frente del grupo. Estaban rodeando una alta colina, bajando ya hacia la zona de las praderas, frente a ellos podían ver un río y el puente que señalaba el principio de las tierras del Barón, en pocas horas estarían en el palacio de Masalta.

Entonces, otro sonido volvió a perturbar la noche. Fue alto y agudo, sonaba como el chillido de un ave de presa y parecía provenir de detrás de la colina. Aparentemente, a nadie en la comitiva le llamó la atención. Aparentemente, a nadie le resultó extraño.

Aparentemente, nadie se dio cuenta que era la llamada de un águila, y que las águilas no acostumbraban a cazar de noche…

Como respondiendo a la primera, se oyó un nuevo grito desde lo alto, pero aquel era indudablemente humano. A continuación, otro, y otro más… La noche clara y pacífica se llenó del ulular de los gritos de guerra de jinetes emaki, que surgieron sobre la colina como un torrente oscuro, galopando a gran velocidad sobre sus caballos y lanzando flechas a la comitiva mientras los guardias intentaban desesperadamente organizarse y protegerse de las saetas.

El número de los emaki se acercaba también a la veintena, pero podrían haber sido cientos por lo que a los caballeros parecía. Se movían muy rápido con sus caballos, se acercaban a los guardas y, cuando estos creían tenerlos a la altura de sus lanzas, los potok, los ágiles caballitos emaki, giraban en otra dirección, dejándolos completamente desorientados.

Las flechas hacían mucho daño, tanto a hombres como a bestias, los soldados pronto abandonaron la idea de proteger el palanquín y tuvieron que centrarse en protegerse a sí mismos y, muy pronto también, hasta este plan comenzó a truncarse. El jefe de la guardia dio orden a sus hombres de huir a galope hacia el puente, hacia las tierras del Barón, en busca de auxilio, mientras veía como aquel enemigo, con su mismo número de hombres, mal armado y peor protegido, estaba acabando uno a uno con todos sus soldados.

Tras ellos, los sirvientes tosel que sujetaban el palanquín, lo dejaron caer al suelo en cuanto vieron replegarse a los guardias, y echaron a correr de vuelta a sus propias tierras, sin hacer gesto alguno de deferencia hacia la mujer que habían llevado todo aquel camino.

La novia no se había movido desde el inicio del ataque, incluso cuando los sirvientes la dejaron caer, se limitó a columpiarse hacia los lados para mantener el equilibrio, pero continuó sentada.

Entonces, un jinete emaki se acercó a ella. Un hombre joven, de ojos negros, y una sonrisa tan ancha y brillante que hubiera podido competir con la luna en aquel momento. La novia, casi con pereza, se puso en pie y levantó su velo. Su rostro se parecía mucho al del joven ladrón, exceptuando la sonrisa, no estaba contenta.

―Llegas tarde, Zani.

El joven levantó las cejas, con sorpresa, e hizo girar con lentitud a su caballo mientras observaba el cielo, como quisiendo asegurarse que la luna y las estrellas estuvieran en el sitio correcto.

―No, estoy bastante seguro que he llegado en el momento que tenía que llegar.

―Dejamos Las Lindes hace más de cuatro horas, me he tenido que poner a cantar para no quedarme dormida.

Al tiempo que hablaba, la novia se iba quitando las diferentes capas de ropas y adornos que llevaba encima.

―Oohh… no te lo quites, estoy seguro que a dadai le hará ilusión verte vestida de novia.

―No pienso pasarme tres días a caballo con todo esto encima―respondió, y para dar más énfasis a lo que decía, tiró con torpeza de una pesada diadema decorada con piedras que tenía sobre la frente. A continuación, cambió de tema, señalando a lo que quedaba de la batalla―. ¿Cómo ha ido?, ¿alguna baja?

―No, creo que no, ha ido muy bien. Hemos dejado huir a unos pocos para que vayan con el cuento, el resto están muertos, como pidieron.

―¿Seguro que están muertos?, si alguno me ve ahora y mañana resulta que aún puede respirar…

―Están muertos, Naui.

―…¿lo has comprobado? Eres el líder, tú deberías asegurarte.

Zakòrrá suspiró y orientó su caballo hacia donde sus hombres estaban apilando los cadáveres, después de haber sido concienzudamente limpiados de nada de valor. A continuación, bajó al suelo y los movió con el pie uno a uno, cuando terminó, levantó los brazos hacia ella e hizo un gesto que quería decir ‹‹todo en orden››, pero lo hizo con tal aire de pereza que si hubiera hablando en voz alta hubiera dicho ‹‹¿Ya?, ¿contenta su majestad?››.

Naùla estaba contenta, moderadamente. El trabajo había sido un éxito y por fin empezaba a encontrar sus propias ropas oscuras de jinete, debajo de todas aquellas confusas capas de telas de colores.

Normalmente, en sus trabajos evitaban acumular tantos cadáveres, y les daba igual si estaban muertos o solo heridos mientras no molestaran, pero aquel había sido un encargo, no un trabajo normal. El Señor de las Lindes no quería que el Barón se casara con su apreciada hija, y esperaba que aquel ataque le quitara al Barón la idea de llevarse a su querida niña de su lado durante un largo tiempo.

―Naùla, señora.

Un emaki se había acercado a ella con un potok vacío, tendiéndole las riendas. Ella terminó de recoger todos los abalorios de novia y la dote en un paquete cerrado que se echó a la espalda, a continuación subió de un salto al caballo que le ofrecían. Los emaki rara vez usaban estribos.

Naùla revisó a su banda y el entorno, esperando que no hubiera espías en las cercanías. Si los había, no escaparían a sus ojos, ni siquiera en la más oscura noche. Los sentidos de su gente eran muy agudos, un rasgo que se heredaba, aunque su padre, el Oima Rutan, no los tenía, pero eso podía ser debido a que era sureño, tenía otras habilidades, sin embargo, por eso era el Oima Rutan: el Gran Líder del Emaki Dun.

Su vista no solo servía para reconocer terrenos lejanos, en las sombras de la noche. Vio los apliques de oro y plata que tenía el palanquín, a continuación miró a dos de sus hombres que estaban cerca, los hombres le devolvieron la mirada, sin entender, y comenzaron a moverse algo nerviosos.

―Hay oro en el palanquín―dijo finalmente Naùla―, ¿estáis esperando que yo me agache a arrancarlo?

Los hombres levantaron las cejas con sorpresa y saltaron a tierra. Sacaron un cuchillo metálico de una sola pieza, particular de las Tierras de la Frontera, y comenzaron a arrancar los adornos que pudieran ser de valor.

Que aquel trabajo hubiera sido un encargo, y el Señor de las Lindes más que generoso con todo lo que podrían llevarse, no tenía que decir que pudieran permitirse ser descuidados. El oro era oro, y si el Barón veía el palanquín del Señor de las Lindes intacto, ¿qué podría pensar?

Fue hacia su hermano, algo molesta porque aquella parte del trabajo era también cosa suya, pero Zakòrrá estaba demasiado ocupado, para variar, comentado con otros jinetes lo bueno que era con el arco y cómo le había asustado a tal o cual soldado.

―¿Hemos terminado?―le preguntó, interrumpiendo la conversación que tenía con los hombres sin ningún miramiento.

―Yo diría que sí, hay un par de caballos que han salido huyendo por allí y algunos hombres están intentando cogerlos, pero creo que podemos irnos.

―Bien, estoy cansada, quiero volver al campamento y no quiero estar aquí cuando los soldados huidos den la voz de alarma.

Naùla enfiló su caballo hacia el sur, en donde se veían, tapando las estrellas del horizonte, las paredes de las grandes Montañas de Sangre, el lugar que llamaba ‹‹casa››.

Sin que hiciera falta ninguna orden, el resto de jinetes emaki les siguieron, colocándose en una perfecta y ordenada fila de a dos, que hubiera sorprendido a los guardas que les vieron caer caóticamente por la colina. El Emaki Dun había hecho de desordenados ataques organizados un arte.

Marcharon al sur marcando un ritmo rápido en sus potok, realmente no querían estar en Los Llanos cuando salieran las tropas del Barón, no se solía tomar muy bien esas afrentas, había jurado acabar con los emaki varias veces, pero sus soldados no tenían nada que hacer en las montañas, todas las tropas que había enviado habían vuelto en varios trozos, o huyendo tan rápido como sus estúpidos caballos de patas largas podían sin romperse el cráneo en los retorcidos caminos de las montañas.

Solo había un ejército, en todo el Imperio Nuevo, que pudiera vérselas con el Emaki Dun en su propio terreno: los Quinientos Jinetes, pero hacía años que el Oima Rutan había pactado una tregua con el Señor de las Lindes, y Naùla estaba segura que éste no haría nada en su contra ahora, cuando habían salvado a su hija.

Así que se sentirían tranquilos en cuanto llegaran a las agrestes tierras rojizas, donde nacían sus imponentes montañas.

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