La Isla Vuelve: Capítulo 1

[Primer capítulo del NaNo de este año, solo está corregido para que resulte vagamente legible, así que perdonadme los errores y lo que no se entienda, porfavores]

El sol se ponía en el parque, detrás de algunos árboles de ramas finas y raquíticas. Hacia el oeste oía chillar algunas gaviotas, el mar no estaba lejos.

UrsHadic estaba seguro de que aquel era el sitio que DaiaGerón le había indicado para encontrar al Soñador. Estaban los arbolillos, una fuente y estaba la orientación era correcta también, pero no encontraba a nadie que pudiera ser un Soñador. Había algunos viejos paseando, gente que corría sin ninguna razón, perros acompañados por sus dueños (UrsHadic estaba perplejo por lo extraños que eran los perros en la Tierra), alguno sin dueño, y niños gritones, aunque de estos quedaban pocos a aquellas horas.

¿Quién era un Soñador? ¿Cómo era un Soñador?

Sabía cómo era Melia, Melia era una Soñadora también. Tendría que ir a buscarla pronto, pero las instrucciones de DaiaGerón habían sido especialmente extrañas y le quedaba lejos. Esperaba encontrar a un par de Soñadores antes de poder encontrarla a ella, era una meta que se había propuesto, y estaba fracasando miserablemente en ella.

Igual era una meta estúpida. Igual solo le daba miedo volver a ver a Melia. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Más de un año? ¿Y si le había olvidado ya? Después de volver a su casa podría haber rehecho la vida que tenía allí, ¿y si no había hueco para él?

Se rascó la cabeza, como si pudiera hacer las ideas deprimentes de la misma, pero la realidad es que la idea de ver a Melia le producía tanto terror como ansia, no era capaz de ponerse de acuerdo consigo mismo con lo que tenía que hacer. El tiempo en la Tierra pasaba muy rápido, era casi frenético, en un año pasaba una eternidad… ¿Y si Melia había cambiado?

El Sol bajaba, el cielo se oscurecía. De un salto, UrsHadic se bajó del respaldo del banco en el que había estado sentando. Era hora de cenar, la comida siempre le relajaba un poco y apartaba las ideas malas de su cabeza.

En el parque las farolas se encendían, cada vez había menos gente, un perro grande con aspecto sarnoso se acercó a beber a la fuente.

UrsHadic consideró qué cenaría aquel día, una de las cosas buenas de la Tierra era que había muchos tipos diferentes de comida para elegir, además su Señoría le había dado una maravillosa tarjeta mágica que le permitía pagar por todo lo que quería.

La Tierra tenía sus lados positivos.

Entró a uno de sus lugares favoritos para cenar, podía oler el aceite desde la puerta. Se puso a la cola para esperar su turno mientras miraba a su alrededor, a la gente comiendo.

¿Cómo era un Soñador?

DaiaGerón le había dicho que podría reconocerlos si se fijaba un poco en ellos, algo en su mirada y la forma en la que se movían por el mundo.

Una descripción muy detallada, como todas las que le daba.

Se rascó otra vez la cabeza. Se había cortado el pelo, se había dado cuenta que no era muy normal ver a hombres con el pelo tan largo como el suyo en la Tierra, y no quería llamar la atención más de lo que ya lo hacía.

Un daimión puede parecer ridículo sin su melena, pero ya no podía transformarse, así que no importaba.

¿Le gustaría a Melia el pelo corto? Igual no le gustaba. Igual tendría que dejárselo crecer otra vez…

Llegó su turno en el mostrador, pidió media docena de hamburguesas con queso y bacon y tres raciones de patatas grandes, para llevar. Nada de bebida, la comida terrestre era maravillosa, pero tenía un problema con la mayoría de sus bebidas.

El dependiente le miró raro, pero no dijo nada. Tuvo que esperar un poco a que terminaran de preparar todo el pedido, abrió su mochila y repasó algunos de sus contenidos. Necesitaba libros nuevos, la librería tenía que estar abierta aún, compraría algunos más con la tarjeta mágica. Dejó un par sobre una mesa de la hamburguesería, no le habían gustado demasiado, quizá a otra persona le interesaban.

Oyó un alboroto en la entrada, unos jóvenes parecían tener un problema. Hablaban muy alto y molestaban a los demás comensales.

Su pedido ya estaba, UrsHadic recogió las dos bolsas de papel, llenas y manchadas de grasa, con una sola mano y se dirigió a la salida.

Por los gritos, sonaba como si un grupo de adolescentes acusaba a otro grupo de adolescentes de haberles robado algo. UrsHadic esperó pacientemente a que despejaran la puerta, pero los chiquillos no tenían demasiada prisa, su problema era más importante.

Miró a los encargados del local, a duras penas adultos, la mayoría de ellos, y ocupados atendiendo a otras personas en la hora punta.

UrsHadic cogió aire y lo dejó salir con lentitud.

—¿Podéis dejar libre la puerta, por favor?

Los jóvenes estaban encrespados, parecía que se iban a pegar, sí, tenía toda la pinta de que iban a pegarse. Pero la gente educada se pega en la calle, no tapando la puerta a otras personas.

—¿Podéis apartaros, por favor? —repitió, alzando la voz.

—¿Qué pasa contigo? —se volvió inmediatamente uno de los críos hacia él, estirándose e hinchando el pecho.

Estaban muy cabreados. UrsHadic reconocía sin problemas toda aquella ira, estaban enfadados, alimentándose mutuamente en aquella rabia que empezaba a volverse ciega, solo querían hacer daño y no les importaba a quién.

UrsHadic volvió a coger aire. Podía hacer volar a toda aquella manada de mocosos, a través del cristal de la hamburguesería y hasta el otro lado de la calle, sin soltar las bolsas con su cena.

Pero no lo haría, era mejor que todo eso… quería creer.

—Solo quiero pasar —dijo.

El chico tenía el ceño fruncido, todos los miraban, cómo si súbitamente se hubieran dado cuenta de la situación en la que estaban y el follón que estaban montando.

«Solo son unos críos», se dijo UrsHadic.

En ese momento llegó un encargado de mal humor y les pidió que se largaran si iban a armar bronca, porque iban a llamar a la policía si no. Los jóvenes volvieron a gritar, pero se levantaron de sus mesas, profiriendo amenazas contra el grupo que aún se quedaba.

UrsHadic aprovechó a salir con ellos. Oyéndolos jurar y maldecir.

—No vale la pena —dijo al pasar junto a ellos.

Los chavales le gritaron, pero no les hizo caso, la librería iba a cerrar en unos minutos.

La Tierra era un desastre, aun teniendo su comida asegurada aquellos niños aún tenían que buscar pelearse con alguien, qué era lo que les faltaba. ¿Era un problema integral de los humanos? ¿Es que no podían funcionar de otra forma?

Entró a la librería y fue directo a la sección de auto ayuda. Ya había revisado los libros de historia, le parecían estúpidamente complicados, por fortuna había encontrados resúmenes muy interesantes con dibujos explicativos en la sección de niños que le ayudaran a entender algunas cosas.

Llevó a la cajera el «Cómo Superar el Miedo al Fracaso», «La Clave de la Felicidad», «Todos Somos Monstruos», «Superar Gente Tóxica» y «1001 Bocadillos». Quería coger ideas para los días que no tenía acceso a restaurantes.

La cajera no le miró raro. Guardó sus libros en la mochila y salió a la calle.

El cielo estaba púrpura oscuro, hacía bastante frío, era invierno. Las estaciones eran extrañas.

Subió la cremallera de su abrigo hasta la barbilla y caminó por las calles del pueblo en el que estaba. La tarjeta mágica también le permitía pagar alojamientos, donde estaría caliente y tendría una buena cama mullida, pero un día gente extraña con ganas de matarle vino y desde entonces prefería dormir en lugares más discretos, no quería poner a otra gente en riesgo. Había visto los agujeros que estas armas nuevas de los humanos, llamadas «pistolas» y «rifles», podían hacer y no le gustaban nada.

Caminó por las calles iluminadas con farolas, luego llegó a una parte donde la acera daba paso a los caminos oscuros solo atravesados por vehículos normalmente, pero no había otra forma de llegar a pie a su dormitorio. Alguna vez le habían pitado, había deducido que cuando un vehículo pitaba era una cosa mala, le daba igual.

Las farolas se fueron haciendo más dispersas y algunas ni siquiera estaban encendidas. No le importaba, a diferencia de los humanos veía bien de noche, algunas de sus habilidades de daimión no habían desaparecido por quedarse sin alas.

Su «dormitorio» estaba en una zona de edificios grandes de dos o tres alturas, de día solía tener animación ya que los humanos trabajaban por allí, pero por la noche era silencioso y solitario, lo que era ideal para él.

Su edificio tenía una ventana rota por donde entraba. El suelo estaba cubierto de todo tipo de basura y algunas piezas metálicas grandes que debían haber pertenecido a máquinas, del techo, muy alto, colgaban grandes cadenas con garfios… no había mucho más.

En un lado del edificio había una especie de segunda planta que parecía que había sido pegada a la pared, tenía una escalera inestable y, en lo alto un cubículo hecho de un material que parecía lo que llamaban «plástico», pero UrsHadic aún no conocía todos los materiales de aquella época humana. Dentro del cubículo se había hecho su pequeño dormitorio, no es que los cristales ofrecieran mucha protección al frío, pero algo cobijaba.

Tenía levantada una tienda, un hornillo y una caja con comida y agua. También había algunos libros desperdigados.

Abrió una de las ventanas para que el humo del hornillo se marchara, las patatas se le habían enfriado y quería calentarlas un poco.

Se puso una pesada manta por encima y empezó a comer la primera hamburguesa mientras leía y calentaba las patatas.

Empezó cogiendo «Todos Somos Monstruos». El autor inició su relato de forma interesante, planteando el concepto de que todo el mundo tiene el potencial para hacer daño, no solo las personas que son vistas como malas. Eso le gustaba, ahora UrsHadic quería saber cómo ser capaz de alzarse sobre ello, pero en el siguiente capítulo el autor empezó a desbarrar sobre su vida y cómo había superado el que era una mala persona aceptando que todo el mundo era malo y bla, bla…. UrsHadic tiró el libro por la ventana abierta.

Había llegado a la conclusión de que aquellos libros de «auto ayuda» ayudaban regular, la mayoría siempre contaba cómo la vida del autor, o de alguien conocido, era un desastre hasta que mejoraba por aplicar una fórmula simple a su vida y todo se resolvía, y las dos terceras partes del libro eran luego una explicación de lo maravillosa que su vida era.

Uno de los conceptos que aquellos libros ofrecían y al que tenía más ojeriza era el de la «aceptación», ¿cómo demonios era aceptarse a sí mismo, su vida o el resto de los imbéciles humanos hacer su vida mejor? La razón por la que compraba aquellos malditos libros, para empezar, era porque no quería aceptar que era un mierdas y la vida una ruina, quería algo mejor.

Así que, a pesar de todo, no podía dejar de leerlos, porque a veces encontraba detalles de genialidad.

Terminó su cuarta hamburguesa y cerró la ventana, dejando que su cubículo se calentara un poco más antes de ir a dormir dentro de la tienda. Dejaría los restos de la cena para el desayuno.

Oyó el ruido de vehículos fuera. No les prestó demasiada atención, aunque sabía que no era habitual a aquellas horas, pero la Tierra tenía vehículos rodando e incomodando por todas partes, eran como moscas muy gordas y molestas, parte del paisaje, no se preguntaba por dónde aparecían y por qué.

Apagó el hornillo y se acurrucó más en su manta y dentro de la tienda de campaña, empezando el siguiente libro.

No había llegado a la tercera página cuando sintió pasos. El cubículo en el que estaba era tan frágil que la menor vibración lo hacía temblar, había pasado noches divertidas los días de viento.

Con un suspiro, recogió algunas cosas en su mochila. Esperaba que aquel día llegaría, había gente que quería matarle, no tenía ni idea de por qué, y asumía que era cuestión de tiempo que volvieran a encontrarle. Después de todo, tampoco hacía demasiados esfuerzos para ocultarse.

Miró con precaución a través de la puerta, tenía unos cristales llegaban casi al suelo de plástico.

Había hombres en la planta baja, habían entrado por la que consideraba la «puerta de atrás», aunque aquellas descripciones no tenían demasiado sentido en un edificio vacío. Los hombres estaban mejor armados y protegidos que los de la vez anterior, no es que conociera bien el armamento humano de aquella época, pero solo por el peso podía deducirlo. Y llevaban algo en la cara que les permitía ver en medio de la oscuridad, uno de los humanos se detuvo frente al libro que acababa de tirar y lo miró.

Así que los humanos ahora tenían herramientas que les permitían ver de noche, por eso tenían la osadía de enfrentarse a un daimión en la oscuridad.

¿Sabían si quiera qué era un daimión? Porque estaba seguro de que su madre les hubiera aplastado a todos en el momento en que se les ocurrió atravesar la puerta.

Aquella gente tenía suerte que el daimión que intentaban cazar era él.

Otro humano tenía en la mano algo que creía era un rifle pequeño, pero en cuanto apuntó en su dirección hizo un gesto a los otros. Le habían encontrado.

Los hombres levantaron los rifles en su dirección, pero UrsHadic no tenía ganas de que le llenaran de agujeros, saltó, atravesando los cristales del cubículo y cayendo sobre uno de los hombres entre las ráfagas de sus compañeros, que se dieron cuenta tarde de que el daimión estaba ya a su lado.

Cogió a otro de los hombres y lo lanzó contra dos soldados más con todas sus fuerzas. Le oyó jurar y gruñir. Quedaban otro par en pie, pero reaccionaban muy lento, incluso para ser humanos. Aquellos humanos podían ver de noche todo lo que quisieran, pero no sabían moverse en la oscuridad.

Cogió el rifle de uno, estaba muy caliente y gruñó de mal humor. Se lo arrancó de los brazos y le golpeó en la cara con el arma, haciendo saltar en cientos de pedazos las gafas y las protecciones faciales, dejándole inconsciente en el acto.

El último dudó en disparar, teniendo a su compañero en medio. UrsHadic le lanzó el rifle y luego saltó hacia él, directo a su estómago. Sus protecciones no le valieron de nada, el humano estaba en el suelo y sin aire antes de que pudiera entender qué había pasado.

UrsHadic fue a coger aire, pero entonces se alzó un ruido horrible, como no había oído nunca, la puerta grande pareció reventar, un vehículo ancho, con un gigantesco rifle montado, disparaba en todas direcciones.

—¡Vais a matar a vuestros compañeros! —gritó UrsHadic, furioso, pero no tenía tiempo para discutir con la máquina asesina. Corrió fuera de las ráfagas y se lanzó de un salto por una de las ventanas.

Aquellos humanos estaban siendo especialmente irritantes aquella noche.

Fuera, más vehículos, aterrizó entre tres soldados que parecían casi tan sorprendidos como él de verlos. La sorpresa les duró poco, UrsHadic golpeó a los dos que tenía más cerca y los dejó fuera de servicio, el tercero había apuntado su arma hacia él y disparó. Sintió el silbido de la bala cerca, demasiado cerca, de su cuello.

Un mal toque de una de aquellas estúpidas armas podía matar a un daimión, especialmente uno que no podía ni transformarse.

Colérico, lanzó a uno de los compañeros caídos contra el que quedaba en pie. El hombre cayó desde el suelo, pero incluso desde allí seguía disparando, tenía muchas ganas de matarlo, por lo visto.

UrsHadic se agachó para esquivar las balas, saltó hacia el hombre, que luchaba por incorporarse sin manos, apartó el arma en otra dirección y le dio un puñetazo en la cara.

El hombre quedó quieto.

Muerto. Le había matado.

No necesitaba comprobar su pulso, conocía bien cómo funcionaba la muerte, la reconocía, quizá era otro tipo de poder de daimión que los humanos no tenían, quizá había visto demasiados muertos.

No necesitaba comprobar que le había matado.

—Tu culpa… —le murmuró UrsHadic al cadáver, furioso, aunque no del todo seguro con quién.

No había sido su intención, pero era difícil contener sus fuerzas en una situación así y con una de aquellas malditas máquinas disparando cerca de su cara. Al cadáver claramente le hubiera dado igual si sus roles se hubieran invertido, ¿por qué tenía que preocuparse él?

El alboroto atraía más gente. Todo el edifico estaba rodeado de aquellos soldados y vehículos de aspecto pesado.

UrsHadic se arrastró por debajo de los mismos, no tenía muchos otros lugares para esconderse, vio pasar las botas de los soldados, mientras intentaba escabullirse. Quería largarse rápido de allí, no quería más muertos esa noche y, muchos menos, convertirse él en uno.

Vio un vehículo ligeramente menos pesado y ligeramente apartado de los demás. Al volante había un hombre sin el traje especial de los otros, pero con un arma apoyada en la ventanilla de su lado y las gafas especiales.

¿Respuestas?

UrsHadic decidió que valía la pena hacer un intento.

El hombre al volante miraba en dirección al alboroto. UrsHadic salió bajo un coche con precaución, estaba situado en el rabillo del ojo del hombre, pero no se movió. ¿Una debilidad en las gafas mágicas?

Corrió, manteniéndose agazapado y fuera del campo de visión de las gafas, llegó a la puerta del acompañante. En ese momento el hombre al volante parecía darse cuenta de que estaba allí, pero era tarde para él. UrsHadic prácticamente arrancó la puerta para entrar, el hombre intentó introducir el arma por la ventanilla, pero ya le había agarrado del cuello, con fuerza.

—Tira el arma y conduce, por favor.

Usar «por favor» y «gracias» con frecuencia era una de esas cosas que había leído en libros de auto ayuda que creía que tenían algo de sentido. Le hacían sentirse más civilizado de alguna forma. Aunque en aquellas circunstancias igual no importaba mucho ser educado.

—Espe… esp… —intentó decir el hombre.

—Te soltaré el cuello cuando tires el arma, y conduce rápido.

El hombre obedeció por fin, tiró el arma e hizo que el coche se moviera.

—Más rápido, por favor —pidió UrsHadic, soltándole y mirando hacia atrás, donde se habían dado cuenta por fin de lo que había hecho.

—Es un vehículo blindado, son muy pesados, así que les cuesta un poco coger velocidad —explicó el hombre.

UrsHadic entrecerró los ojos, no muy seguro de creerle.

—Me da igual, solo sé que te voy a usar como arma arrojadiza contra tus compañeros si nos llegan a alcanzar. ¿De acuerdo?

Era un hombre de piel oscura, pelo muy corto y sonrisa abierta, pese a la tensión, consiguió dibujarla con cierta naturalidad en su cara e hizo un gesto conciliador con una de sus manos.

—De acuerdo, de acuerdo.

Del vehículo empezó a salir un ruido horrible.

—¿Qué es eso?

—Las revoluciones, revoluciono el motor para intentar coger más potencia y velocidad.

No tenía ningún sentido para UrsHadic, pero el coche parecía correr más. Los vehículos que les perseguían también eran pesados, y grandes, podrían sacarles distancia si aquel tipo no hacía nada raro.

Era su primera vez dentro de un coche. No dejaba de agitarse hacia los lados. No le gustaba.

El hombre al volante se había tomado en serio sus amenazas, le condujo por algunas calles estrechas entre medio de aquellos edificios apagados, luego hacia arriba, hacia una montaña y carreteras por las que el vehículo a duras penas parecía pasar.

UrsHadic respiró con un poco más de calma al ver que iban perdiendo a sus perseguidores.

—¿Qué eres? —preguntó el hombre al volante.

Gruñó.

—¿Qué creéis que soy?

—Bueno, no nos han dado demasiados datos… Dijeron que eras un tipo peligroso, con una fuerza descomunal, como un tanque… Nadie mencionó que también eras bastante rápido, o que podías ver de noche. Te vi saltar por la ventana y llevarte por delante a esos tres infelices… No conozco a ningún humano normal que haga eso.

—Bueno, no soy un humano normal, eso está claro. Tampoco soy del todo humano.

—¿Eres algún experimento? ¿Algo genético?

—¿Qué?

—Como un super héroe…. Te metieron en radiación o…

—¿Qué?

—¿Qué eres?

El hombre mantenía la sonrisa, se le daba bien, dadas las circunstancias, intentaba mostrarse complaciente, pero estaba escarbando en busca de respuestas.

—Soy un daimión.

—Oh…

—Soy parte humano, creo… Parte no. Aunque ahora soy más humano que otra cosa, supongo.

—¿Entonces eres un experimento? ¿Mezclaron tus genes con algo?

—¿Mis qué?

—Tus… uh…

—Magia, alguien hizo magia hace mucho tiempo y nacieron los daimiones.

—Magi… Espera, ¿hay más como tú?

—¿Cómo yo? No. ¿Peores que yo? Sí, unos centenares, quizá miles, pero no más de dos o tres, no conozco a todas las familias.

—Familias. Pe…

—No, disculpa, me toca. Dime, ¿por qué queréis matarme?

El hombre carraspeó y miró por los espejos del vehículo. Estaban conduciendo a través de unos campos de hierba y colinas, no se veía a nadie a su alrededor.

—No estoy seguro. Nos dijeron que eras un elemento peligroso, un elemento de un grupo internacional de… terroristas que pensaban destruir el orden del mundo, algunos uh… personas, quieren eliminar a los cabecillas antes de que el problema se extienda más y se haga público.

—Yo soy uno de esos cabecillas, entonces.

—Sí.

—Ah… entiendo.

—Entonces… ¿eres un terrorista?

—Diría que no, solo soy un heraldo trayendo la buena nueva del regreso de la Isla de Ethlan y la Reina Daia que traerá una nueva era de la prosperidad a la Tierra y bla, bla…

—¿Una secta?

—No, es real, la parte de que la Isla va a resurgir al menos, soy un poco cínico en la parte de la prosperidad.

El hombre rio.

—Ah, sí, ¿por qué?

—No creo que los humanos os la merezcáis.

—Vaya. ¿Por qué?

—¿Por qué? Mira la que habéis montado esta noche solo para matarme a mí, que apenas he mirado mal a nadie en el tiempo que llevo en la Tierra. ¿Crees que os merecéis nada bueno?

—Visto así…. Entonces, ¿no eres de la Tierra? ¿Eres como un alienígena?

—¿Alienígena…? Sí, se puede decir que soy de fuera.

—Interesante…

El hombre frunció el ceño, no estaba seguro de si le estaba creyendo.

—Puedes parar aquí —le dijo.

El coche se detuvo poco a poco, se adentró en un pequeño camino de tierra y apagó las luces, dejando el motor en marcha y solo unas pequeñas luces del interior como iluminación, antes de detenerse del todo.

—¿Cómo te llamas? No nos dieron nombre.

—UrsHadic.

—UrrsJadic…

Era una buena aproximación para un terrícola, así que lo aceptó.

—¿Cuál es el tuyo?

—Allen.

—Bien, Allen, para ¿quién trabajas de verdad?

El hombre amplió su sonrisa.

—Para un grupo de seguridad especial que ha sido encargado de detener una extraña amenaza terrorista que el gran público no conoce bien.

—¿Encargado por quién?

—Gente preocupada.

—¿Algún gobierno?

Allen carraspeó.

—Puedo decir que trabajo para algunos políticos, sí. Ellos encargaron el trabajo a este grupo… por alguna razón.

—Dime, ¿quién crees que sabe más lo que está pasando? El grupo de mercenarios o los políticos para las que trabajas.

Vio a Allen reírse.

—Ah… ¿quieres saber cuál es mi trabajo realmente? No soy más que un mensajero, por decirlo así.

—Un espía.

—Sí, un espía. Los gobiernos no tienen idea, solo saben que están ocurriendo cosas extrañas desde que surgió la Isla, sectas apareciendo por todas partes anunciando el Juicio Final, o lo que sea, grupos extremistas exigiendo respuestas que nadie tiene, fenómenos meteorológicos inusuales… Y un día apareció este grupo… de mercenarios, si quieres llamarlos así, tenían algunas respuestas, pero no todas, y sospechamos que ocultan más de lo que dicen…

—Y tu trabajo es averiguar qué… mientras les dais vía libre a hacer lo que quieran.

—Son lo mejor que tenemos y tengo que decir que la idea de que haya muchos como tú por ahí fuera me da bastante respeto, seas un alienígena o… uh…

—Daimión.

—Mira, seré honesto, no sé si creerme todo lo que has dicho, pero eres la mejor información que he recibido en meses. Con lo que te he visto hacer sólo ya tengo para una pila de informes, UrsHadic. Si te sirve de alivio, les diré que no eres una amenaza inmediata, igual así te dan un tiempo de respiro.

—No servirá de nada, seguirán persiguiéndome. Antes de irme, necesito que me digas otra cosa, has hablado de «cabecillas» en plural, ¿perseguís a alguien más?

—Uh… sí, un líder… No tenemos nombres, nos han dicho que podría ser una mujer, tampoco tenemos una descripción de su aspecto, dicen que es escurridiza. También han hablado de «agentes dormidos», no estoy seguro a que se refieren… pero podía contártelo cuando lo averigüe si tú me sigues pasando información útil…

UrsHadic frunció el ceño. «Agentes dormidos» sonaba demasiado a «Soñadores», si los Soñadores eran también un objetivo… Melia era una Soñadora…

—Bien, dime si alguna vez intentan atacar a alguien más, deja que vengan a por mí si quieres, pero necesito que me avises si hay alguien más en riesgo.

—De acuerdo, ¿tienes un teléfono?

UrsHadic sacó el aparato de comunicación mágico de la mochila y se lo tendió.

—No, me refiero a que me des tu número.

—Ah… no lo conozco —movió con confusión los dedos sobre las teclas, solo lo usaba para hablar con DaiaGerón.

—Está ahí… donde pone datos… sí… ese…

—¿Y qué hare para comunicarme contigo?

—Tengo una cuenta de correo especial, no puedo darte un número de correo, lo siento, pero reviso esa cuenta de vez en cuando. Deja… yo te la apunto en el teléfono… deberías llamar a tu compañía y pedir datos para internet…

—Uuh… claro, compañía… internet…

UrsHadic abrió su puerta, que en realidad colgaba de sus bisagras, preparándose para irse.

—Una última cosa… ¿Podrías sacudirme un poco más? Me van a salir unas bonitas marcas en el cuello, pero me harías un favor si parece que he perdido la memoria respecto a nuestra conversación… Si me entiendes.

—No estoy seguro cómo hacer que parezca que has perdido la memoria, sin hacértela perder de verdad —gruñó UrsHadic.

—Haz un intento.

—Ugh…

Con un suspiro, UrsHadic volvió a meterse en el coche, cogió a Allen de las solapas, lo sacó del vehículo y lo lanzó contra un árbol. No era un árbol grande, se sacudió y se inclinó un poco por el impacto, levantando ligeramente las raíces de la tierra.

Vio que el hombre se ponía en pie con cierta confusión.

—Bien, esperaba un puñetazo, pero supongo que esto vale, me da vueltas todo…

—No más puñetazos esta noche —respondió UrsHadic, recordando el último y sintiéndose incómodo.

—Bien… bien… uf…

Casi tenía ganas de quedarse a comprobar que no había roto demasiado a su nuevo amigo, pero prefería poner tierra de por medio antes de que les encontraran.

—Estaremos en contacto, hasta luego —dijo.

Allen estaba inclinado sobre sí mismo, luchando por respirar, pero levantó una mano temblorosa a modo de despedida.

Para ser humano parecía fuerte, estaría bien.

UrsHadic comenzó a descender por la montaña, rehaciendo en algunos partes el camino que habían seguido para huir. Manteniéndose en las sombras y cuidándose de cualquier ruido extraño.

Aún tenía un trabajo que hacer, tenía que reunir a los Soñadores. Eran doce como mínimo, para poder hacer el ritual en condiciones. Y todavía no tenía ni uno.

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