El Secreto de los Dientes de León: Parte 6

[¡Nueva entrada! ¡Comienzan las revelaciones mientras la historia se embarca hacia su final! ¡Intrigas! ¡Misterio! ¡Y comas fuera de sitio!]

El Secreto de los Dientes de León

Capítulo 12

Se estaban acercando a Bydona. No había ni rastro de Ukar (aunque tuvo que reconocer para sí que realmente se sentía algo más segura con Covan), pero empezó a ponerse nerviosa al pensar en la guardia que habría en la entrada.

-¿No te reconocerán?-le pregunto a Covan.

-Espero que no.

Si nadie prestaba mucha atención podían pasar por una pareja joven,  nadie esperaría que ella estuviera acompañada o fuera a caballo. Evitó mirar a los guardias, como hacía siempre, fijó la vista hacia el frente mientras oía los golpes huecos de los caballos sobre la madera.

Cuando alcanzaron la orilla opuesta, Surí empezó a respirar otra vez.

Al llegar a la ciudad pararon en una posada. No tenía ni idea de dónde estaban sus compañeros y no era buena hora para ponerse a buscar, ya anochecía y la vida en Bydona se dispersaba entre tabernas y zonas de mal nombre. Estaba convencida que si daba algunas vueltas por alguno de aquellos sitios encontraría a Ildare con facilidad, pero Covan se negó en redondo a dejarla ir, ni siquiera acompañada.

-Nos quedaremos en la posada esta noche, conozco al dueño, podemos fiarnos, mañana buscarás a tus compañeros si quieres.

Quería protestar, pero no se le ocurrieron razones suficientemente buenas para contradecirle. Aparte de lo mucho que echaba de menos a sus amigos.

El posadero les saludó y habló un momento con Covan a solas. Era un hombrecillo grueso, inexpresivo y con un abundante bigote.

Cuando terminaron de hablar, les acompañó hasta el último piso. Había solo un pasillo estrecho, a la izquierda una puerta con un almacén, a la derecha, otros tres cuartos pequeños, al frente una ventana. Los cuartos de la derecha eran sus habitaciones, a Surí le entregaron la que estaba completamente al fondo, junto a la ventana; observó complacida que desde tan alto sería imposible subir, y lo primero que le sorprendió de su propio cuarto en sí es que precisamente carecía de ellas.

-Tienes un candelabro en la mesa, y velas en aquel cajón-le dijo el posadero.

-Muy bien, gracias.

Dejando aparte la molestia de que solo podía ver hasta la punta de su nariz si no tenía las velas encendidas, reconoció que se sentía cómoda y segura allí. La madera de las puertas y paredes eran fuertes, el piso era alto y estaba alejado del resto de huéspedes. Aunque lo mejor de su nuevo cuarto lo descubrió más tarde, cuando ya iban a descansar, Covan decidió enseñarle una pequeña salida de emergencia.

-Está justo contra la pared, donde el armario, tienes que acercar la luz para verlo bien, ¿ves?

-Oohh…

-Hay unas escaleras que bajan directamente a la puerta trasera. Me han dicho que son empinadas y dan vueltas, así que hay que tener cuidado. Esperemos no tener que usarlas, ¿eh?

-No.

-¿Todo en orden entonces?

-¿Y si entra alguien por la salida secreta?

-Umm… no creo que se pueda, solo se abre desde fuera, y da a la puerta trasera y las llaves solo las tiene el posadero. Tampoco hay mucha gente que sepa que está aquí.

-Ah, muy bien.

-Buenas noches entonces, si tienes algún problema estoy junto a las escaleras.

-Ya lo sé, buenas noches.

Cerró la puerta, oyendo el glorioso sonido del grueso pasador de madera. Con un poco de suerte tendría una noche larga y tranquila por una vez. Sintió una extraña y ligera euforia ante la idea de dormir allí. Dormir en paz era maravilloso.

En cuanto se echó sobre la cama recordó que no le había hablado a Covan del bolsito bordado. Una parte de ella aún le recomendaba andarse con cuidado, pero a aquellas alturas le costaba mucho trabajo verlo como algún taimado y maligno conspirador. Parecía un buen chico.

De hecho, se antojó a sí misma estúpida por haber llegado a pensar cosas tan malas de él sin siquiera conocerle.

Sin embargo, había sufrido suficientes golpes, físicos y morales, como para abandonarse al entusiasmo.

El bolso esperaría, antes quería reunirse con sus amigos y ver cómo se desarrollaba todo. Si era posible, ella quería seguir con Covan, se sentía más segura y él podría dar con el culpable antes y mejor de lo que podrían hacerlo ellos. Lo que no sabía era si sus compañeros querrían acompañarla o preferían seguir huyendo; algo le decía que acabarían optando por lo segundo.

Aquello la entristecía, sabía que se colocaban en un gran peligro por ello y no quería perderles, ¿cómo iba a convencerles de que la acompañaran? Ukar y Verven parecían perseguirla únicamente a ella, pero eso no quería decir que se volvieran contra ellos en algún momento, y el ogro se había asustado al ver a Covan, estarían más seguros con él. Aunque si decía aquello posiblemente estaba dando más razones al cabezota de Ildare para no ir con ellos…

Abrió los ojos un momento en la oscuridad. Ukar se había asustado al ver al general, estaba segura, Ukar le había reconocido… ¿había alguna razón para que le reconociera?… pero Covan aseguró que no le había visto nunca, ¿cómo conocía Ukar al general?, ¿de qué manera el monstruo sí le había visto antes?… Covan había llegado convenientemente al prado para ser sospechoso inmediato del asesinato si ella no hubiera estado allí, la dama solo le envió la carta a él, y finalmente habían encontrado razones para culparle también…

Si ella se quitaba de en medio, todo parecía una inmensa trampa contra el general.

Claro que eso dando completo crédito a lo que el general le había dicho… que podía ser mentira…

Se frotó las sienes. Tenía una cama enorme y cómoda, y una habitación segura y cálida, y tenía que darle vueltas a aquellas cosas que nunca la llevaban a ninguna parte. Estaba cansada y dolorida, quería dormir.

Cerró los ojos con fuerza e intentó concentrarse en no pensar nada. Fallaba continuamente.

Al día siguiente salieron a buscar a sus compañeros. Su primer destino fueron las tabernas, empezaron preguntando por algún tahúr joven o una chica que cantaba. Tuvo suerte en una taberna que se escondía en una de las zonas más apartadas de la ciudad. El tabernero dijo que el día anterior un chico estuvo jugando hasta bien entrada la noche, sorprendentemente, no habló de ningún alboroto. Ildare debía estar comportándose para no llamar la atención.

En aquel sitio había cientos de lugares donde podrían esconderse, y tras dar varias vueltas empezó a creer que no los encontraría tan pronto como quería.

-¿Qué vas a hacer cuando des con ellos?, te he dicho que os dejaría hablar, pero no deberías marcharte, y lo sabes.

Movió la cabeza, incómoda.

-¿Y qué piensas hacer tú después?, ¿vamos a escondernos?

-Tú sí, llamaré a mis hombres y te buscaré un sitio secreto y protegido hasta que me entere de lo que ocurre.

-¿Confías en tus hombres?

-Son la Guardia Real, solo responden ante mí y ante el Rey, y son duros de roer, la única forma de que me traicionasen es que el que ande detrás de todo esto sea mi padre.

Surí le miró sin decir nada, Covan se dio cuenta que sería mejor aclarar aquel punto:

-No es mi padre, deja de mirarme así cada vez que nombro a alguien, no tiene razón alguna para haber hecho todo esto, tampoco sería tan basto para enviar un mercenario…

-No miraba de ninguna forma, solo me inquieto cada vez que hablas de… tu familia…

-Cuando todo esto termine te los presentaré.

-¿Qué?-soltó una risita nerviosa de la que se arrepintió en el acto-no, venga, no digas eso, ¿cómo me los vas a presentar?

-¿Por qué no?, estoy seguro que a mi hermano le encantaría conocerte.

-¡Venga ya!-más risita, se sentía ridícula, parecía no poder parar-¿Presentas a mucha gente a tu hermano?

-No, ni la cuarta parte de los que me lo piden, no es muy sociable, pero seguro que tú le resultarías interesante.

-¿Por qué?

-Bueno, seguro que puedes contarle toda esta historia, le encanta que le cuenten historias, sobre todo si le hablas bien de mí-sonrió-, háblale bien de mí y le caerás bien…

-Os lleváis bien los dos.

-Muy bien.

-Pese a su madre.

-Es complicado… en realidad no lo es, pero no voy a hablar mal de nadie ahora.

-Ya has hablado mal de media corte.

-Pero no he dado nombres concretos.

-No creo que vaya a sorprenderme si me dices cosas malas de la Reina.

-Pero yo preferiría evitarlo, ¿qué hora es, por cierto?, deberíamos volver ya y seguir mañana…

Miró alrededor, no habían encontrado nada y la gente empezaba a retirarse, no sería buena idea quedarse por las calles solos, llamaría la atención.

-¿Puedo preguntarte otra cosa?

-¿Si?

-¿Quién era el tipo con el que te vi la otra noche y qué le diste?

-Uno de mis soldados, le di una carta en la que decía por donde estaba y que te había encontrado, si me ocurre algo están advertidos de lo que estaba haciendo.

Advertidos.

-Ah… ¿y cómo es que te cambió la voz?

-¿Me cambió la voz?

-Sí, sonabas más… uggghh…

-¿Uggghhh?

-Más grave, no sé cómo hacerla.

-No sé a qué te refieres, oirías mal.

-No, oía bien, igual no te das cuenta de que lo haces.

-Es la primera vez que me lo dicen.

Sonrió al ver su cara de confusión.

“Si me ocurre algo…”

Ella pensaba en sobrevivir, ella pensaba en volver a casa. Toda su intención estaba dirigida a verse libre y a salvo, no se movía tan solo por descubrir la verdad como si fuera su deber, solo por mostrar su inocencia.

Y él se preocupaba de lo que ocurriría después si terminaba muerto.

Volvió a sentir el familiar frío en el estómago.

¿Qué pasaría si ella acababa muerta?

No se le ocurría nada, era una gran vacío en su cabeza, igual porque nada podría importarla entonces. Decidió que lo único que en lo que debía permitirse en pensar era  en sobrevivir.

Habían tomado ya el camino de vuelta, alejándose de aquella zona, cuando oyó a alguien cantar.

Se paró de golpe y se giró, tenía pocas dudas respecto a quién podría pertenecer aquella voz.

-¡Menare!-gritó y corrió hacia donde oía la melodía.

Vio a la niña sentada en una esquina, al parecer intentando atarse un zapato que tenía suelto y cantando mientras. Fue hacia ella, tenía la vista baja y no le prestó atención hasta que terminó de atar las tiras y miró hacia arriba. Su sorpresa se dibujó en la cara.

-¡Surí!, ¡Surí!, ¡estás bien!, cuánto me alegro, cuánto…

Las dos se abrazaron y permanecieron así un largo rato, recordándose la una a la otra lo mucho que se habían preocupado y echado de menos.

Cuando se separaron, Menare comenzó a decir algo, entonces se fijó en Covan a pocos metros; estaba quieto, mirando, era obvio para cualquiera que no era un transeúnte normal

-¿Quién es?-preguntó la niña algo desconfiada.

-Ah… os tengo que hablar de eso… ¿dónde está tu hermano?

-En una caseta abandonada al final de la calle.

-Espera un momento.

Volvió hacia Covan.

-Voy a hablar con ellos, estaremos en una caseta abandonada al final de la calle.

-Esperare fuera, pero no pienso irme más lejos.

-Te he dicho que no voy a marcharme.

-No lo decía por si te marchas.

-Oh, intentaré volver pronto.

-¿Quién es?-preguntó Menare otra vez nada más volver junto a ella-. No es feo, ¿es peligroso?

-Espero que no.

Caminaron hasta la caseta con Covan a poca distancia.

La entrada estaba en un lateral y luego bajaba un par de peldaños hasta el suelo de la vivienda.

-¡Mira lo que he encontradoooooooooo!-gritó Menare nada más entrar.

Ildare parecía estar dormido y dio un respingo.

-Menare, qué…-se puso en pie al verla y se sacudió la ropa-Vaya, si estás bien.

Le dio un abrazo, mucho menos efusivo que el de su hermana, pero se le veía francamente contento, y Surí sabía lo difícil que era verle contento si no había comida o dinero de por medio.

-Pensamos que te estarían comiendo los peces ya-dijo el chico volviendo a sentarse-. No dimos con noticias tuyas por ninguna parte, solo un aviso al otro lado del río de alguien que decía haberte visto en el bosque.

Menare abrió los ojos y gritó escandalizada.

-¡Eso es mentira!, ¡claro que sabíamos que estarías bien!, por eso te hemos estado buscando, aunque es verdad que no hemos dado con nada… ¿dónde estabas?, y ¿con quién?, claro.

-¿Quién?-Ildare encarnó una ceja.

-Sí, cuando me la he encontrado venía con un tipo, creo que se ha quedado fuera.

El chico se levantó y sacó la cabeza por la ventana.

-¡Ajá!-exclamó tras un segundo de contemplación-, si ese tipo no es un soldado me como mi baraja de la suerte. Deja que adivine, te ha ofrecido un trato para que le cuentes lo que sabes y vienes para convencernos de que lo aceptemos también.

Parpadeó sorprendida.

-Pues… casi…

-Ya, lo imaginaba, es lo más inteligente, tener un trato, estarás mejor, pero no cuentes conmigo.

-Aún no he dicho nada.

-Me da igual, es como si lo viera.

-¿Eso es verdad Surí?-preguntó Menare-¿Quién es?, ¿es un soldado?

Carraspeó.

-Es Cov…-suspiró un momento-, es el general Aídref.

Se hizo un silencio tenso.

-Eso sí que no lo esperaba…-reconoció Ildare.

-¿No estaba arrestado?

-Está… fugado, más o menos, creo que le están encubriendo. Él tampoco ha hecho nada, quieren culparle como a mí, está buscando al criminal, si le decimos lo que sabemos y le ayudamos podrá protegernos…

-Y eso te lo ha dicho él…

-Sí, y creo que es sincero, ¿cómo esperas salir de esto solo?, ¿huyendo de por vida?, además, me salvó la vida, peleó contra Ukar y consiguió hacer que huyera.

-Claro, no quería pelear contra su señor.

-No daba esa impresión.

Era un poco difícil defender a Covan cuando ella misma aún tenía algunos residuos de duda en su cabeza.

-¿De verdad es el general Aídref?-Menare había ido hasta la ventana y miraba también-. Parece más bajito…

-¿Hay algo que pueda decir para que os fiéis de él?-preguntó.

Ildare la miró un momento y luego a la ventana, donde su hermana seguía vigilando.

-Supongo que si podemos irnos de aquí sin que haya medio ejército esperando, o sin que alguien nos corte el cuello, será buena señal…

No sabía si estaba hablando en serio o solo estaba siendo el cínico que era.

-¿Entonces?

-De momento, preferimos seguir como estamos.

-¿Estás seguro?

-No nos necesitáis, tú no sabes ya más que yo, lo resolveréis, y nosotros seguiremos con nuestra vida sin más preocupaciones…

-Estaríais más seguros.

-Eso es algo que prefiero juzgar yo.

Bajó la vista al suelo, compungida.

-Está bien… supongo que tengo que desearos buena suerte, entonces.

-Sí, para ti también.

-Esperad, ¿qué?, ¿qué pasa?-Menare sacó la cabeza de la ventana y se volvió hacia ellos-, ¿porqué tenemos que desearnos suerte?

-¿Nos has estado oyendo?-dijo su hermano-. Nosotros nos vamos.

-¿Y Surí?

-Surí también, con el general.

-No.

-Menare, no seas burra, es lo mejor.

-¿Tú te fías de ese tipo?

-Si Surí cree que estará bien, estará bien, tú preocúpate por nosotros.

Ildare estaba resultando extrañamente tranquilo y conciliador.

-Pero… no entiendo…

Surí le dio otro abrazo, la niña había empezado a llorar.

-Nos veremos pronto, ya verás, todo se solucionará pronto…

-Sí, Menare-animó su hermano, aunque sin mucha emoción-. Ya verás como todo se arregla en seguida, deja de ser tan llorona.

-Uiiiiii, ¡cállate!-se volvió a Surí-, ¿de verdad no te quedas?, ¿de verdad vas a marcharte?

-Estaréis más seguros si me voy, además, siempre os retraso…

-Eso no es cierto.

-Cuídate, Menare… tú también, Ildare.

Le costó despegarse del abrazo de la niña, y para cuando consiguió salir fuera, ella también lloraba.

El día empezaba a oscurecer y no había mucha gente en la calle. Covan esperaba a la sombra de un alero cercano.

-¿No vienen?

Negó con la cabeza. El general miró un momento al suelo y se cruzó de brazos.

-Está bien-dijo finalmente-, iremos a descansar por ahora, intentaré que el posadero me ayudé a enviar un mensaje a mi gente, por la mañana te buscaremos un lugar seguro, ¿te parece bien?

Asintió con la cabeza, estaba peleando por no echarse a llorar otra vez.

Covan la miraba visiblemente incómodo.

Dejar a sus amigos detrás era un golpe duro. Quería que estuvieran a salvo, pero no podía obligarles a acompañarla, ni el general podría en aquellas circunstancias, y era cierto que sin ella podrían esfumarse y encontrar un lugar protegido con menos problemas.

Aún así se sentía triste, y dolida, porque era torpe, porque no podía hacer las cosas mejor, porque no podía estar con quienes quería…

Y había tomado una decisión de la que ya no podía arrepentirse.

Capítulo 13

Al volver a su cuarto, era prácticamente de noche.

Aún afligida, pero con una nueva determinación, Surí cogió el bolso bordado y extendió el contenido sobre su cama. Pese a todas sus desventuras, estaba todo en unas condiciones asombrosamente buenas. Se fijó en los detalles: las monedas, el broche roto, los botones, el alfiletero… Había mirado y manoseado aquellos objetos millones de veces, no le decía absolutamente nada…

Posiblemente no fuera más que una pérdida de tiempo, una absurda ilusión en la que había creído solo por que quería creer en ella.

Lo guardó de nuevo y se dirigió a la habitación del fondo del pasillo. Ya no le quedaban más excusas por las que esperar, si no tenía ni a Menare ni a Ildare, solo le quedaba Covan. La desconfianza era un lujo que ya no podía permitirse.

Golpeó la puerta con los nudillos.

-Adelante.

Entreabrió la puerta.

-¿Puedo pasar?, ¿molesto?

-No, entra, ¿ocurre algo?

Le vio incorporarse de la cama, estaba aún completamente vestido y la cama sin deshacer. Se dirigió hacia una de las sillas que había cerca y se sentó.

Pensó en cómo empezar durante unos segundos.

-Umm, resulta que hay algo… que aún no te he dicho-Covan levantó ligeramente las cejas, como si no le sorprendiera-. Cuando nos escapamos, al día siguiente del asesinato, cuando nos volvimos a ver, er… me encontré con el caballo de Melyss… Nácar, creo que era…

-Sí, ese es… -ahora sí parecía sorprendido-, ¿dónde estaba?, ¿cómo os lo encontrasteis?

-No sé, estaba en el bosque y apareció allí, sencillamente… y llevaba esto atado a su cuello. Nos pareció raro-levantó un momento el bolso-, igual podría contener algo importante, pero a nadie parece decirle nada…

-Sueña muy extraño, pero desde aquí no le veo nada extraordinario… ¿puedo cogerlo?

-Ah, sí, lo siento, claro…-lo estaba sujetando con fuerza sin darse cuenta.

Se lo tendió y tuvo un último momento de duda antes de ver cómo Covan lo cogía.

-No le veo nada raro, ¿estás segura qué es de ella?

-Estaba en su caballo, ¿no lo reconoces?

-Todos estos bolsitos me parecen iguales.

Entonces lo abrió.

Surí contuvo el aliento. Le vio fruncir el ceño y volver a cerrar el bolso, luego se quedó un momento mirando a algún punto del infinito.

-¿Ocurre algo?-le preguntó.

-¿Puedes acercarme el candelabro, por favor?, ah, y pon un par de velas más, quiero que esto esté bien iluminado.

A ella le parecía bastante iluminada la habitación, pero corrió a obedecer. Sintió como culebras anudándose y revolviéndose en su estómago.

Vio cómo volvía a abrir el bolso y dejaba caer todo su contenido sobre la cama.

-¿Qué pasa?-volvió a preguntar-, ¿hay algo importante?, ¿se te ocurre alguna cosa?

Mantenía el gesto serio y se negó a contestarla.

Empezó a asustarse… ¿había sido un error?, ¿había juzgado mal a Covan?… Ni siquiera la miraba, tenía que haber algo importante entre aquellas cosas, pero su silencio la desconcertaba. ¿Y si al final sí resultaba ser el culpable?…

-¿Recuerdas lo que estuvimos hablando?-dio un brinco sorprendida al oírle hablar de nuevo-, ¿recuerdas qué dije del ataque a la comitiva real en el Norte?

-Aah… sí, ¿ocurre algo con eso?

Covan levantó el broche, moviéndolo frente a la luz de las velas.

-Esta pieza-dijo-, formaba parte del botín que desapareció…

Surí se quedó mirándolo, sintiendo una súbita sorpresa que se diluyó en una profunda confusión. ¿Qué tenía que ver aquello con nada? Intentó pensar algo porque parecía que la respuesta estaba frente a sus narices, pero no caía.

-¿Crees que… Melyss descubrió a alguno de los bandidos?, ¿o algo así?

-¿Qué?, ¿bandidos?, no, a saber dónde estarán los infelices que consiguieron escapar ahora, y ninguno sería tan retorcido para planear algo así.

-Entonces…

El general quedó de nuevo en silencio.

Sintió deseos de levantarse y sacudirle.

-¿Tienes alguna idea de lo que pasa?, ¿puedes decírmela?

-No… tengo un par de ideas, pero nada seguro… Solo que…

-¿Qué?

-No me gusta.

-¿El qué?, dime lo que sea, me estoy muriendo aquí.

Covan alzó las cejas y salió por un momento de sus meditaciones, reconociendo por primera vez la angustia que se dibujaba en la cara de su compañera.

-Lo siento, no quiero darte ideas peligrosas y que luego no sean ciertas-suspiró-, este broche era de la Reina.

-¿Seguro?

-Nos volvió locos para que encontráramos sus cosas, yo y la mitad de los soldados que estuvieron conmigo lo reconocerían entre trescientos.

-Y desapareció…

-Sí.

-¿Melyss estaba en el viaje?

-No.

-Pero, de alguna forma, ella lo encontró.

-…estoy seguro que tiene que haber algo más por aquí.

Surí empezó a frotarse las manos mientras le veía revisar el resto de lo objetos. Empezó a sentir que hacía frío en la habitación, había un fuerte olor al humo y la cera de las velas. Puede que aquel bolso solo trajera más dudas, la idea le resultaba horrible, se quedaría sin nada a lo que agarrarse, solo esperar a que Covan tuviera razón y pudiera hablar con Verven antes de que ésta intentara matarla.

Pero por su expresión, parecía que sí había algo interesante rondándole la cabeza.
Le vio detenerse un momento con los botones, dándoles más vueltas de las que podía tener un simple objeto circular. A continuación cogió el pequeño alfiletero tallado en hueso, lo sacudió cerca de su oído y lo abrió. No había más que un par de agujas, una vez cogió una para sí porque la última que tenía se había roto y era una emergencia, pero no había nada sospechoso, eran simples agujas, ¿verdad? El general empezó a seguir cuidadosamente el tallado exterior con una uña, de golpe paró y una estrecha tira de papel se desenrolló del interior del pequeño canuto.

Surí saltó de su silla al borde de la cama.

-¿Qué has hecho?, ¿eso es una nota?, ¿cómo…?, ¿qué pone?

-Déjame un momento, la letra es pequeña.

-¿Cómo sabías que estaba ahí?

-Es un truco corriente entre las damas de la corte…

Surí miró a su alrededor y cogió el candelabro para acercárselo aún más a Covan. Era algo pesado, pero no era la única razón por la que le temblaba, acabó por acercarlo tanto que el joven tuvo que apartar un poco la cabeza para que no le chamuscara el pelo.

-Perdón… ¿sabes ya lo que ocurre?, ¿lo pone ahí?, ¿dice algo importante?

Covan asintió con la cabeza. Dejó caer un momento la mano con la que sujetaba la nota mientras que con la otra se masajeaba las sienes. Parecía terriblemente cansado, no había duda que habían sido malas noticias, pero ¿cómo de malas?

Ella contenía el aliento, esperando respuestas como sus pulmones esperaban el aire para respirar.

-Yo no sé qué pensar ahora-murmuró por fin, aún con una mano en la cabeza-. Toma, tienes derecho a leerlo.

Dejó el candelabro y cogió la nota. Covan se levantó y empezó a pasear por la habitación con aspecto sombrío.

Tuvo que hacer algunos esfuerzos para entender lo que decía, no solo la letra era minúscula, su estilo era muy diferente al que estaba acostumbrada:
«Escribe Melyss Piperyt de Varosé: He sido vilmente engañada por quien creía mi amiga, la Reina. Todos hemos sido sus víctimas. Llevada por ciertos rencores, encontré en sus habitaciones más de lo que quería. Dejé armarios y cajones secretos llenos de cartas y diarios, por temor a que los destruiría si encontraba que sabía de ellos. Solo tomé una pieza de joyería, prueba de que siempre estuvo en su poder, y que el asalto al Norte hace tres años fueron maquinaciones suyas. Es el general Aídref su principal objetivo en estos momentos, al que odia y desprecia con toda su alma, no cejará su empeño en arruinarle hasta matarlo o dejarlo en la miseria. No he encontrado de dónde viene tal inquina, creo que teme que arrebate el poder a su hijo, debe estar loca además de ser una persona horrible. Mi familia está en buenos términos con ella, y no sé cómo aceptarían las noticias, sería indecoroso involucrarlos en esto. Sin embargo, conociendo hasta dónde la Reina es capaz de llegar, supongo que mi vida tampoco sería un obstáculo del que podría deshacerse con dificultad. Espero que algo así no ocurra nunca,  pero por si acaso ya misma no puedo explicarme».

Lo leyó un par de veces.

Al principio no le encontraba sentido. Intentó mirar en la parte posterior de la nota, pero no tenía nada escrito. Había algo en ella que rechazaba aceptar lo que estaba leyendo.

Miró a Covan perpleja, su incomprensión debió de reflejarse en su cara.

-¿Ocurre algo?-preguntó él.

-Creo… creo que no entiendo…

-¿El qué?

-No… ¿quién es el culpable entonces?

-¿No lo lees ahí?

-Dice que la Reina organizó el ataque… pero no puede ser ¿no?

-¿Por qué no?

¿Por qué no?, ¿por qué…?

Estaba a punto de echarse a llorar. ¿Por qué cómo iba a defenderse ante semejante enemigo?, era la Reina, era la maldita Reina la que estaba destrozando su vida, ¿qué podía hacer ella?

Ya sabía que había alguien poderoso tras las sombras, ya comprendía que Melyss había muerto por haber descubierto algo importante y terrible. Sin embargo, ponerle nombre y darle un rostro a su pesadilla era algo que le estaba resultando imposible de asimilar.

Comenzó a reírse. Y el general la miró como si se hubiera vuelto loca.

-Umm… creo que deberías devolverme el alfiletero… bien, gracias, también creo que deberías ir a descansar un rato.

-¿Sabes una cosa?, cuando estuvimos en el Norte y apareció la Reina, pensé en llevarle ese mismo bolso, como todo el mundo decía que se querían mucho supuse que ella sabría lo que habría dentro… Entonces apareció Ukar, y tuvimos que escaparnos, y encima estaba rodeada de un ejército entero de guardias… Tuvimos suerte, de alguna manera…

Hundió la cara en sus manos, ya no le apetecía reír.

-Escucha, vete a descansar, pensaré alguna forma de llevar esto a palacio de una manera segura… Mañana hablaré con el posadero, que envíe un mensaje y que mis hombres salgan a buscarnos. Seguro que alertará a mucha gente pero es lo mejor, encontraremos la forma de mantenerte segura, ¿de acuerdo?

-Quiero que esto acabe, no quiero estar escondida más, solo quiero que acabe.

-Lo pensaré esta noche, ¿de acuerdo?, de momento ve a dormir.

Había hecho tantas tonterías, había cometido tantos errores absurdos, era todo lo pasado tan fácil de ver de repente y era tan difícil de vislumbrar lo que traería el futuro. Lo único que tenía por cierto era su necesidad de poner fin a todo aquello, ahora que sabía la verdad, solo quería entregar el broche y la nota a alguien que pudiese hacerse cargo, y esperar que todo fuera bien a partir de ahí. Más no podría hacer.

Al salir de cuarto fue a desearle buenas noches a Covan, pero no le respondió. Parecía completamente sumergido en sus pensamientos. Por un segundo olvidó sus propios problemas y comprendió que ella no era más que una molesta interferencia, el objetivo de toda aquella trama había sido él desde el principio; se le hacía curioso pensar así del general, pero se preguntó si tendría miedo…

No podía imaginar que se le pasaría por la cabeza.

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