El Pequeño Brontosaurio

[Esta entrada va dedicada a los continuos esfuerzos de la ciencia por destrozar mi infancia (al menos no van a eliminar al triceratops, rodarían cabezas). Siempre he creido que brontosaurio es un nombre cojonudo, el de apatosaurio suena a bicho que le das de comer miguitas de pan en el parque, no a “descomunal criatura prehistórica”. Así que voy a reescribir la historia, porque yo lo valgo y porque la comunidad científica tiene el sentido estético en el culo.]

No confundir con los Brontësaurios.
No confundir con los Brontësaurios.

El Pequeño Brontosaurio


Había una vez en un pueblo del Jurásico un pequeño saurópodo nacido en una buena familia de apatosaurios. Pese a que tenían mucha comida y pocos carnívoros, el pequeño saurópodo no era feliz. ¿La razón?: él quería ser un brontosaurio.
—Pero tú eres un apatosaurio, cariño—le decía su madre—, no puedes ser un brontosaurio, los brontosaurios no existen.
—Yo quiero ser un brontosaurio, los brontosaurios molan. ¿Quién decidió que teníamos que ser apatosaurios?
—Unos hombres con barbas que huelen raro y que nacerán dentro de varios millones de años.
—Quiero hablar con ellos.
—No puedes, aún no han evolucionado.
Así, el pequeño no-brontosaurio, frustrado, decidió salir a dar un paseo y apalastar bajo sus patas a cualquier cosa que oliera a mamífero y fuera a evolucionar hacia esos estúpidos hombres.
Cuando iba al colegio sufría mucho, porque insistía que no era un apatosaurio, y los demás animales se reían de él.
—Eres un apatosaurio, eres un apatosaurio, eres tonto, eres feo y además, te pesa el culo.
—¡Cállate, pterosaurio! Tú ni siquiera eres un dinosaurio, vete a extinguirte por ahí.
—Los apatosaurios no saben ni lo que son porque tienen el cerebro más pequeño que una nuez…—se brulaba el velocirraptor.
—Y tú tienes plumas y vas a acabar siendo un pollo, habla cuando midas más de un metro, desde aquí arriba no te oigo bien.
Un día, el pequeño saurópodo estaba durmiendo cuando vio una luz brillante en el horizonte. Se acercó a curiosear y descubrió un gigantesco platillo en el cielo con luces amarillas circulares que iluminaban la llanura prehistórica.
Sorprendido, vio como una de aquellas luces bajaba hasta él, y de la luz salió una garra metálica gigantésca que le sujetó y subió, con gran esfuerzo, hasta el platillo.
Una vez allí, el saurópodo vio unas crituras pequeñas y alargadas como árboles raquíticos. Intentó morder a una para vez cómo sabían sus hojas, pero fue muy desagradable y la soltó.
—Buenas noches— dijo una de las cirturas—, somos hombres, de la raza humana, venimos del año 102 d.I. (después del Internés) puede ganar una videoconsola si contesta a nuestra encuesta. ¿Qué es usted?
—Un brontosaurio.
—¿Come hierba?
—A veces.
—Muy brien gracias por su atención.
—De nada.
Con eso, la garra metálica le dejó en el suelo y el platillo se fue a secuestra a algún otro bicho por ahí.
Es así, niños, como a partir del año 102 d.I., los apatosaurios dejarán de exisitir y se llamarán brontosaurios otra vez. Y el pequeño brontosaurio vivió feliz hasta su extinción.

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