Ejercicio de Escritura 3: San Valentín

[Originariamente, esta historia pensaba presentarla a un concurso, pero me acabó disgustando y envié otra… Que bien pensado, tampoco tiene muchas posibilidades aunque me gustaba más… En fin.]

San Valentín

Néstor atravesó el largo pasillo del centro comercial, iluminado con destellos dorados, plagado de gente y con globos de color rojo tan grandes como ridículos sujetos a las paredes o descolgándose del techo.

Era San Valentín, los comercios habían decidido que la mejor forma de mostrar tu amor a tu pareja era comprando algo de su establecimiento.

Se paró un momento frente a una juguetería, sonrió, mirando estúpidamente un oso de peluche, pensando en la cena sorpresa que le iba a dar su novia aquella noche, y decidió entrar a comprar el osito.

Consiguió sonsacarle lo de la cena a una de sus amigas, su novia era cerrada como una tumba cuando quería y la idea de no saber qué esperar en un día tan señalado le ponía nervioso. No tenía importancia, de cualquier forma, él iba a poner todas las caras de sorpresa que hiciera falta.

Salía, con el regalo bien envuelto en una elegante bolsa roja brillante, cuando recordó de golpe, como si alguien le hubiera tirado un vaso de agua helada a la cara, lo que había venido a hacer allí realmente.

Continuó andando hasta un moderno café en una esquina. Sus amigos le hicieron señas y gritaron al verle aparecer, como si de golpe tuvieran dieciséis años de nuevo.

Les saludó también desde la entrada, ignorando las miradas de molestia y curiosidad de los demás clientes, y se acercó con una gigantesca sonrisa.

-Eh, Néstor, ya era hora… a poco más y no me coges-bromeó Javier, dándole un par de fuertes palmadas en la espalda.

La fuerza de aquellos golpes era directamente proporcional a la alegría que sentía al verle. Mucha.

Las mesas y sillas se agitaron y movieron para dejarle un hueco, mientras más gente les miraba con irritación en aquella cafetería tan moderna como pequeñas eran sus mesas.

Pidió un café y sonrió otra vez.

Estaba de nuevo en su pequeña y exclusiva pandilla del instituto: cuatro gatos que se pasaban el día hablando de consolas, cómo evitar hacer los deberes, chicas y los empleos tan cojonudos que iban a tener como Ingenieros Aeronáuticos, diseñando el nuevo F-1 de Ferrari y esas cosas.

Por el momento, de los cuatro solo Javier se estaba acercando a aquel empleo de ensueño, precisamente por eso, aquel día tenían que decirle adiós.

El grupo hablaba a gritos como si en la cafetería no hubiera nadie más, todos discutiendo tontamente excitados anécdotas e historias de otros tiempos.

Tiempos en los que el futuro era el fin de semana siguiente, donde olía a humedad y humo de tabaco, mientras fumaban a escondidas tras los vestuarios del instituto, donde podían aguantar toda la noche de fiesta, y el día siguiente vagueaban haciendo competiciones de coches con la consola, tirados en aquella alfombra del garaje de Óscar, ruinosa y llena de polvo.

Las inquietudes y la ansiedad de crecer adolescentes les impidieron disfrutar enteramente de aquellos días, solo entonces, algunos años después, cuando habían conseguido reunirse todos juntos,¡por fin!, en una cafetería, en un centro comercial, tuvieron el placer de darse cuenta los tiempos tan jodidamente magníficos que habían sido aquellos.

Tras una hora de anécdotas, guiños y codazos, la conversación había bajado de volumen, y tornado agridulce.

No volverían a tener más historias que contar como aquellas, todos juntos, habían tenido suerte de que sus calendarios coincidieran aquel día, en adelante iba a ser imposible.

-¡Cuéntanos!-cantó Óscar-¿Cuánto dices que te van a pagar con esa beca?

Se rieron, Javier se encogió un poco, siempre había sido el tímido del grupo, mientras Óscar era el que no se callaba nunca nada, sin importar que el resto del mundo no quisiera saber lo que tenía que decir.

-Pues… diez mil euros, más o menos… Subvencionan parte del máster, el viaje y la estancia.

-¡Joder, macho! ¡Yo quiero uno también!

Volvieron a reírse.

-Pero qué idiota eres, tío-dijo Riki-Eso es una mierda, ya verás, yo estuve en Irlanda estudiando inglés con beca hace un par de años y tuve que comer de prestado la mitad de los días.

-Eso es porque te gastabas el dinero en cerveza-observó Néstor, sabiendo perfectamente que era mentira.

El aludido sonrió.

-Creo que tienes razón, pero no se lo digas a mi madre… sigue creyendo que soy un buen hijo.

En aquellos cortos años, Riki era el que más había cambiado. “Riki” Ricardo había sido vulgar, algo gordito, y, aparentemente, más tonto que un ladrillo. Tenía algunos manerismos que les hicieron sospechar varios meses que fuera gay, mala tolerancia del alcohol y, en general, era el típico amigo incómodo que a veces no sabías por donde coger.

A diferencia de ellos, no entró en la universidad, estudió diseño gráfico y le iba estupendamente. Era el primero con un trabajo relativamente fijo. También había adelgazado, lucía unas buenas gafas de pasta y llevaba el pelo estudiadamente desordenado.

No podía hablar por los demás, pero a Néstor le hacía sentirse como si aún fuera un adolescente torpe. Había conseguido cambiar los papeles, el canalla.

-Además…-intentó añadir Javier, peleando a su manera por entrar de nuevo en la conversación-. La beca es de un año, el máster es de dos… probablemente tenga que buscarme un trabajo, de cualquier forma.

Hubo un resoplido general, en el que todos intentaron explicarle sus experiencias en el mundo laboral, aunque Javier ya se hacía a la idea, había hecho prácticas antes y se pasado un par de veranos trabajando y estudiando en Inglaterra también, pero escuchó sus protestas pacientemente y con una sonrisa. Porque así era Javier.

La conversación terminó del golpe, cuando Óscar se dio cuenta de la hora que era a gritos. El pobre infeliz era al que más le costó cuadrar aquella reunión, vivía en una casa de estudiantes, porque su universidad estaba a tres horas de allí, y el último tren salía muy pronto.

Riki le tranquilizó diciendo que le acercaría en coche a la estación mientras se ponían en pie y recogían sus cosas. Néstor observó que llevaba un chaquetón muy elegante, y tomó nota para sí de buscar uno parecido.

Al salir se dio cuenta que faltaba uno de ellos, se dio la vuelta para ver si Javier les seguía, pero el chico se había quedado rezagado intentando colocar las modernas y pequeñas sillas y mesas en su sitio.

-Deja, te ayudo.

-Gracias.

-¿Cuándo sale el avión?

-Dentro de dos días, pero sale desde Barcelona, así que tengo que irme para allá mañana.

-Vaya, no te queda mucho tiempo, ¿eh?

-No, muy poco…

Fuera sus compañeros esperaban, sus expresiones eran incómodas. Habían pasado por muchas cosas aquellos años, meses sin verse ni una vez, por uno que se largó a un lugar a tres horas de allí y algún que otro Erasmus.

Pero dos años en Inglaterra para estudiar una especialización en aeronáutica les resultaba demasiado, era un salto definitivo, el último adiós. No solo ya no tendrían su grupo, ya no lo serían, se iban a convertir solo en cuatro individuos que seguían adelante con sus vidas, y quizá, un día, en ese mundo gris y aburrido que era ser adulto, se encontrarían de nuevo.

Ya no serían un grupo.

-Bueno… pues hasta mejor ver… oye, hazte una cuenta en Facebook, así me entero de lo que hacer por allí arriba, ¿vale?-dijo Riki, dándole un abrazo a Javier.

-Vale…

Por llevar la contraria, Óscar se quedó varios segundos sin nada qué decir.

-Pues… suerte… que te diviertas, llama cuando te pases por aquí, igual puedo hacer otro esfuerzo y venir… No me cuesta, quiero decir… ya sabes…

-Claro, os llamaré.

Los dos le dieron un par de amistosos golpes en el brazo, antes de darse la vuelta y marchar.

Y allí empezó la separación definitiva.

Néstor se volvió para mirarle.

-Yo voy para el metro.

-Yo también.

Sonrieron y se pusieron en marcha. Aún tuvieron tiempo antes de llegar a las escalerillas metálicas de oír a Óscar gritar:

-¿De verdad que no eres gay? ¿Has visto la ropa que llevas?

Y a Riki bajando la cabeza, llevándose una mano a la cara.

-Algunos tendrán diecisiete años siempre, ¿verdad?-observó Javier.

-Sí… pero, en serio, ¿al final sabes si es gay o no?

-No tengo ni idea. ¿Por qué me lo preguntas a mí?

-No sé, si tuviera algo así que confesar te lo diría a ti.

-Oh, gracias.

-A Óscar obviamente no va a ser… es un buen tío, quiero decir, es de los que nunca te dice no a un favor ni te deja tirado, pero… sí…

-Sí…

-Es Óscar.

-Sí…

Se rieron.

-¿Te acuerdas en aquel campamento que se puso a cantar aquella canción sobre las cejas de La Cuervo y la tenía detrás?

-Me acuerdo de la cara de susto que puso cuando se dio cuenta.

-Pobre Óscar.

Volvieron a reírse. Néstor se dio cuenta que aún era pronto, no había quedado con su novia hasta las diez, no eran ni las ocho.

-Oye, igual podemos ir nosotros a tomar la última por ahí.

-No… no puedo… tengo cena con la familia… y cosas que preparar y todo eso… Es un follón…

-Ya, entiendo…

La entrada a la estación del metro se encontraba atravesando el aparcamiento exterior. Hacía mucho frío y ya era de noche. Un contraste tétrico contra las luces, los dorados, la música pop y los enormes globos rojos del centro comercial.

-Bueno-continuó Néstor-, si te puedo echar una mano en algo, dime.

-La verdad…

Se volvió, Javier se había parado y callado de golpe, pensando. Néstor miró a su alrededor y se frotó los brazos. Sí que hacía un frío de cojones.

-La verdad… igual puedes hacerme un favor…

-Sí, claro, lo que quieras.

-¿Te acuerdas de Vero? Estuvo el último año de instituto en nuestra clase, salí con ella al empezar la carrera…

Un coche aceleró bruscamente en alguna parte, Néstor giró la cabeza.

-Sí, me acuerdo, vamos a la misma facultad.

Su compañero empezó a rebuscar en la bolsa que llevaba colgada del hombro, tenía varias carpetas con hojas, había estado haciendo papeleo hasta última hora.

De una de las carpetas sacó un sobre blanco, cerrado.

-Es… es… una tontería… pero me harías un gran favor si se lo das a ella…

-Oh, oh, ¡qué misterio!, ¿puedo ver?, ¿puedo ver?-hizo amago de abrir el sobre.

-No, es personal…

-Vale, vale, muy bien, no lo miraré… pero no tengo carpeta así que no respondo de lo arrugado que pueda llegar.

-Mientras se pueda leer…

-Muy bien.

La conversación terminó allí, de golpe, cuando metió el sobre en la bolsa con el osito. Solo hubo un último y desganado saludo antes de tomar diferentes trenes, Javier iba ausente desde que le entregó la carta, y no pareció darse cuenta.

Durante el trayecto manoseó el sobre intentando adivinar qué podía contener, pero solo era papel.

Una nota, qué propio de Javier, podía haber metido dinero, o una tarjeta regalo, o algo así.

En cuanto llegó a casa se sentó en la silla del escritorio, y abrió el sobre sin ningún tipo de miramiento.

Era más o menos lo que se había imaginado, una carta de amor. Había algunos detalles que le dejaron algo confuso, ya que él no lo habría escrito así, aunque más bien, nunca hubiera escrito una chorrada como aquella por nada.

Bueno, igual por algo sí.

El infeliz de Javier contaba lo mucho que echaba de menos a Verónica, lo incomprensible que le resultaba que su relación se hubiera cortado de golpe, y lo triste que era que no volvieran a hablarse después.

Quería aprovechar aquel viaje, con tantos kilómetros de distancia, para mostrar que aunque aún no había superado bien lo suyo, tenía la ilusión de poder volver a recuperar el contacto y ser amigos sin ningún compromiso.

Ahí más o menos era donde se perdía Néstor, conociendo a Javier posiblemente lo decía en serio, el muy idiota.

La carta finalizaba con la sincera declaración de que si no le interesaba retomar su amistad, lo único que tenía que hacer era ignorar aquella nota.

No pudo evitar soltar una carcajada. Muy bien, si de verdad quería poner las cosas tan fáciles…

Hizo una pelota con la carta y la lanzó contra la papelera. Rebotó en la pared y cayó al suelo, con un gruñido se levantó para recogerla.

-Eres cansino hasta como pelota…-le dijo.

Miró el reloj y se dio cuenta que eran las nueve. Tenía una hora para prepararse antes de que llegara su novia, iba a tener que darse algo de prisa.

Fue a su armario y cogió el traje que se había comprado especialmente para la ocasión. Bien elegante, ni para la boda de su hermana había dado tantas vueltas por comprar ropa.

Lo dejó con cuidado sobre la cama y salió al baño, revolviendo entre las cremas y jabones, buscando lo que oliera mejor.

Recordó la reunión de aquella tarde, y el aire tan sofisticado de Riki, se miró al espejo varias veces, preguntándose cómo podría imitarlo. A él sí que valdría la pena llamarle y quedar más a menudo, quien lo iba a decir, con lo torpe que parecía en el instituto.

Quería estar perfecto aquella noche, terminaban la carrera y quería que su novia no deseara despegarse de él ni con agua hirviendo.

La cena seguro que iba a ser en un restaurante de lujo. Verónica se graduaría de periodismo aquel año como la primera de su promoción, ya tenía un contrato con un servicio de noticias de nivel nacional, y mucha familia en el medio, que podría enchufarla en cualquier sitio. A ella o a su novio.

Tenía que estar brillante aquella noche. Alguien así no llevaría a su pareja a un restaurante cutre en San Valentín.

No volvió a pensar más en aquella reunión, ni en Javier, ni en la carta arrugada entre decenas de apuntes anónimos en su papelera. Eso pertenecía a un pasado vano y despreocupado, que olía a humedad, con polvo y videojuegos. Era hora de dejar de ser críos, y empezar a  pensar como adultos.

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