Construir buenos entornos

Cuando estamos intentado escribir un texto de ficción lo normalmente planificamos mejor son dos cosas: el argumento y los personajes.

Sin embargo, hay otro aspecto que puede dar mucha vida a nuestras historias: los lugares donde estas se desarrollan.

Colinas de Chocolate Filipinas
Colinas de Chocolate. Colinas. de. Chocolate. (Per Andre Hoffman)

El entorno ayuda a ambientar la historia, puede influir en las emociones que queremos transmitir, puede dar profundidad, puede hacerla más rica y variada, e, incluso, puede acabar siendo protagonista de la historia.

No era algo sobre lo que me comía demasiado la cabeza hasta hacer relativamente poco, como si el ambiente no fuera más que el fondo de pantalla de la historia. Y aún así, no hay más que leer cualquier novela medio buena que haya por casa para ver lo mucho que el entorno puede usarse como una parte dinámica más de la historia: con su propio transfondo, carácter y utilidad.

El entorno puede influir en el argumento, los personajes pueden relacionarse con el mismo como si fuera otro personaje más. Creo que darle un entorno adecuado a nuestra historia es otro importante elemento a tener en cuenta a la hora de desarrollarla. Veamos:

 

Jaime miró el reloj, esperando la hora de volver a casa mientras sorbía de su fría taza de café en su oficina.

Jaime miró el reloj, esperando la hora de volver a casa mientras sorbía de su fría taza de café en la Luna.

¿Qué tal?

¿Que por qué está ese tipo en la Luna? No tengo ni idea, ahí está la gracia. Ahora puedo crear una historia alrededor de que hay un tipo bebiendo café en la Luna, los lectores con un poco de suerte también quedarán intrigados, querrán saber qué está pasando (recuerdo lo que comentaba sobre los ganchos en las historias). Solo he cambiado el entorno en el que está el personaje, y la historia de una sola frase ya ha dado un giro brutal.

Ahora bien, el entorno tiene principalmente dos peligros para los escritores:

  • Que no encaje bien con la historia: por muy interesante que sea el lugar, el castillo de Barba Azul no creo que sea el mejor sitio para una bonita comedia romántica.
  • Que no esté bien integrado en la historia: si la narrativa no reclama un entorno no es necesario meterlo a la fuerza. También está el riesgo omnipresente de enrollarse con descripciones, son muy escasos los escritores con la maravillosa habilidad de hacer largas descripciones de paisajes sin aburrir al personal (menos del 0’5% de los que se creen que pueden hacerlo), el lugar más fascinante del mundo puede quedar chafado si los lectores se quedan groguis con nuestra narración. Hay que hilvanar el entorno con los personajes y el argumento, no meterlo a bofetadas.

Muchas veces el entorno ya lo tenemos por defecto, se nos ocurrió mientras creábamos la historia, así que lo que nos queda es, sencillamente, pulirlo, intentar sacarle el mejor partido, estudiar las mejores maneras de fundirlo con el resto del argumento, etc.

Otras veces, como podría ser en una historia de fantasía o ciencia ficción, podemos hacer lo que nos de la gana con el entorno. Podemos crearlo de cero. Las posibilidades son infinitas.

Por el momento, he creado esta clasificación (carente de orden, es un primer borrador según voy estudiando), de diferentes tipos o… «apariencias» para trabajar con los entornos de nuestras historias:

  • Distancias: el entorno puede ser algo que esté lejos, como un satélite, un horizonte, una lejana cordillera de blancos picos… O puede ser algo muy cercano: una habitación, el camino por el que se anda, un vehículo, etc. El entorno lejano puede usarse para dar ambientillo, para crear amenazas en la lontananza, la representación de un futuro incierto, también suele ser pasivo. El entorno más cercano es el ahora, es inmediato y requiere la atención activa tanto del lector como de los personajes.
  • Objetos concretos: la torre de Pisa, un árbol sagrado, un volcán, etc. Un solo objeto, o grupos de objetos, define todo el entorno.
  • La naturaleza tiene sentimientos (muy bien, no sabía como nombrar este punto, ¿vale?): es el recurso más viejo del mundo; usar el clima, la luminosidad, el ruido del entorno…, como metáfora de lo que ocurre en la historia y los sentimientos, y hasta el carácter, de los personajes. Puedes usarlo hasta como título de la novela y todo (Cumbres Borrascosas, ¿hola?).
  • Los objetos pueden ser activos: aunque el entorno, normalmente y en apariencia, sea algo quieto y pasivo (quitando fenómenos atmosféricos), puede meterse de forma activa en la historia, como esa raíz que hace tropezar al héroe, esos molinos contra los que va a ostirase Don Quijote, etc.
  • Lugares extraordinarios: lugares exóticos, misteriosos, ocultos, siniestros… Hay sitios que con solo mencionarlos ya forman vívidas imágenes mentales en nuestras cabezas (cementerio, Hawaii), otros son aún más extravagantes y necesitan de mayores explicaciones (véase imagen superior: colinas de chocolate, no, no me lo he inventado, hay un sitio llamado así).

Estás son algunas de las maneras en las que podemos presentar nuestro entorno en la historia. Como he mencionado arriba, igual hallar el sitio perfecto para que ese duelo a cuchillo al amanecer sea vívido y emocionante puede ser fácil (?), lo difícil es lograr sacarle todo el partido que podamos sin convertirlo en una carga que empañe el trabajo que ya tenemos hecho.

Y aquí es donde yo ya no tengo más ideas, habrá que seguir escribiendo, a ver qué sale 🙂

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